—Tú… Eh… Así que no crees en las almas, ¿eh? —preguntó Horza con el máximo respeto posible, esperando que aquello no le ganara otra patada.
—¿Almas? A la mierda con tu alma, desconocido. —El Señor Primero se rió—. Más te vale que no exista. Hay personas que son devoradores natos y las hay cuyo destino es ser devoradas, y estoy convencido de que las almas de quienes son devorados acaban sufriendo el mismo destino que los cuerpos. Por lo tanto, y teniendo en cuenta que tú eres uno de los que han nacido para ser devorados, más te vale que eso de las almas sea un mito. Es tu única esperanza, créeme. —El Señor Primero cogió el harapo que había usado como mordaza y volvió a colocarlo sobre la boca de Horza—. No… En tu caso, amigo mío, te conviene más no tener alma. Pero si acaba resultando que tienes alma te agradeceré que vuelvas y me lo digas para que pueda reírme un buen rato, ¿de acuerdo?
El Señor Primero tensó el nudo de la mordaza y la cabeza de Horza volvió a entrar en contacto con el tronco.
El lugarteniente de Fwi-Song acabó de afilar los relucientes juegos de dentaduras postizas, se puso en pie y habló con los Devoradores que seguían sentados alrededor de la hoguera. Pasado un rato fueron a las tiendas y la playa quedó desierta. Horza se dedicó a contemplar la agonía de las hogueras.
Las olas rompían suavemente contra la arena, las estrellas se movían en lentos arcos sobre su cabeza y el lado diurno del Orbital era una línea de luz en lo alto. La silenciosa masa de la lanzadera enviada por la Cultura esperaba en silencio reflejando la luz de las estrellas y del Orbital. El hueco de sus puertas traseras parecía una caverna que ofrecía el refugio de la oscuridad.
Horza ya había examinado los nudos que le inmovilizaban las manos y los pies. Disminuir el grosor de sus muñecas no serviría de nada; la cuerda, liana o lo que fuera que habían utilizado para atarle estaba tensándose de forma casi imperceptible a cada momento, por lo que compensaría la reducción en grosor apenas se produjera. Quizá se encogía al secarse y la habían mojado antes de atarle. No tenía forma de saberlo. Podía aumentar la cantidad de ácido producida por sus glándulas sudoríparas allí donde la cuerda tocaba su piel, y siempre valía la pena intentarlo, pero lo más probable era que ni la larga noche de Vavatch fuera lo suficientemente prolongada para que el proceso sirviera de algo.
«El dolor no es real —se dijo—. Gilipolleces.»
Despertó cuando amanecía, al mismo tiempo que unos cuantos Devoradores, y les vio caminar lentamente hacia el mar para lavarse en las olas. Horza tenía frío. Empezó a temblar apenas hubo despertado, y era consciente de que el leve trance necesario para alterar las células de la piel de sus muñecas había hecho que su temperatura corporal bajase bastante durante la noche. Tiró de las ataduras manteniéndose atento a la más leve señal de debilitamiento o rotura de las fibras. Nada, sólo más dolor en las palmas de sus manos allí donde algunas gotas de sudor habían caído sobre la piel que no había alterado y que, por lo tanto, no tenía ninguna protección contra el ácido excretado por sus glándulas sudoríparas. Aquello le preocupó durante unos segundos, pues sabía que si deseaba poder pasar por Kraiklyn sin levantar sospechas tendría que copiar sus huellas dactilares y palmarias, por lo que necesitaba que su piel estuviera en una condición de Cambio perfecta. Un instante después se rió de sí mismo por preocuparse pensando en aquello cuando lo más probable era que no llegase a ver el ocaso de aquel día.
Pensó vagamente en suicidarse. Podía hacerlo. Unos pequeños preparativos internos le permitirían utilizar uno de sus propios dientes para envenenarse. Pero mientras hubiera alguna posibilidad de salir con vida no podía considerar seriamente aquella solución. Se preguntó cómo se encararían con la guerra las gentes de la Cultura. Se suponía que ellas también podían tomar la decisión de morir, aunque los rumores afirmaban que en su caso el suicidio requería algo más complicado que un veneno. Pero, ¿cómo se las arreglaban aquellas almas blandas y mimadas por la paz? ¿Cómo podían resistir el deseo de morir? Horza las imaginó entrando en combate y practicando la autoeutanasia apenas oían los primeros disparos y veían las primeras heridas. La idea le hizo sonreír.
