La carga de Unaha-Closp incluía un arnés de sujeción. Eso debería impedir que Balveda pudiera intentar algo. La máquina montaría guardia, y Horza podía activar el sensor remoto de su traje para que detectara cualquier movimiento producido en los alrededores de la zona donde estaban. Esas precauciones deberían bastar para mantenerles a salvo.
Acabaron de comer y todo el mundo estuvo de acuerdo en que lo mejor sería dormir un rato. Balveda se dejó poner el arnés de sujeción y fue instalada en uno de los almacenes vacíos que había junto a la plataforma. Unaha-Closp recibió órdenes de usar su sistema de antigravedad para subir a lo alto de una estructura de acceso y quedarse allí sin hacer ningún movimiento a menos que oyera o viese algo extraño. Horza colocó su sensor remoto cerca del sitio donde pensaba acostarse, sobre uno de los soportes inferiores de un cabrestante automático. Quería hablar unos momentos con Yalson, pero cuando hubo terminado de hacer esos arreglos varios miembros del grupo ya se habían quedado dormidos —Yalson incluida—, con la espalda apoyada en la pared o tumbados en el suelo y los visores opacados de sus cascos vueltos hacia donde no llegaban las débiles luces de los demás trajes.
Horza observó durante un rato a Wubslin, que estaba vagabundeando por la estación. El ingeniero acabó acostándose en el suelo y el silencio se adueñó del lugar. Horza activó el sensor remoto ajustándolo para que diera la alarma si captaba cualquier movimiento por encima de cierto nivel.
No durmió demasiado bien. Tuvo pesadillas, y los sueños acabaron despertándole.
Los fantasmas le perseguían por muelles repletos de ecos y naves abandonadas sumidas en el silencio, y cuando se daba la vuelta para enfrentarse con ellos sus ojos siempre estaban aguardándole, tan vacíos e inexpresivos como bocas o blancos de tiro; y las bocas le engullían y Horza se precipitaba en la negra boca del ojo dejando atrás el hielo que la rodeaba, el hielo muerto que recubría los contornos de aquel ojo frío que le devoraba; y un instante después ya no estaba cayendo sino que corría, corría con la lentitud de alguien que carga con un peso terrible o intenta avanzar entre el cieno, corría por las cavidades de los huesos de su cráneo, y su cráneo estaba desintegrándose lentamente; su cráneo era un planeta muy frío repleto de túneles que siempre terminaban en un muro de hielo infinito, y los túneles se derrumbaban a su espalda cada vez más deprisa hasta que terminaron atrapándole y Horza volvió a caer en el frío túnel de aquel ojo, y mientras caía oyó un ruido que brotaba de la garganta helada del ojo y de su propia boca, un sonido que le heló hasta la médula de los huesos con un frío más terrible que cualquiera de los que podían provocar el hielo o la nieve, y el ruido decía:
—EEEeee…
…
Situación de la partida: Tres
Fal 'Ngeestra estaba allí donde más le gustaba estar: en la cima de una montaña. Acababa de terminar su primera escalada digna de tal nombre desde que se había fracturado la pierna. La montaña no era demasiado imponente y había seguido la ruta más fácil, pero ahora, deleitándose con el panorama visible desde la cima, hizo un somero repaso de su estado físico y comprobó, abatida, que era pésimo. La pierna fracturada seguía doliéndole un poco, naturalmente, pero aparte de eso los músculos de las dos piernas le dolían con tanta intensidad como si hubiera acabado de escalar una montaña dos veces más alta llevando una mochila con carga completa a la espalda. Fal intentó animarse pensando que se le pasaría en cuanto hiciera algo de ejercicio.
Estaba sentada en la cima contemplando los picachos blancos de menor altura, los riscos de las cordilleras más altas y la suave curvatura de las lomas donde los árboles se combinaban con la hierba. La llanura quedaba más lejos, con sus ríos centelleando bajo la luz del sol, y en el extremo más distante se alzaban las colinas donde estaba el albergue, su hogar. Los pájaros planeaban en la lejanía sobrevolando los valles que había debajo de ella, y de vez en cuando la llanura emitía un chispazo, como si alguna superficie reflectante se estuviera moviendo por ella.
