—¿Y…? —Wubslin se calló, volvió a eructar y se frotó el vientre—. ¿Y Horza?
—Le recogeremos después —dijo Horza sin apartar los ojos del plano que mostraba la estructura interna del VGS—. Hice algunos arreglos por si se daba el caso de que no pudiera acudir a la cita que concertamos. —Horza volvió a pulsar el botón de transmisión—. Control de tráfico, control de tráfico, aquí Minibodega 27492. Necesito permiso de emergencia para despegar. Repito, necesito permiso de emergencia para despegar y un remolcador ahora mismo. Tengo una avería en un generador de fusión y no consigo desconectarlo. Repito, avería en un generador de fusión nuclear acercándose a la situación crítica.
—¿Qué? —chilló una vocecita. Algo chocó con la rodilla de Horza y la unidad que había estado trabajando debajo de la consola se hizo visible. Los cables que le cubrían hacían pensar en un juerguista envuelto en serpentinas—. ¿Qué has dicho?
—Cállate y sal de la nave ahora mismo —dijo Horza.
Conectó los circuitos de recepción. Un siseo estridente hizo vibrar la atmósfera del puente.
—¡Será un placer! —dijo la unidad, y se sacudió para quitarse los cables que cubrían su armazón metálica—. Como de costumbre, soy el último a quien le dicen lo que está pasando, pero de una cosa sí estoy seguro y es de que no quiero quedarme aquí ni un…
Seguía refunfuñando cuando todas las luces del hangar se apagaron al mismo tiempo.
Al principio Horza creyó que la pantalla se había fundido, pero deslizó el control de la longitud de onda hacia la parte superior de la escala y vio reaparecer los contornos del hangar, ahora en infrarrojo.
—Oh, oh —dijo la unidad volviéndose primero hacia la pantalla y luego hacia Horza—. Así que no habéis pagado el alquiler, ¿eh?
—Muerto —anunció Wubslin.
La unidad logró librarse del último cable. Horza se volvió hacia el ingeniero.
—¿Qué?
Wubslin señaló los controles del transceptor que tenía delante.
—Muerto. Alguien ha cortado nuestra conexión con el control de tráfico.
La nave vibró. Una luz empezó a encenderse y apagarse indicando que los mecanismos automáticos del ascensor principal acababan de cerrar las puertas.
—Mierda —dijo Horza—. ¿Y ahora qué?
—Bueno, amigos, adiós —dijo la unidad.
Pasó junto a ellos moviéndose como un rayo, abrió la puerta y se alejó por el pasillo en dirección a la escalera del hangar.
—¿Descenso de presión?
Wubslin estaba hablando consigo mismo. Se rascó la cabeza, para variar, y contempló la hilera de pantallas que tenía delante con el ceño fruncido.
—¡Kraiklyn! —gritó la voz de Yalson desde los altavoces incrustados en el respaldo de los asientos.
La luz que parpadeaba en la consola indicaba que estaba llamando desde el hangar.
—¿Qué? —preguntó secamente Horza.
—¿Qué infiernos está pasando? —gritó Yalson—. ¡Hemos estado a punto de morir aplastadas! ¡La Minibodega se está quedando sin aire y el ascensor del hangar ha activado todos sus circuitos de emergencia! ¿Qué está pasando?
—Ya te lo explicaré —dijo Horza. Tenía la boca seca y sus entrañas parecían haberse convertido en una masa de hielo—. ¿Gravant sigue estando contigo?
—¡Pues claro que sigue estando conmigo, joder!
—Bien. Quiero que las dos volváis al comedor sin perder ni un momento.
—Kraiklyn… —empezó a decir Yalson, pero fue interrumpida por otra voz que al principio sonó más distante y se aproximó rápidamente al micro.
—¿Cerradas? ¿Cerradas? ¿Por qué están cerradas las puertas del ascensor? ¿Qué está pasando en esta nave? Oiga, ¿puente? ¿Capitán? —Los altavoces incrustados en los asientos emitieron un seco tap-tap y la voz sintetizada siguió hablando—. ¿Por qué se me ponen obstáculos? Quiero salir de esta nave ahora mismo…
—¡Aparta, idiota! —gritó Yalson, y añadió:— Es ese maldito robot otra vez…
—Quiero que tú y Gravant subáis aquí ahora mismo —repitió Horza—. Ahora mismo, ¿entendido? —Desconectó el circuito de comunicaciones con el hangar, se levantó del asiento y puso la mano sobre el hombro de Wubslin—. Ponte el arnés. Ve preparando la nave para volar. Activa todos los sistemas. —Cruzó el umbral. Aviger había salido del comedor y venía por el pasillo hacia el puente. Abrió la boca para decir algo, pero Horza pasó rápidamente junto a él dejándole atrás—. Ahora no, Aviger.