Los idiranos poseían un trance de muerte, pero sólo se usaba en casos de extrema humillación y caída en desgracia, o cuando la obra de una vida estaba completa, o ante la amenaza de una enfermedad incurable y muy dolorosa. Y a diferencia de la Cultura —o de los Cambiantes—, los idiranos no poseían inhibidores incorporados al genotipo, por lo que sentían todo el dolor de la situación sin nada que lo amortiguase. Los Cambiantes opinaban que el dolor era una especie de residuo semi-redundante de la evolución animal y la Cultura se limitaba a temerlo, pero los idiranos lo trataban con una especie de orgulloso desprecio.
Los ojos de Horza recorrieron la playa, dejaron atrás las dos canoas y se posaron en las puertas traseras de la lanzadera. Dos pájaros de plumaje multicolor iban y venían por su techo con leves movimientos ritualizados. Horza les observó durante un rato mientras el campamento de los Devoradores iba despertando y el sol de la mañana brillaba cada vez con más fuerza. La niebla brotaba de la jungla y había unas cuantas nubes perdidas en lo más alto del cielo. El Señor Primero salió de su tienda bostezando y estirándose, sacó la pesada pistola de proyectiles que llevaba debajo de la túnica y disparó al aire. Aquello parecía una señal para que los Devoradores despertaran y emprendieran sus tareas cotidianas, suponiendo que aún no lo hubieran hecho.
El ruido de la tosca arma asustó a los dos pájaros posados sobre el techo de la lanzadera enviada por la Cultura, que emprendieron el vuelo y se alejaron sobre los árboles y la maleza dirigiéndose hacia el otro lado de la isla. Horza les vio desaparecer, dejó que sus ojos se posaran sobre la arena dorada y empezó a respirar de una forma lenta y profunda.
—Tu gran día, desconocido —dijo el Señor Primero con una sonrisa yendo hacia él.
Metió la pistola en la funda que llevaba debajo de la túnica. Horza le miró, pero no dijo nada. «Otro banquete en mi honor», pensó.
El Señor Primero caminó alrededor de Horza observándole atentamente. Horza le fue siguiendo con los ojos siempre que podía y esperó a que se diera cuenta de los daños que el sudor ácido hubiera logrado infligir a las ataduras que rodeaban sus muñecas, pero el Señor Primero no dio señales de haber visto nada que se saliera de lo habitual. Cuando reapareció en el campo visual de Horza sus labios seguían curvados en la misma sonrisita de antes. Asintió con la cabeza, aparentemente convencido de que el hombre atado al tronco seguía siendo incapaz de moverse. Horza tensó los músculos de sus brazos al máximo intentando romper las ataduras de sus muñecas. Las fibras no cedieron ni una fracción de milímetro. No había funcionado. El Señor Primero se marchó para supervisar la botadura de una canoa pesquera.
Fwi-Song emergió de la jungla sentado en su litera poco antes del mediodía, justo cuando la canoa volvía de su expedición.
—¡Regalo de los mares y del aire! ¡Tributo de la inmensa riqueza del gran Mar Circular! ¡Observa el maravilloso día que te aguarda! —Fwi-Song se hizo transportar hasta Horza y ordenó que le depositaran al otro lado de la hoguera. Miró al Cambiante y le sonrió—. Has tenido toda la noche para pensar en lo que te reserva este día; has podido contemplar los frutos del Vacío durante todas las horas de la oscuridad. Has visto los espacios que se extienden entre las estrellas, y has comprendido lo abundante que es la nada y lo escasa que es la vida. ¡Ahora puedes apreciar qué honor se te ha concedido; lo afortunado que eres al haberme sido ofrecido como signo y ofrenda!