Una parte de su ser estaba atenta al distante dolor de huesos, evaluándolo y analizándolo hasta que se hartó de él y decidió no prestar más atención a las sensaciones que la incomodaban. No quería distracciones. No había recorrido tanta distancia sólo para disfrutar del panorama. Había subido hasta aquí con un propósito.
El hecho de subir por una montaña arrastrando aquel saco de carne y huesos durante todo el trayecto, llegar hasta la cima, pensar y existir en sí misma tenía un significado muy especial para ella. Podía haber llegado a la cima en un aerodeslizador durante cualquier momento de su convalecencia, pero no lo había hecho, aunque Jase se lo sugirió varias veces. Resultaba demasiado fácil. Llegar hasta aquí de esa forma no habría tenido ningún significado.
Se concentró, fue entornando los párpados y dejó que su mente repitiera el cántico interno, aquel hechizo sin un solo átomo de magia que invocaba a los espíritus enterrados en sus glándulas genoalteradas.
El trance llegó acompañado por una oleada inicial de mareo que le hizo extender los brazos para apoyar las manos en el suelo, manteniendo el equilibrio de su cuerpo aunque no necesitaba hacer ese gesto para conservarlo. Los sonidos que vibraban en sus oídos —la circulación de su sangre, la lenta marea de su aliento—, se fueron haciendo más potentes y cobraron extrañas armonías. La luz que ardía detrás de sus párpados empezó a palpitar siguiendo el ritmo de su corazón. Sintió que estaba frunciendo el ceño y se imaginó su frente arrugándose hasta imitar los pliegues de las colinas, y una parte de su ser que seguía observándolo todo desde una gran distancia pensó que aún no dominaba demasiado bien el proceso.
Abrió los ojos y el mundo había cambiado. Las colinas eran olas verdes y marrones coronadas por crestas de espuma blanca. La llanura estaba inundada de luz y el dibujo de pastizales y bosquecillos que llegaba hasta el nacimiento de las cordilleras parecía un mero camuflaje, inmóvil y en continuo movimiento, como un edificio muy alto visto contra el telón de fondo de las nubes que se deslizan rápidamente por el cielo. Los riscos boscosos eran divisiones en un inmenso y atareado árbol-cerebro, y los picachos cubiertos de nieve y hielo que la rodeaban se habían convertido en fuentes vibratorias emisoras de una luz que también era sonido y olor. Fal experimentó una vertiginosa sensación de concentricidad, como si su cuerpo fuera el núcleo alrededor del que giraba todo aquel paisaje.
Y allí, en el centro de aquel mundo vuelto del revés, un hueco invertido.
Parte de él. Nacido aquí.
Todo lo que era, cada hueso y órgano, célula, producto químico, molécula y átomo, electrón, protón y núcleo, cada partícula elemental, cada ondulación de energía, desde aquí…, no sólo el Orbital (un nuevo ataque de mareo y sus manos enguantadas rozaron la nieve), sino la Cultura, la galaxia, el universo…
Este es nuestro sitio y nuestro tiempo y nuestra vida, y deberíamos estar disfrutándolo. Pero ¿disfrutamos de él? Contémplalo desde el exterior, pregúntatelo a ti misma… Pregúntate qué estamos haciendo.
Estamos matando lo inmortal, cambiando para conservar, haciendo la guerra para conseguir la paz…, y con ello nos entregamos para siempre a aquello que jurábamos haber rechazado por muy buenas razones que conocemos perfectamente.
Bueno, ya estaba hecho. Los miembros de la Cultura que tenían objeciones realmente serias y fundadas a la guerra se habían marchado; ya no formaban parte de la Cultura y no contribuían a su esfuerzo. Se habían convertido en neutrales, habían formado sus grupos y adoptado nuevos nombres (o afirmaban ser la auténtica Cultura; lo cual añadía un nuevo matiz a la confusión ya existente sobre cuáles eran los verdaderos límites de la Cultura). Pero por una vez los nombres carecían de importancia. Lo que importaba era la discrepancia, y los efectos nocivos producidos por aquella separación.