—¿Te has vuelto loco? —gritó Yalson.
Horza se volvió hacia ella.
—No se llama Gravant. Se llama Perosteck Balveda, y es una agente de la sección de Circunstancias Especiales de la Cultura. Ése es el eufemismo que utilizan para referirse a su departamento de Inteligencia Militar, por si no lo sabías —dijo Horza.
Yalson había retrocedido hasta la entrada del comedor. Sus ojos estaban llenos de miedo y sus manos intentaban aferrarse al mamparo que había a cada lado de su cuerpo. Horza fue hacia ella. Yalson se encogió sobre sí misma, y Horza se dio cuenta de que estaba preparándose para atacarle. Se detuvo a medio metro de ella, hizo girar la pistola aturdidora en su mano y se la ofreció con la culata por delante.
—Si no me crees lo más probable es que acabemos todos muertos —dijo mientras movía el brazo acercando la pistola unos centímetros más a sus manos. Yalson acabó cogiéndola—. Hablo en serio —le dijo—. Regístrala, puede que lleve armas encima. Después llévala al comedor y átala a un asiento. Asegúrate de sujetarle bien las manos y las piernas. Cuando hayas terminado siéntate donde quieras y ponte el arnés de sujeción. Nos vamos. Ya te lo explicaré luego.
Se dispuso a pasar junto a ella, pero antes de dejarla atrás se dio la vuelta y la miró a los ojos.
—Oh, y dispárale una ráfaga a máxima potencia de vez en cuando para que siga inconsciente. Todas las personas que trabajan para Circunstancias Especiales son muy duras, créeme.
Se dio la vuelta y fue hacia el comedor. Oyó el chasquido del control del arma.
—Kraiklyn —dijo Yalson.
Horza se quedó quieto y se volvió hacia ella. Yalson sostenía el arma con las dos manos a la altura de sus ojos y estaba apuntándole con ella. Horza suspiró y meneó la cabeza.
—No lo hagas —dijo.
—¿Y Horza?
—Está a salvo, Lo juro. Pero si no salimos de aquí ahora mismo morirá. Y si ella recobra el conocimiento… Bueno, eso tampoco sería nada bueno para Horza.
Movió la cabeza señalando a Balveda, quien seguía inmóvil en el suelo detrás de Yalson. Se dio la vuelta y entró en el comedor. Su cabeza y la parte posterior de su cuello esperaban recibir una descarga en cualquier momento, y Horza sintió el cosquilleo nervioso que las recorrió.
Pero no sucedió nada. Dorolow alzó los ojos hacia él.
—¿Qué ha sido todo ese ruido? —le preguntó cuando Horza pasó junto a ella.
—¿Qué ruido? —replicó Horza mientras cruzaba el umbral que llevaba al puente.
Yalson observó la espalda de Kraiklyn alejándose por el comedor. Se volvió hacia Dorolow, le dijo algo y cruzó el umbral del puente. Fue bajando lentamente la pistola aturdidora, acabó dejándola colgar de una mano y la contempló con expresión pensativa.
—Yalson, muchacha, a veces creo que eres excesivamente leal —murmuró.
La puerta del camarote se abrió un par de centímetros y Yalson volvió a alzar el arma.
—¿Puedo salir de aquí o aún no ha pasado el peligro? —preguntó una vocecita sintetizada.
Yalson torció el gesto, acabó de abrir la puerta y contempló a la unidad, que empezó a retroceder lentamente hacia el fondo del camarote.
—Sal de aquí y ayúdame a moverla, montón de engranajes cobardes —dijo señalando con la cabeza hacia un lado.
—¡Despierta!
Horza pateó la pierna de Wubslin antes de volver a instalarse en su asiento. Aviger estaba sentado en el tercer asiento de la cubierta de vuelo contemplando las pantallas y controles con cara de preocupación. Wubslin dio un salto y miró a su alrededor con expresión soñolienta.
