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Los dos Devoradores tiraron del brazo de Horza hasta dejarlo extendido ante él. Uno de los Devoradores pasó una pierna por detrás del tronco, apoyó el cuerpo en él y atrapó la otra mano de Horza con su peso. Fwi-Song se había puesto el reluciente juego de dientes de acero con agujeros. Miró fijamente al Cambiante, y el Señor Primero retrocedió sosteniendo la pistola de proyectiles por el cañón. El oráculo hizo una seña con la cabeza a otros dos Devoradores que se acercaron a Horza y le obligaron a abrir los dedos de la mano atándole la muñeca a un palo. Horza podía sentir cómo todo su cuerpo temblaba. Desconectó toda las sensaciones de aquella mano.

—¡Traviezo, traviezo regalo del mar! —dijo Fwi-Song.

Se inclinó hacia adelante y el dedo índice de Horza desapareció dentro de su boca. Fwi-Song cerró el juego de dientes con agujeros sobre él atravesando la carne y se echó hacia atrás en un movimiento muy rápido.

El oráculo masticó y tragó sin apartar los ojos del rostro del Cambiante y frunció el ceño.

—¡No ez muy zabrozo, bendición de laz corrientez del océano! —El oráculo se lamió los labios—. Y, dezde luego, tampoco ha zido zuficiente para dejarme zatizfecho, ¿verdad que no? Veamoz qué otro bocado puede zatizfacerme…

Fwi-Song volvió a fruncir el ceño. Los ojos de Horza fueron más allá de los Devoradores que le sujetaban y se posaron en la mano atada al palo y el dedo índice despojado de su carne. Los huesos colgaban flaccidamente y la sangre goteaba del extremo del último huesecillo.

Fwi-Song se quedó inmóvil en su litera frunciendo el ceño con el Señor Primero a su lado. El Señor Primero no apartaba los ojos de Horza y seguía agarrando el arma por el cañón. El silencio de Fwi-Song se prolongó durante tanto rato que el Señor Primero acabó volviéndose hacia el oráculo.

—Veamoz zi…, zi otro bocado… —dijo Fwi-Song.

Alzó la mano con cierta dificultad y se quitó los dientes agujereados de la boca. Los dejó junto a los demás juegos encima del harapo que tenía delante y se llevó una mano regordeta a la garganta y la otra al vasto hemisferio de su vientre. El Señor Primero siguió contemplándole durante unos momentos y se volvió hacia Horza, quien hizo cuanto pudo por sonreír. El Cambiante abrió las glándulas de sus dientes y chupó veneno.

—Señor Primero… —empezó a decir Fwi-Song. Apartó la mano de su vientre y la extendió hacia su lugarteniente. El Señor Primero no parecía saber qué hacer. Se pasó la pistola de una mano a otra y cogió la mano que le ofrecía el oráculo con la que tenía libre—. Creo que yo…, yo… —dijo Fwi-Song y sus ojos empezaron a abrirse. Las rendijas se convirtieron en pequeños óvalos. Horza podía ver cómo su cara empezaba a cambiar de color. «Pronto perderá la voz. En cuanto las cuerdas vocales reaccionen…»—. ¡Ayúdeme, Señor Primero!

Los dedos de Fwi-Song se cerraron sobre uno de los rollos de grasa que cubrían su garganta como si intentara aflojarse un chal demasiado apretado; se metió los dedos en la boca introduciéndolos hasta su garganta, pero Horza sabía que eso no le serviría de nada. Los músculos estomacales del oráculo ya estaban paralizados. No podía expulsar el veneno vomitándolo. Los ojos de Fwi-Song se habían convertido en dos círculos blancos; su rostro estaba volviéndose de un gris azulado. El Señor Primero estaba contemplando al oráculo como si no pudiera creer lo que veía y seguía sosteniendo su manaza. Sus dedos habían quedado enterrados en las profundidades del gran puño dorado de Fwi-Song.

—¡A-a-ayu-da! —graznó el oráculo.

Un instante después ya sólo podía emitir jadeos ahogados. Los círculos blancos de sus ojos se desorbitaron todavía más, el inmenso cuerpo se estremeció y la cabeza en forma de cúpula se volvió de color azul.

Alguien empezó a gritar. El Señor Primero miró a Horza y alzó su enorme pistola. Horza tensó el cuerpo y escupió con todas sus fuerzas.

