Ah, el desprecio… Ese inmenso tesoro de desprecio que parece hemos logrado acumular. Nuestro propio desprecio encubierto hacia los «primitivos», el desprecio de los que abandonaron la Cultura cuando quienes habían decidido oponerse a los idiranos declararon la guerra, el desprecio que un número tan grande de los nuestros sienten hacia Circunstancias Especiales…, el desprecio que todos suponemos las Mentes deben sentir hacia nosotros…, y por todas partes, mires donde mires, el desprecio que los idiranos sienten no sólo hacia nosotros sino hacia todos los humanos, y el desprecio humano hacia los Cambiantes. Un disgusto federado, una galaxia de desprecio y odios. Disponemos de una vida tan corta y lo único que se nos ocurre es malgastar los años compitiendo para averiguar quién es capaz de sentir más desprecio hacia los otros.
Y lo que los idiranos deben sentir hacia nosotros… Piensa en ellos: casi inmortales, singulares e inmutables. Cuarenta y cinco mil años de historia en un planeta con una sola religión/filosofía que lo abarca todo; eones de erudición y estudio sucediéndose los unos a los otros, una era tranquila de devoción en ese lugar sagrado sin interesarse por nada de lo que pueda haber fuera de él. Y de repente, hace ya milenios, la invasión en otra guerra que hoy es historia; encontrarse de repente con que se han convertido en meros peones movidos por el escuálido imperialismo de otra especie. De la paz introvertida a la militancia extrovertida y el celo militante gracias a eras de tormento y represión… Toda una fuerza moldeadora, desde luego.
¿Quién podía culparles? Habían intentado mantenerse a distancia y se habían visto atrapados y casi destruidos en un torbellino de fuerzas mucho más grandes que cualquiera de las que ellos podían crear o manipular. ¿Quién podía sorprenderse de que hubieran decidido que la única forma de protegerse a sí mismos era atacar antes, expandirse, hacerse cada vez más y más fuertes, extender sus fronteras lo más lejos posible del sagrado tesoro que era Idir, su planeta natal?
E incluso hay un modelo genético para ese cambio catastrófico de lo apacible a la ferocidad, simbolizado en el paso que lleva del idirano capaz de reproducirse al guerrero… Oh, sí, una especie noble y salvaje justificablemente orgullosa de sí misma que se niega a modificar su código genético y que no se equivoca demasiado cuando afirma que ya ha alcanzado la perfección. ¡Lo que deben sentir hacia el enjambre de tribus bípedas que es la humanidad!
Repetición. Materia y vida, y los materiales que podían soportar el cambio —que podían evolucionar—, repitiéndose eternamente: el alimento de la vida discutiendo con la misma vida.
¿Y nosotros? No somos más que otro eructo en la oscuridad. Sonido pero no palabra, ruido que carece de significado.
Para ellos no somos nada: meros biotómatas, y el ejemplo más terrible de esa variedad. La Cultura debe parecerles una demoníaca amalgama de todo lo que los idiranos siempre han considerado repugnante.
Somos una raza de mestizos, nuestro pasado es una historia de enredos y conflictos, nuestros orígenes son oscuros, nuestra tumultuosa evolución está repleta de imperios codiciosos y cortos de miras y de diásporas tan crueles como derrochadoras de recursos irrepetibles. Nuestros antepasados fueron los huérfanos encontrados en el portal de la galaxia, reproduciéndose continuamente, matando y rebelándose, con sus sociedades y civilizaciones atrapadas en el proceso interminable del desmoronamiento y el volver a formarse… Sí, algo debía andar muy mal dentro de nosotros, tenía que haber algún factor mutante en el sistema, algo demasiado rápido, nervioso y frenético para nuestro propio bien o el de cualquier otro. Somos unas criaturas tan patéticamente carnosas, de vida tan breve, tan confusa y dominada por el enjambre… Y a un idirano debemos parecerle pura y simplemente estúpidos.
