—Iré a buscarte algo de agua —dijo Horza. Fue hacia la puerta y se detuvo junto al umbral—. Por cierto, tienes toda la razón. Por las mañanas resultas realmente insoportable.
Balveda meneó la cabeza en la oscuridad. Se metió un dedo en la boca y lo pasó por un lado de ésta, como si estuviera dándose masaje en las encías o intentando limpiarse los dientes. Después se quedó inmóvil con la cabeza entre las rodillas, contemplando el vacío negro azabache del frío suelo de roca fundida que había bajo ella, preguntándose si éste sería el día de su muerte.
Estaban en una inmensa estancia semicircular tallada en la roca contemplando el oscuro espacio de la zona de mantenimiento y reparaciones de la estación cuatro. La caverna medía trescientos metros cuadrados o quizá un poco más, y desde la galería en la que se hallaban hasta el suelo cubierto de equipo y maquinaría de aquella inmensa caverna había una distancia de treinta metros en línea vertical.
Enormes grúas capaces de levantar y sostener en el aire todo un tren del Sistema de Mando colgaban del techo sobre sus cabezas a otros treinta metros de distancia por entre la penumbra. Una pasarela emergía de la caverna hasta llegar a una galería en el otro lado, dividiendo en dos mitades la oscura masa de la caverna.
Estaban listos para moverse. Horza dio la orden.
Wubslin y Neisin activaron sus unidades antigravitatorias y se dirigieron hacia los pequeños túneles secundarios que llevaban al túnel principal del Sistema de Mando y el tubo de tránsito, respectivamente. Una vez dentro de los túneles se mantendrían a la altura del grupo principal. Horza activó la unidad antigravitatoria de su traje, quedó suspendido a un metro escaso del suelo y fue por un túnel que se originaba en la galería donde se encontraban. Después fue avanzando lentamente por entre la oscuridad con rumbo hacia la estación cinco, que se hallaba a treinta kilómetros de distancia. El resto le seguiría flotando sobre el suelo gracias a sus unidades antigravitatorias. Balveda compartiría la plancha con el equipo que habían traído consigo.
Cuando vio a Balveda sentada sobre la plancha, Horza sonrió. La imagen le hizo acordarse de Fwi-Song sentado sobre su litera en aquella espaciosa playa, con la luz del sol que caía sobre un lugar ahora desaparecido. La comparación le pareció maravillosamente absurda.
Horza siguió flotando a lo largo del túnel, deteniéndose para inspeccionar los tubos laterales a medida que iban apareciendo y poniéndose en contacto con los demás cada vez que inspeccionaba uno. Los sentidos mecánicos de su traje estaban ajustados al máximo de potencia disponible. Cualquier emisión luminosa, el más leve ruido, la alteración del movimiento del aire, incluso las vibraciones transmitidas por la roca que le rodeaba… Todo era captado y analizado. Los olores que se salieran de lo normal también eran captados por el traje, así como la energía que se desplazara por los cables enterrados en las paredes del túnel o cualquier clase de transmisión mediante ondas.
Horza pensó en si sería conveniente mandar señales a los idiranos mientras avanzaba, pero acabó decidiendo no hacerlo. Había enviado una señal de muy corta duración desde la estación cuatro sin recibir ninguna contestación, pero si (tal y como sospechaba) los idiranos no estaban de humor para escucharle; enviar más señales mientras se desplazaba sería demasiado peligroso.
Avanzó a través de la oscuridad como si estuviera sentado en un asiento invisible con el SAERC acunado en sus brazos. Podía oír los latidos de su corazón, el sonido de su aliento y el leve deslizarse de aquella atmósfera fría y un tanto estancada alrededor de su traje. Los sensores captaban un vago telón de fondo de radiación emitida por el granito que le rodeaba, puntuado ocasionalmente por algún que otro rayo cósmico. El visor de su casco le ofrecía una fantasmagórica imagen radar de los túneles a medida que iban serpenteando y extendiéndose por entre la roca.
Había tramos donde el túnel era totalmente recto. Si se daba la vuelta podía ver al grupo principal siguiéndole a medio kilómetro de distancia. En otros lugares el túnel describía una serie de curvas muy pronunciadas, con lo que la imagen proporcionada por el haz del radar quedaba limitada a doscientos metros o menos, y Horza tenía la impresión de estar flotando en aquella negrura gélida.
Cuando llegaron a la estación cinco se encontraron con un campo de batalla.
Su traje había captado olores extraños. Ésa había sido la primera señaclass="underline" moléculas orgánicas carbonizadas flotando en el aire. Horza ordenó a los demás que se detuvieran y avanzó lo más cautelosamente posible.
Cuatro medjels muertos yacían junto a una pared de la oscura caverna. Sus cuerpos quemados y desmembrados recordaban el agrupamiento de cadáveres helados de los Cambiantes que había encontrado en la base de superficie. Símbolos religiosos idiranos trazados con láser cubrían las paredes por encima de los cadáveres.
Aquel lugar había sido escenario de un encarnizado tiroteo. Las paredes de la estación estaban repletas de pequeños cráteres y largas cicatrices dejadas por los láseres. Horza encontró los restos de un rifle láser con un trocito de metal incrustado en la culata. Los cuerpos de los medjels habían sido destrozados por centenares de aquellos minúsculos proyectiles metálicos.
Fue al otro extremo de la estación, hasta los restos de una rampa de acceso medio demolida, y encontró las piezas y componentes dispersos de una máquina bastante tosca que parecía haber sido montada a toda prisa, una especie de cañón sobre ruedas que hacía pensar en un vehículo blindado miniatura. Su maltrecha tórrela seguía conteniendo cierta cantidad de municiones, y aquella ruina destrozada por las llamas estaba rodeada de pequeños proyectiles metálicos. Horza cogió algunos de aquellos proyectiles no utilizados, los sopesó en la palma de la mano y contempló el vehículo destrozado con los labios curvados en una débil sonrisa.
—¿La Mente? —exclamó Wubslin contemplando los restos del pequeño vehículo—. ¿La Mente fabricó este trasto?
Se rascó la cabeza.
—Tiene que haber sido ella —dijo Horza, observando cómo Yalson empujaba cautelosamente un fragmento metálico con la puntera de su bota. Su arma estaba lista para disparar—. Aquí abajo no había nada remotamente parecido a esto, pero no habría costado mucho fabricarlo en uno de los talleres. Parte de la vieja maquinaria sigue siendo capaz de funcionar. Resultaría bastante difícil, desde luego, pero si la Mente conserva algunos campos y puede que una o dos unidades móviles…, podría hacerlo. Desde luego, ha tenido tiempo más que suficiente para ello.
—Bastante tosco —dijo Wubslin, dando vueltas a una pieza del mecanismo que hacía funcionar el cañón en la palma de su mano—. Pero no cabe duda de que ha sido lo bastante eficaz —añadió contemplando los cuerpos de los medjels.
—Según mis cálculos, ya no quedan más medjels —dijo Horza.
—Aún quedan dos idiranos —dijo Yalson con voz irritada.
Su pie golpeó una ruedecilla de goma, que rodó un par de metros sobre los escombros y acabó deteniéndose junto a Neisin, quien estaba celebrando el descubrimiento de los medjels muertos con un trago de su petaca.
—¿Estás seguro de que esos idiranos no siguen por aquí? —preguntó Aviger mirando a su alrededor con cara de preocupación.