El escupitajo cayó sobre el rostro del Señor Primero abarcando desde la boca hasta una oreja en una especie de hoz que también cubría un ojo. El Señor Primero retrocedió tambaleándose. Horza inhaló una bocanada de aire, chupó más veneno y escupió y sopló al mismo tiempo: el segundo chorro de saliva venenosa cayó justo sobre los ojos del Señor Primero. El Señor Primero se llevó la mano al rostro dejando caer el arma. Su otra mano seguía atrapada entre los dedos de Fwi-Song. El obeso oráculo temblaba y se estremecía. Sus ojos estaban muy abiertos, pero no veía nada. Los Devoradores que mantenían sujeto a Horza vacilaron; el Cambiante captó el estremecimiento de sus cuerpos. Ahora había más personas gritando. Horza retorció la espalda y lanzó un nuevo escupitajo al rostro de uno de los hombres que sostenían el palo al que estaba atado. El hombre dejó escapar un chillido estridente y cayó de espaldas; los demás soltaron el palo y huyeron a la carrera. Fwi-Song estaba empezando a ponerse azul del cuello para abajo. Seguía temblando y agarrándose el cuello con una mano y al Señor Primero con la otra. El Señor Primero estaba de rodillas con el rostro inclinado hacia el suelo. Gemía e intentaba quitarse la saliva venenosa de la cara para aliviar la insoportable sensación de quemadura que estaba consumiéndole los ojos.

Horza miró rápidamente a su alrededor. Los Devoradores miraban fijamente a su oráculo y su primer discípulo o a él, pero no hacían nada para ayudarles o para impedirle escapar. No todos gritaban o lloraban; algunos seguían cantando con voz rápida y temerosa, como si alguna de las palabras que salían de sus labios pudiera detener aquellos acontecimientos terribles que estaban teniendo lugar ante ellos. Pero todos estaban empezando a retroceder, alejándose poco a poco del oráculo y el Señor Primero, así como del Cambiante. Horza tensó el brazo intentando liberar la mano que seguía atada al palo; podía notar cómo las ligaduras empezaban a ceder.

—¡Aah!

El Señor Primero alzó la cabeza con la mano tapándose un ojo mientras gritaba con toda la fuerza de sus pulmones. La mano que seguía atrapada entre los dedos del oráculo se tensó en un intento de liberarse. Pero Fwi-Song seguía sin soltarle aunque su cuerpo temblaba y se ponía azul y sus ojos estaban cada vez más desorbitados. Horza logró soltarse la mano; tiró de las ligaduras que le sujetaban al tronco e hizo cuanto pudo con su mano herida para desatar los nudos. Los Devoradores estaban gimiendo. Algunos seguían canturreando, pero todos habían empezado a alejarse. Horza lanzó un rugido dirigido en parte a ellos y, en parte, a los tozudos nudos que había a su espalda. Varios Devoradores echaron a correr. Una de las mujeres vestidas con aquella especie de túnicas gritó, lanzó su cuenco de líquido pestilente hacia Horza sin acertarle y se derrumbó sollozando sobre la arena.

Horza sintió que las cuerdas empezaban a ceder. Logró liberarse el otro brazo y un pie. Se puso en pie con bastante dificultad y observó como Fwi-Song gorgoteaba y se asfixiaba mientras el Señor Primero aullaba moviendo la cabeza a un lado y a otro mientras movía el brazo aprisionado como en una monstruosa parodia de un apretón de manos. Los Devoradores habían echado a correr hacia las canoas o la lanzadera, y algunos se arrojaban de bruces sobre la arena. Horza logró liberarse del todo y avanzó hacia el dúo grotescamente disparejo de hombres unidos por la mano. Saltó hacia adelante y se apoderó de la pistola caída sobre la arena. Mientras se arrodillaba y se ponía en pie, Fwi-Song emitió un último gorgoteo que se convirtió en un sonido balbuceante, como si sus ojos hubieran recuperado la capacidad de ver a Horza, y se fue derrumbando lentamente hacia el Señor Primero, que seguía tirando de él. El Señor Primero volvió a caer de rodillas sin dejar de gritar mientras el veneno destrozaba las membranas de sus ojos y atacaba los nervios que había detrás de ellas. Fwi-Song seguía cayendo como una montaña que se moviera a cámara lenta. Su mano y su brazo se fueron aflojando y el Señor Primero alzó la cabeza y miró a su alrededor con el tiempo justo de ver el inmenso cuerpo del oráculo precipitándose hacia él. Lanzó un aullido, una especie de inhalación de aire muy prolongada, y logró liberar su mano de aquellos dedos rechonchos que se habían convertido en una masa azulada. Empezó a incorporarse, pero Fwi-Song rodó sobre sí mismo y cayó sobre él aplastándole contra la arena. Antes de que el Señor Primero pudiese emitir otro sonido el inmenso oráculo ya había caído sobre su discípulo, hundiéndole en la arena desde la cabeza hasta las nalgas.