Ya tenemos la repugnancia física, pero aún faltaba algo peor. Somos capaces de alterarnos a nosotros mismos, jugueteamos con el mismísimo código de la vida, volvemos a escribir de forma distinta la Palabra que es el Camino, el encantamiento del ser. Interferir con nuestra propia herencia e interferir en el desarrollo de otras sociedades… ¡Ja! Al menos compartimos ese interés… Y hay algo todavía peor, lo peor de todo, y es que no nos limitamos a producir sino que acabamos entregándonos al anatema finaclass="underline" las Mentes, las máquinas conscientes; la mismísima imagen y esencia de la vida profanada y rebajada. La idolatría encarnada.
No es extraño que nos desprecien. Somos unas lastimosas mutaciones enfermas, miserables y obscenas, servidoras de las máquinas-demonios a los que adoramos. Ni tan siquiera estamos seguros de nuestra propia identidad. ¿Qué o quién es la Cultura? ¿Dónde empieza y acaba exactamente? ¿Quién pertenece a la Cultura y quién está fuera de ella? Los idiranos saben muy bien quiénes son. La raza única y pura, o nada… ¿Y nosotros? Contacto es Contacto, el núcleo, pero, ¿aparte de eso? El nivel de manipulación genética varía; pese al ideal, no todo el mundo puede aparearse con los que le rodean y producir descendencia. ¿Las Mentes? No hay ninguna pauta real. También son individuos, y no resultan del todo predecibles…, son demasiado precoces e independientes. ¿Vivir en un Orbital fabricado por la Cultura, o en una Roca, o en alguna otra especie de mundo ahuecado, un pequeño vagabundo del espacio? No; hay demasiados que se atribuyen alguna clase de independencia mayor o menor. Así pues, la Cultura carece de límites claros; se limita a irse desvaneciendo poco a poco, deshilachándose y, al mismo tiempo, extendiéndose cada vez más. ¿Dónde nos deja eso?
El zumbido del significado y la materia que la rodeaban y la canción de luz emitida por las montañas parecían hervir a su alrededor como el líquido en un caldero, empapándola y sumergiéndola. Fal se percibió a sí misma como la mota insignificante que era; un puntito, una minúscula fracción de vida imperfecta que luchaba para no acabar extraviada en el inmenso desierto de luz y espacio que la rodeaba por todas partes.
Sintió la fuerza congelada del hielo y la nieve que había a su alrededor, y se sintió consumida por aquella frialdad que quemaba la piel. Sintió los rayos del sol que caían sobre su cuerpo, y conoció el lento desmoronamiento de los cristales de nieve al derretirse, conoció lo que sentía el agua mientras goteaba y corría y se convertía en burbujas oscuras debajo del hielo y en gotas de rocío sobre los carámbanos. Vio los hilillos de agua que acariciaban la vegetación, los arroyos que corrían veloces y los ríos que se despeñaban en cataratas; captó el serpenteo del río cuando éste remansaba su curso y se movía con la tranquila lentitud de un buey hasta acabar llegando al lago y el mar, allí donde el vapor de agua volvía a subir hacia los cielos.
Y se sintió perdida dentro de todo aquello, y tuvo la sensación de estar disolviéndose, y por primera vez en su joven existencia sintió auténtico miedo, y el temor que la invadió allí en ese instante fue muy superior al que había sentido cuando cayó y se fracturó la pierna o durante los breves momentos de la caída, el segundo del impacto y el dolor que la dejaron aturdida o las largas y frías horas que le siguieron cuando yacía hecha un guiñapo sobre la nieve y las rocas, temblando, intentando no llorar y buscando algún refugio. Eso era algo para lo que se había ido preparando desde hacía mucho tiempo; sabía qué estaba ocurriendo, había meditado en los efectos que podía tener y las formas en que podía reaccionar. Era un riesgo que corrías, algo que comprendías. Esto no lo era, porque ahora no había nada que entender y quizá no existiera nada —incluida ella misma—, que pudiera entenderlo.