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La voz se desvaneció. Horza desconectó la grabadora. La dejó donde la había encontrado y frotó el anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda. Después se quitó la bata y se puso su traje, el que Kraiklyn le había robado. El traje empezó a hablarle y Horza le ordenó que desconectara el sistema vocal.

Se contempló en el campo inversor de las puertas del armario, irguió los hombros, se aseguró de que la pistola de plasma que colgaba de su muslo estaba activada, guardó los dolores y el cansancio en las profundidades de su mente, salió del camarote y fue por el pasillo hacia el comedor.

Yalson y la mujer que era Balveda estaban sentadas al extremo de la mesa debajo de la pantalla. La habían apagado y estaban hablando. Cuando Horza entró en el comedor las dos alzaron la cabeza y le miraron fijamente. Horza fue hacia ellas y se sentó a dos sitios de distancia de Yalson, quien contempló su traje con expresión pensativa.

—¿Vamos a algún sitio? —le preguntó.

—Quizá —dijo Horza mirándola a la cara durante unos segundos. Volvió la cabeza hacia Balveda y sonrió—. Lo siento, Gravant, pero me temo que he cambiado de opinión en cuanto a usted. No me queda más remedio que rechazarla. Lo siento, pero no hay sitio para usted a bordo de la Turbulencia en cielo despejado. Espero que lo comprenda…

Cruzó las manos sobre la mesa y volvió a sonreír. Balveda —cuanto más la miraba más seguro estaba de que era ella—, pareció tomárselo bastante mal. Abrió la boca como si se dispusiera a hablar y sus ojos fueron de Horza a Yalson y volvieron a posarse en Horza. Yalson estaba frunciendo el ceño.

—Pero… —empezó a decir Balveda.

—¿De qué diablos estás hablando? —exclamó Yalson con voz irritada—. No puedes…

—Verás —dijo Horza sonriendo—, he decidido que debemos reducir el número de gente a bordo y…

—¿Qué? —gritó Yalson, golpeando la mesa con la palma de su mano—. ¡Pero si sólo quedamos seis! ¿Qué diablos se supone que podemos hacer siendo sólo seis si…? —No llegó a completar la frase. Cuando volvió a hablar lo hizo en un tono de voz más suave, con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados como si quisiera verle mejor—. ¿O es que hemos tenido suerte en un juego…, en un juego de azar, quizá, y no queremos movernos en más direcciones de las que sean absolutamente necesarias?

Horza la contempló en silencio durante unos segundos y sonrió.

—No, pero he vuelto a contratar los servicios de un ex miembro de nuestra tripulación —dijo—, y eso altera un poco los planes que me había trazado… El hueco en la dotación de esta nave que tenía intención de llenar con Gravant ya no existe.

—¿Has conseguido que Jandraligeli vuelva con nosotros después de todo lo que le dijiste?

Yalson se rió y se reclinó en el asiento.

Horza meneó la cabeza.

—No, querida mía —dijo—. Como habría podido explicarte hace ya bastante rato si no me hubieras interrumpido a cada momento, cuando estaba en Evanauth me encontré con nuestro amigo el señor Gobuchul, y tiene muchas ganas de volver con nosotros.

—¿Horza?

Yalson pareció estremecerse levemente y su voz tembló a causa de la tensión. Horza pudo ver cómo intentaba controlarse. «Oh, dioses —dijo una vocecilla dentro de su mente—, ¿por qué todo esto me resulta tan doloroso?»

—¿Está vivo? ¿Estás seguro de que era él? Kraiklyn, ¿estás seguro?

Los ojos de Horza fueron rápidamente de una mujer a otra. Yalson estaba inclinada sobre la mesa con los puños apretados. Las luces del comedor hacían brillar sus ojos. Su esbelto cuerpo parecía muy tenso, y el vello dorado que cubría su piel morena relucía con destellos iridiscentes. Balveda parecía confusa, como si no supiera qué hacer. Horza vio cómo empezaba a morderse los labios y se contenía enseguida.

