Lamm miró a su alrededor y vio que el extremo del pasillo venía hacia él. Toda la parte final del pasillo estaba moviéndose con una mezcla de rugido y rechinar, avanzando hacia Lamm con la velocidad de un hombre lanzado a la carrera. Lamm disparó el láser contra los paneles, pero éstos siguieron avanzando; el pasillo se llenó de humo. Lanzó una maldición, giró sobre sus talones y echó a correr en pos de Horza.
Ahora todo el mundo estaba gritando. Una confusión de voces casi imperceptibles resonaba en los dos oídos de Horza, pero lo único que podía oír era el rugido atronador que le rodeaba. La cubierta tembló y bailó bajo sus pies como si toda aquella embarcación gigantesca fuese un edificio en pleno terremoto. Las placas y paneles que formaban las paredes del corredor se estaban abombando; algunos puntos del suelo se curvaban; más paneles del techo se resquebrajaron y cayeron de sus soportes. Y aquella fuerza extraña seguía tirando de él, haciéndole moverse tan despacio como si estuviera atrapado en una pesadilla… Horza emergió a la luz del día y oyó a Lamm siguiéndole de cerca.
—¡Kraiklyn, estúpido cabrón, bastardo hijo de puta! —gritó Lamm.
Las voces parloteaban en sus oídos, su corazón latía a toda velocidad. Horza impulsó cada pie hacia adelante poniendo todas sus energías en el movimiento, pero el rugido se aproximaba e iba haciéndose más fuerte. Dejó atrás los camarotes vacíos. Los plásticos y materiales blandos estallaban, el techo estaba empezando a desplomarse sobre los recintos y la cubierta se inclinaba; la holosfera que habían visto antes rodó por el suelo y salió despedida por una ventana haciéndola añicos. Una escotilla estalló cerca de Horza emitiendo una ráfaga de aire presurizado y escombros voladores. Horza se agachó sin dejar de correr, sintiendo los impactos en su traje. La cubierta saltó y osciló bajo sus pies haciéndole resbalar. Los pasos de Lamm resonaban a su espalda. Lamm seguía insultando ferozmente a Kraiklyn por el intercomunicador.
El ruido que avanzaba detrás de él era como una cascada gigantesca, como una avalancha colosal, como una explosión continua o la erupción de un volcán. Le dolían los oídos y su mente vacilaba, aturdida por el volumen de aquel estrépito imposible. La hilera de ventanas de la pared que tenía delante se volvió de color blanco y estalló, creando un diluvio de partículas que golpearon su traje en una serie de nubéculas semisólidas. Horza volvió a agachar la cabeza y corrió hacia el umbral.
—¡Bastardo, bastardo, bastardo! —gritaba Lamm.
—¡… no para!
—¡… por aquí!
—Cállate, Lamm.
—¡Horzaaa…!
Las voces aullaban en su oído. Estaba corriendo sobre una alfombra por el interior de un gran pasillo; las puertas abiertas aleteaban, las luces del techo vibraban. Un diluvio de agua barrió el pasillo ante él a veinte metros de distancia, y durante un segundo pensó que estaba al nivel del mar, pero sabía que eso era imposible; cuando pasó corriendo por el lugar donde había estado el agua pudo ver y oír cómo espumeaba y gorgoteaba precipitándose por una inmensa escalera de caracol. Todo volvía a estar seco, y ahora sólo quedaban unos hilillos de líquido que caían del techo. El tirón producido por el lento frenado del barco parecía menos intenso, pero el rugido seguía rodeándole por todas partes. Su cuerpo estaba empezando a debilitarse. Horza siguió corriendo sumido en un trance de aturdimiento y cansancio, intentando mantener el equilibrio mientras el pasillo vibraba y se retorcía a su alrededor. Una ráfaga de aire acarició su cuerpo. Unas hojas de papel y unas cuantas láminas de plástico revolotearon dejándole atrás como si fuesen pájaros multicolores.