—¿Eh? —dijo, y añadió:— Estaba descansando un poco los ojos.
Horza hizo emerger los controles manuales de la Turbulencia en cielo despejado del hueco de la consola que los ocultaba. Aviger le miró con aprensión.
—Esos golpes que le han dado en la cabeza… ¿Fueron muy fuertes? —le preguntó.
Horza le obsequió con una sonrisa helada. Examinó los controles lo más deprisa posible y accionó los interruptores de seguridad de los motores de fusión de la nave. Intentó ponerse en contacto con el control de tráfico. La Minibodega seguía a oscuras. El indicador de presión exterior marcaba cero. Wubslin hablaba consigo mismo mientras iba comprobando los sistemas de la nave.
—Aviger —dijo Horza sin volverse hacia él—, creo que será mejor que te pongas el arnés.
—¿Para qué? —preguntó Aviger en voz baja y mesurada—. No podemos ir a ninguna parte. No podemos movernos. Estamos atrapados aquí hasta que llegue un remolcador y nos saque, ¿verdad?
—Claro que sí —dijo Horza. Ajustó los controles de lectura de los motores de fusión y puso los controles de los soportes de la nave en automático. Se volvió hacia Aviger—. Te diré lo que vamos a hacer… ¿Por qué no vas a buscar la mochila de la nueva recluta? Llévala al hangar y métela en un vactubo.
—¿Qué? —preguntó Aviger. Su ya bastante amigado rostro adquirió nuevos surcos en cuanto frunció el ceño—. Creí que iba a marcharse…
—Iba a marcharse, pero la persona que intenta mantenernos atrapados aquí empezó a evacuar el aire de la Minibodega antes de que pudiera hacerlo. Quiero que cojas su mochila y todo lo que pueda haber dejado por ahí y que lo metas en un vactubo, ¿me has entendido?
Aviger se incorporó lentamente y miró a Horza con cara de preocupación.
—Está bien. —Se dispuso a salir del puente, vaciló y se volvió hacia Horza—. Kraiklyn, ¿por qué he de meter su mochila en un vactubo?
—Porque estoy casi seguro de que ahí dentro hay una bomba de gran potencia, por eso. Y ahora, haz lo que te he dicho.
Aviger asintió y se marchó con cara de estar todavía más preocupado que antes. Horza volvió a concentrar su atención en los controles. Ya casi estaban preparados. Wubslin seguía hablando consigo mismo y no se había puesto el arnés de sujeción, pero parecía estar haciendo su parte de una forma más o menos competente, aunque seguía eructando con frecuencia y se detenía de vez en cuando para rascarse el pecho y la cabeza. Horza sabía que había estado posponiendo el siguiente paso, pero también sabía que debía seguir adelante. Pulsó el botón de identificación.
—Aquí Kraiklyn —dijo, y tosió.
—Identificación completada —respondió el altavoz del monitor inmediatamente.
Horza sintió deseos de gritar o, por lo menos, de hundirse en su asiento con una expresión de alivio en el rostro, pero no tenía tiempo para hacer ninguna de las dos cosas, y Wubslin se habría extrañado bastante. De hecho, hasta el ordenador de la nave podía extrañarse. Algunos ordenadores estaban programados para detectar cualquier señal de alegría o alivio después de que la identificación formal hubiera terminado, por lo que Horza no celebró su victoria y se limitó a ir elevando la temperatura de los motores de fusión.
—¡Capitán! —La unidad entró como un rayo en el puente y se detuvo entre Horza y Wubslin—. Déjeme salir inmediatamente de esta nave para que pueda informar de las irregularidades que se están produciendo a bordo o de lo contrario…
—¿O de lo contrario qué? —le preguntó Horza mientras veía subir la temperatura de los motores de fusión de la Turbulencia en ciclo despejado—. Si crees que puedes salir de la nave, por mí adelante. Aún suponiendo que lo consigas, lo más probable es que esos agentes de la Cultura de ahí fuera te conviertan en átomos…