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Fal volvería de su ascensión a la cima helada con las manos casi vacías.

Suspiró. El viento seguía soplando. Fal observó las nubes que se iban acumulando sobre la cordillera. Tendría que empezar a bajar ahora mismo, o de lo contrario acabaría atrapada en plena tormenta. Bajar con algún tipo de ayuda mecánica sería como hacer trampas, y si su estado físico empeoraba hasta el punto de obligarla a llamar un aerodeslizador para que la recogiera, Jase le daría una buena bronca.

Fal 'Ngeestra se puso en pie. El dolor de su pierna volvió a torturarla: señales enviadas desde su punto débil. Se quedó inmóvil durante unos segundos evaluando el estado de aquel hueso recién soldado, decidió que podría aguantar y empezó a descender hacia el mundo libre de hielo y nieve que había debajo de ella.

11. El Sistema de Mando: Estaciones

Alguien le estaba sacudiendo suavemente para despertarle.

Vamos, despierta. Venga, venga, despierta… Vamos, es hora de levantarse…

Reconoció la voz. Era Xoralundra. El viejo idirano estaba intentando despertarle. Fingió que seguía dormido.

Sé que estás despierto. Venga, ya es hora de levantarse.

Abrió los ojos con una falsa mueca de cansancio. Xoralundra estaba allí, en una habitación circular azul provista de muchos divanes que ocupaban las pequeñas alcobas esparcidas alrededor de las paredes. Alzó la cabeza y vio un cielo blanco con nubes negras. La habitación estaba brillantemente iluminada. Se protegió los ojos con una mano y miró al idirano.

¿Qué ha sido del Sistema de Mando? preguntó, recorriendo la habitación circular de paredes azules con la vista.

Ese sueño ha terminado. Lo has hecho estupendamente y se te ha concedido la nota máxima. Tanto la Academia como yo estamos muy contentos de ti.

No pudo evitar el sentirse complacido. Un halo cálido pareció envolver su cuerpo, y no pudo impedir que sus labios se fueran curvando en una sonrisa.

Gracias dijo. El Querl asintió.

Tu interpretación de Hora Horza Gobuchul fue soberbia dijo Xoralundra con su vozarrón de trueno. Ahora deberías tomarte un poco de tiempo libre. Ve a divertirte con Gierashell.

Cuando Xoralundra pronunció esas palabras estaba bajando los pies de la cama y se preparaba para ponerlos en el suelo. Se volvió hacia el viejo Querl y le sonrió.

¿Con quién?

Se rió.

Con tu amiga Gierashell dijo el idirano.

Querrás decir Kierachell.

Se rió y meneó la cabeza. ¡Xoralundra debía estar haciéndose viejo!

No, quiero decir Gierashell insistió fríamente el idirano, dando un paso hacia atrás y contemplándole con extrañeza. ¿Quién es Kierachell?

¿Quieres decir que no lo sabes? Pero ¿cómo es posible que no sepas pronunciar bien su nombre? exclamó.

El error cometido por el Querl hizo que volviera a menear la cabeza. ¿O sería parte de alguna otra prueba?

Un momento dijo Xoralundra. Contempló algo que tenía en la mano, un objeto que proyectaba luces multicolores sobre su rostro. Después se llevó la otra mano a la boca y se volvió hacia él con una expresión de sorpresa y perplejidad en el rostro. ¡Oh, lo siento!

Se inclinó sobre él y volvió a empujarle hacia la…

* * *

Se irguió de golpe. Algo zumbaba en su oreja.

Se echó lentamente hacia atrás mientras observaba la textura granulosa de la oscuridad para averiguar si alguien más había despertado, pero todas las siluetas seguían inmóviles. Pulsó un botón ordenando a la alarma del sensor remoto que se desconectara. El zumbido se desvaneció. Unaha-Closp era visible en lo alto de la estructura de acceso al tren.