—… bastardo, bastardo, bastardo…
—Lamm…
Vio la luz del día delante. La claridad entraba por el techo de cristal y los inmensos ventanales de un solano. Horza saltó a través de una hilera de plantas de grandes hojas que crecían en maceteros y aterrizó sobre un grupo de sillitas colocadas alrededor de una mesa, destrozándolas.
—… jodido bastardo est…
—¡Lamm, cállate! —Era la voz de Kraiklyn—. No podemos oír…
La hilera de ventanas que había ante él se volvió de color blanco, se agrietó como si estuviera hecha de hielo y reventó. Horza saltó por uno de los huecos y patinó sobre los fragmentos esparcidos encima de la cubierta que había al otro lado. El extremo superior de la hilera de ventanas rotas empezó a acercarse lentamente al extremo inferior, como si la hilera de ventanas fuese una boca inmensa.
—¡Bastardo! ¡Cabrón hijo de…!
—¡Maldita sea, cambiad de canal! ¡Id a…!
Horza resbaló sobre los fragmentos de cristal y estuvo a punto de caer.
Todas las otras voces habían desaparecido. Sólo quedaba la voz de Lamm, llenando sus oídos con juramentos y blasfemias que se perdían en el rugido ensordecedor de la destrucción interminable que les perseguía. Horza miró hacia atrás durante una fracción de segundo y vio a Lamm saltando por entre las fauces de la hilera de ventanas. Lamm se estrelló contra la cubierta, rodó sobre sí mismo y se levantó. Seguía conservando su láser. Horza apartó la mirada. Sólo entonces se dio cuenta de que ya no tenía su arma; debía haberla tirado, pero no podía recordar dónde o cuando.
Horza iba cada vez más despacio. Era fuerte y estaba acostumbrado al ejercicio físico, pero la falsa gravedad de Vavatch y aquel traje demasiado grande estaban empezando a agotarle.
Siguió corriendo sumido en aquella especie de trance mientras los chorros de vapor de su aliento entraban y salían de su boca abierta al máximo e intentó imaginarse lo cerca que habían estado de las proas, y el espacio de tiempo durante el que el inmenso peso del barco sería capaz de seguir comprimiendo su sección delantera a medida que su masa de billones de toneladas se incrustaba en lo que —si ocupaba todo el banco de nubes que habían visto antes—, debía de ser un descomunal iceberg en forma de meseta.
El barco que le rodeaba era como un paisaje visto en sueños. La embarcación seguía envuelta en nubes y niebla, pero el diluvio dorado del sol caía sobre ella iluminándolo todo. Las torres y pináculos parecían intactos, y toda aquella estructura gigantesca seguía avanzando hacia el hielo mientras los kilómetros de Megabarco que había detrás de ella ejercían presión hacia adelante con la titánica inercia del navío. Horza dejó atrás pistas para juegos y pabellones de ondulante tela plateada, y atravesó un montón de instrumentos musicales. Una inmensa pared provista de varias cubiertas se alzó ante él, y sobre su cabeza había puentes que bailaban y se sacudían a medida que sus soportes escondidos en la niebla iban acercándose a la incontenible oleada de destrucción y eran engullidos por ella. Vio como una cubierta lateral se desplomaba en un vacío de neblina. La cubierta que había bajo sus pies empezó a subir lentamente en un tramo de quince metros o más por delante de él. Horza tenía que subir por una cuesta que se iba haciendo más empinada a cada segundo que pasaba. Un puente colgante se derrumbó a su izquierda y los cables de suspensión azotaron el aire. El puente desapareció por entre la niebla dorada y el ruido de su caída se perdió en el estruendo ensordecedor que hacía vibrar sus tímpanos. Los pies de Horza empezaron a resbalar sobre la cubierta. Cayó pesadamente sobre su espalda, se dio la vuelta y miró hacia atrás.
Rodó sobre los trozos de cristal y los fragmentos de barandilla que había al extremo de la cubierta, se agarró a una barandilla intacta, hizo fuerza con los dos brazos, se impulsó con un pie y saltó sobre la barandilla.