—¿Qué tipo? ¿Dónde? —preguntó Horza.
—Tiene alucinaciones —dijo Aviger moviendo una mano—. Demasiado vino de hígado.
—¡Tonterías! —exclamó Wubslin, asintiendo con la cabeza y mirando primero a Aviger y luego a Horza—. Y un robot… —Puso las manos delante de su rostro, juntó las palmas y las separó unos veinticinco centímetros—. Un cabroncete bastante pequeño. No debía ser más grande que esto…
—¿Dónde? —Horza meneó la cabeza—. ¿Y por qué crees que alguien puede andar detrás de Horza?
—Ahí fuera, debajo del tubo de viaje —dijo Aviger.
—Por la forma en que salió de la cápsula daba la impresión de que esperaba pelea en cualquier momento —dijo Wubslin—. Estoy seguro de que ese tipo era un policía, o algo parecido.
—¿Y Mipp? —preguntó Dorolow. Horza guardó silencio durante un segundo y su frente se arrugó en un fruncimiento de ceño que no iba dirigido a nada ni a nadie en particular—. ¿Dijo algo de Mipp? —le preguntó Dorolow.
—¿Mipp? —exclamó Horza alzando los ojos hacia Dorolow—. No. —Meneó la cabeza—. No, Mipp no lo consiguió.
—Oh, lo siento —dijo Dorolow.
—Escuchad —dijo Horza mirando a Wubslin y Aviger—, ¿creéis que ahí fuera hay alguien que anda detrás de uno de nosotros?
—Un hombre —dijo Wubslin asintiendo lentamente con la cabeza—, y un robotito minúsculo con pintas de ser todo un mal bicho.
Horza se acordó del insecto que se había posado unos instantes sobre su muñeca en la bodega justo antes de subir a bordo de la Turbulencia en cielo despejado y se estremeció. Sabía que la Cultura poseía máquinas e insectos artificiales de ese tamaño.
—Hmmm —dijo Horza frunciendo los labios. Asintió para sí mismo y alzó los ojos hacia Yalson—. Deprisa, asegúrate de que Gravant abandona la nave, ¿de acuerdo? —Se puso en pie y le dejó el camino libre a Yalson, quien salió rápidamente del comedor. Horza la vio alejarse por el pasillo hacia los camarotes. Miró a Wubslin y le indicó con los ojos que fuese hacia el puente—. Vosotros dos quedaros aquí —dijo en voz baja volviéndose hacia Aviger y Dorolow.
Aviger y Dorolow se separaron lentamente el uno del otro y se sentaron. Horza fue al puente.
Le hizo una seña a Wubslin para que ocupara el puesto del ingeniero y se sentó en el del piloto. Wubslin dejó escapar un suspiro de cansancio. Horza cerró la puerta y repasó a toda velocidad cuanto había descubierto sobre los procedimientos a seguir en el puente durante las primeras semanas que había pasado como tripulante de la Turbulencia en cielo despejado. Estaba inclinándose hacia el panel de comunicaciones para conectar los canales cuando algo se movió junto a la consola muy cerca de sus pies. Horza se quedó inmóvil.
Wubslin miró hacia abajo, se agachó con un esfuerzo claramente audible y metió su cabezota entre las piernas. La nariz de Horza captó una vaharada de olor a alcohol.
—¿Todavía no has terminado? —preguntó Wubslin, con la voz ahogada por sus muslos.
—Me asignaron otro trabajo; acabo de volver —protestó una vocecita artificial.
Horza se reclinó en el asiento y miró bajo la consola. Un robot que debía medir unas dos terceras partes del tamaño del que le había escoltado desde el ascensor a la bodega donde estaba la Turbulencia en cielo despejado emergió del laberinto de cables que asomaba por una compuerta de inspección abierta.
—¿Qué es esa cosa? —preguntó Horza.
—Oh —dijo Wubslin con voz cansada dejando escapar un eructo—, es el mismo que ha estado aquí desde… Lo recuerda, ¿no? Venga, tú —dijo volviéndose hacia la máquina—. El capitán quiere hacer una prueba de comunicaciones.