Horza subió el visor de su casco y se limpió el sudor de la frente y las cejas. Estaba seguro de que la unidad le había visto despertar. Se preguntó qué estaría pensando y qué opinaría de él. ¿Podría ver lo bastante bien para darse cuenta de que había sufrido una pesadilla? ¿Sería capaz de ver su rostro más allá del visor, de captar los leves movimientos que agitaban su cuerpo mientras su cerebro iba construyendo imágenes con los restos de todos los días que había vivido? Podía opacar el visor; podía hacer que el traje se expandiera y tensar las articulaciones dejándolas rígidas…

Pensó en el aspecto que debía tener para Unaha-Closp. Un pequeño objeto blando y desnudo que se retorcía dentro de aquel duro capullo de metal y plástico, convulsionándose a causa de las ilusiones que le dominaban durante su coma…

Decidió seguir despierto hasta que los demás empezaran a moverse.

* * *

La noche llegó a su fin, y la Compañía Libre despertó para enfrentarse de nuevo con la oscuridad y el laberinto. La unidad no dijo si le había visto despertar durante la noche, y Horza no se lo preguntó. Se mostró falsamente alegre y jovial, rió y dio palmaditas en la espalda de los demás, diciéndoles que hoy llegarían a la estación siete y que una vez allí podrían activar los sistemas de iluminación y hacer funcionar los tubos de tránsito.

—¿Sabes una cosa, Wubslin? —exclamó, contemplando al ingeniero con una sonrisa en los labios. Wubslin estaba frotándose los ojos—. Intentaremos poner en marcha uno de esos trenes. Sólo para divertirnos un poco y ver cómo funcionan… ¿Qué te parece?

—Bueno… —Wubslin bostezó—. Si tú crees que no será peligroso, entonces…

—¿Por qué no? —dijo Horza extendiendo los brazos—. Creo que el Señor Corrección lo ha dejado todo en nuestras manos. Tengo la impresión de que ha decidido hacer la vista gorda hasta que todo esto haya acabado. Pondremos en marcha uno de esos supertrenes, ¿de acuerdo?

Wubslin se estiró, sonrió y asintió con la cabeza.

—Bueno, sí… Creo que es una idea magnífica.

Horza le obsequió con una gran sonrisa, le guiñó el ojo y fue a soltar a Balveda. «Es como abrir la jaula de un animal salvaje», pensó mientras apartaba el enorme tambor de cable que había usado para bloquear la puerta. Casi esperaba descubrir que Balveda había desaparecido, que había logrado liberarse milagrosamente de sus ataduras y había salido del almacén sin abrir la puerta; pero cuando asomó la cabeza por el umbral vio que estaba allí. La agente de la Cultura yacía tranquilamente envuelta en sus ropas de abrigo. El arnés de sujeción había dejado señales sobre la piel de la chaqueta, y la estructura metálica seguía unida a la pared, tal y como la había dejado Horza.

—¡Buenos días, Perosteck! —dijo Horza con voz jovial.

—Horza —dijo la mujer con cara de mal humor, irguiéndose lentamente mientras flexionaba los hombros y arqueaba el cuello—, veinte años viviendo con mi madre, un montón de años que me gustaría olvidar como joven alocada disfrutando de todos los placeres que la Cultura ha llegado a producir a lo largo de su existencia, uno o dos de madurez, diecisiete en Contacto y cuatro en Circunstancias Especiales no han conseguido hacer de mí una persona con la que sea fácil llevarse bien, y tampoco me han enseñado a saltar de la cama alegremente por las mañanas. Supongo que no se te habrá ocurrido traerme un poco de agua, ¿verdad? He dormido demasiado rato, no estaba nada cómoda, hace frío y todo está oscuro, he tenido pesadillas que creí eran realmente horribles hasta que despertaba y me acordaba de la realidad y… Hace un momento he dicho algo de agua, ¿me has oído? ¿O es que ni tan siquiera puedo beber un poco de agua?