Metió su guante derecho en la cerradura del compartimento donde estaban las armas. El panel se abrió con un chasquido. Horza contempló su interior.
—Sólo quería preguntar…
—¿…qué diablos está pasando?
Horza se encargó de completar la frase por él mientras cogía la pistola aturdidora neurónica más grande que pudo encontrar. Cerró el panel dando un golpe seco y volvió a toda velocidad por el pasillo, atravesó el comedor donde Dorolow se había quedado dormida en un asiento y fue por el pasillo que llevaba a la zona de los camarotes. Activó el arma, puso el control de potencia al máximo y la ocultó detrás de su espalda.
El primero en aparecer fue la unidad. Subió volando por la escalera y empezó a avanzar como un rayo por el pasillo flotando a la altura de los ojos de Horza.
—¡Capitán! No me queda más remedio que protestar enérgicamente por…
Horza abrió una puerta con el pie, agarró a la unidad y la metió dentro del camarote cerrando la puerta de un manotazo. Oyó voces que se aproximaban por la escalera. Puso la mano sobre la manija de la puerta y la sujetó con firmeza. La unidad intentó abrir la puerta, no lo consiguió y empezó a golpear el panel.
—¡Esto es insultante! —gimió su vocecita sintetizada desde el otro lado del panel.
—Kraiklyn —dijo Yalson en cuanto apareció al extremo de la escalera. Horza sonrió y sus dedos se tensaron sobre el arma que seguía manteniendo oculta detrás de su espalda. La unidad volvió a golpear el panel. Horza sintió la vibración en la mano.
—¡Déjeme salir!
—Kraiklyn, ¿qué está pasando? —preguntó Yalson viniendo hacia él por el pasillo.
Balveda ya casi estaba al final de la escalera. Horza vio que llevaba una mochila bastante grande al hombro.
—¡Estoy perdiendo la paciencia y voy a ponerme furioso!
La puerta volvió a vibrar.
Un zumbido muy estridente surgió de la mochila de Balveda seguido por un chisporroteo de estática. Yalson no oyó el zumbido…, que era una alarma. Una parte del cerebro de Horza captó la lejana presencia de Dorolow removiéndose en el comedor a su espalda. El chorro de estática —que era un mensaje o señal de alguna clase altamente comprimido—, hizo que Yalson empezara a volverse hacia Balveda. Horza saltó hacia adelante soltando la manija de la puerta del camarote, alzó la pesada pistola aturdidora y apuntó con ella a Balveda. La mujer de la Cultura ya estaba dejando caer la mochila al suelo, y una de sus manos se movió con una velocidad tan tremenda que ni tan siquiera Horza pudo seguir el movimiento. Los dedos de Balveda rozaron su flanco. Horza hendió el aire pasando por el hueco que había entre Yalson y el mamparo del pasillo y su cuerpo chocó con la mercenaria arrojándola a un lado. Apuntó con la pistola aturdidora al rostro de Balveda y apretó el gatillo. El arma zumbó en su mano mientras seguía volando por los aires y empezaba a caer. Horza intentó mantener el arma apuntada hacia la cabeza de Balveda durante todo el trayecto. Su cuerpo chocó con la cubierta una fracción de segundo antes que el de la agente de la Cultura.
El impacto contra el mamparo había dejado un poco aturdida a Yalson. Horza se pegó lo más posible a la cubierta y observó los pies y las piernas de Balveda durante un segundo. Se incorporó rápidamente. La agente de la Cultura intentaba moverse. Balveda abrió los ojos y su cabellera pelirroja rozó la superficie de la cubierta. Horza volvió a apretar el gatillo de la pistola aturdidora, y lo mantuvo apretado sin apartar el cañón de la cabeza de la mujer. El cuerpo de Balveda se convulsionó incontrolablemente durante un segundo, un hilillo de saliva resbaló por una de las comisuras de su boca y sus músculos acabaron aflojándose. El pañuelo rojo cayó de su cabeza.