—Oye, ya he terminado —dijo la máquina. Su voz sintetizada estaba impregnada de irritación—. Estoy poniendo un poco de orden aquí dentro y acabando de limpiar, ¿entendido?
—Bueno, pues muévete —dijo Wubslin. Sacó la cabeza de debajo de la consola y miró a Horza como pidiéndole disculpas—. Lo siento, Kraiklyn.
—No importa, no importa. —Horza movió la mano y conectó el comunicador—. Ah… —Miró a Wubslin—. ¿Quién controla el movimiento del tráfico por aquí? He olvidado con qué departamento he de hablar. ¿Y si quiero abrir las puertas de la bodega?
—¿Tráfico? ¿Abrir las puertas? —Wubslin le miró con cara de perplejidad y acabó encogiéndose de hombros—. Bueno, supongo que bastará con sintonizar el canal del control de tráfico, como cuando llegamos…
—Claro —dijo Horza. Pulsó el interruptor de la consola—. Control de tráfico, aquí… —dijo.
No llegó a completar la frase.
No tenía ni idea de qué nombre había dado Kraiklyn en vez del auténtico. La información que había comprado no contenía ese dato, y era una de las muchas cosas que había tenido intención de averiguar sin perder ni un segundo en cuanto hubiese llevado a cabo la tarea más urgente de echar a Balveda de la nave y, con suerte, hacer que siguiera una pista falsa. Pero la noticia de que podía haber alguien buscándole en esa bodega —o en cualquier otra, tanto daba—, le había puesto muy nervioso.
—Aquí la nave de la Minibodega 27492 —dijo—. Quiero permiso inmediato para abandonar la bodega y el VGS; nos marcharemos del Orbital independientemente.
Wubslin miró fijamente a Horza.
—Aquí control de tráfico del Puerto de Evanauth, sección temporal del VGS. Un momento, Minibodega 27492 —dijeron los altavoces incrustados a la altura de la cabeza en el respaldo de los asientos de Horza y Wubslin.
Horza se volvió hacia Wubslin y pulsó el botón «transmitir» del canal de comunicaciones.
—Este trasto se encuentra en condiciones de volar, ¿verdad?
—¿Qué…? ¿Volar? —Wubslin parecía perplejo. Se rascó el pecho y bajó la vista hacia la unidad que seguía intentando meter los cables dentro de la consola—. Supongo que sí, pero…
—Estupendo.
Horza empezó a activar todos los sistemas, motores incluidos. Vio que la hilera de pantallas que daban información sobre el láser de proa estaba parpadeando junto con las demás. Al menos Kraiklyn había hecho que las repararan.
—¿Volar? —repitió Wubslin. Volvió a rascarse el pecho y miró a Horza—. ¿Ha dicho «volar»?
—Sí. Nos vamos.
Las manos de Horza se movieron rápidamente sobre los botones e interruptores de los sensores ajustando los sistemas de la nave que iba despertando con tanta precisión y seguridad como si realmente llevara años pilotando la Turbulencia en cielo despejado.
—Necesitaremos un remolcador… —dijo Wubslin.
Horza sabía que el ingeniero tenía razón. La unidad antigravitatoria de la Turbulencia en cielo despejado poseía la potencia justa para producir un campo interno; estar tan cerca (de hecho, dentro) de una masa del tamaño de Los fines de la inventiva haría estallar las unidades que creaban el campo distorsionador, y utilizar los motores de fusión en un espacio cerrado sería una auténtica locura.
—Conseguiremos uno. Les diré que es una emergencia. Les diré que tenemos una bomba a bordo… Lo que sea.
Horza vio encenderse la pantalla principal. La imagen de la parte trasera de la Minibodega ocupó lo que hasta entonces había sido un mamparo vacío situado delante de él y Wubslin.
Wubslin encendió su monitor y la pantalla se iluminó con un diagrama muy complicado que Horza acabó logrando identificar como un plano del nivel del inmenso interior del VGS en el que se encontraban. Al principio se conformó con echarle un vistazo, pero no tardó en ignorar la pantalla principal, concentró toda su atención en el plano y acabó poniendo un holograma de todo el interior del VGS en la pantalla principal, memorizando rápidamente todo cuanto pudo.