—Vamos, Yalson, jamás se me ocurriría gastarte semejante clase de bromas —le aseguró Horza—. Horza está perfectamente, y se encuentra no muy lejos de aquí. —Contempló la pantalla repetidora de la muñequera de su traje para ver qué hora era—. De hecho, he quedado citado con él en una de las esferas de recepción del puerto a las…, bueno, justo antes de que el VGS se marche de aquí. Me dijo que necesitaba resolver un par de asuntos pendientes en la ciudad. También me pidió que te dijera que…, ahhh…, esperaba que siguieras apostando por él. —Se encogió de hombros—. Algo así…

—¡No estás bromeando! —exclamó Yalson y sus labios se curvaron en una sonrisa. Meneó la cabeza, se pasó una mano por el pelo y sus dedos golpearon suavemente la superficie de la mesa un par de veces—. Oh… —dijo.

Volvió a apoyar la espalda en su asiento. Sus ojos pasaron de la mujer al hombre y acabó encogiéndose de hombros sin decir nada más.

—Por lo tanto, Gravant, ya no te necesitamos —dijo Horza volviéndose hacia Balveda.

La agente de la Cultura abrió la boca, pero Yalson se le adelantó con un leve carraspeo.

—Oh, Kraiklyn, deja que se quede a bordo —dijo—. ¿Qué importancia tiene una persona más o menos?

—La tiene, Yalson —dijo Horza con cautela, repasando mentalmente todo lo que sabía sobre Kraiklyn—. Soy el capitán de esta nave y soy quien toma las decisiones.

Yalson dio la impresión de querer decir algo, pero lo que hizo fue volverse hacia Balveda y extender los brazos con las palmas de las manos hacia arriba. Se reclinó en su asiento, cerró los ojos y acarició la mesa con las yemas de los dedos. Estaba intentando no sonreír.

—Bueno, capitán —dijo Balveda poniéndose en pie—, usted sabrá lo que le conviene… Recogeré mis cosas.

Salió rápidamente del comedor. El ruido de sus pasos se mezcló con los de otra persona, y tanto Horza como Yalson oyeron algunas palabras ahogadas. Un instante después Dorolow, Wubslin y Aviger entraron en el comedor. Aviger abrazaba a la pequeña y regordeta Dorolow. Todos iban vestidos con ropas multicolores, tenían el rostro enrojecido y parecían muy contentos.

—¡Nuestro capitán! —gritó Aviger. Los dedos de Dorolow no se apartaban de la mano que Aviger le había puesto en el hombro. Sonrió. Wubslin le saludó distraídamente; el corpulento ingeniero parecía bastante borracho—. Veo que ha estado en la guerra —dijo Aviger contemplando el rostro de Horza.

El Cambiante había dado instrucciones a su organismo para que intentara reducir los daños al mínimo, pero su rostro seguía indicando que había estado metido en una pelea.

—¿Qué ha hecho Gravant, Kraiklyn? —graznó Dorolow.

También parecía muy animada, y su voz era todavía más estridente de lo que recordaba.

—Nada —dijo Horza. Contempló a los tres mercenarios y les sonrió—. Pero Horza Gobuchul ha vuelto de entre los muertos, por lo que he decidido que no la necesitamos.

—¿Horza? —exclamó Wubslin, y su bocaza se abrió en una expresión de sorpresa casi exagerada.

Los ojos de Dorolow fueron de Horza a Yalson, y la expresión de su rostro y su sonrisa transmitían claramente la pregunta «¿Es cierto?» Yalson se encogió de hombros, y le lanzó una mirada de felicidad y esperanza aún levemente teñida de suspicacia al hombre que creía era Kraiklyn.

—Estará a bordo poco antes de que Los fines de la inventiva se marche de aquí —dijo Horza—. Tenía algunas cosas que hacer en la ciudad. Quizá fuera algún asunto turbio… —Horza les obsequió con la sonrisa condescendiente que Kraiklyn utilizaba de vez en cuando—. ¿Quién sabe?

—Vaya —dijo Wubslin, tambaleándose ligeramente y contemplando a Aviger por encima de Dorolow—. Puede que ese tipo estuviera buscando a Horza… Quizá deberíamos advertirle.