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Disparar el láser no sirvió de nada, aunque Horza sólo llegó a saberlo más tarde. El agujero que apareció en el campo de fuerza para dejar pasar a la nave fue obra de un ordenador de Vavatch, que se había encargado del control y vigilancia internos sustituyendo en dicha tarea a las Mentes de la Cultura. El ordenador siguió ese curso de acción guiado por la suposición —errónea—, de que Los fines de la inventiva sufriría menos daños si dejaba caer por su interior a la nave fuera de control que si corría el riesgo de soportar una colisión con su masa.

La Turbulencia en cielo despejado emergió de la capa de aire que había al final de un nivel de presión moviéndose en el centro de un torbellino de aire y nubes, y empezó a abrirse paso por la tenue atmósfera de la parte superior del siguiente nivel temblando y vibrando como si estuviera envuelta en su propio huracán particular. Un vórtice de aire en el que había hilachas de nubes la siguió como una explosión invertida. Horza volvió a abrir los ojos y sintió un inmenso alivio al contemplar el distante suelo del cavernoso interior del VGS y las cifras de las pantallas que mostraban los datos concernientes a los motores de fusión principales. Los números iban haciéndose mayores a cada segundo que pasaba. Activó los motores principales olvidándose del instalado en el morro. Los dos motores principales se pusieron en marcha haciendo que Horza sintiera la presión de los campos restrictores y la fuerza que intentaba aplastarle contra el respaldo de su asiento. Fue alzando el morro de la nave, y vio como el suelo que tenían debajo iba desapareciendo para ser sustituido por otra pared repleta de accesos a los hangares y bodegas. Las puertas eran mucho más grandes que las de las Minibodegas del nivel que acababan de abandonar, y los escasos fuselajes que pudo ver saliendo o emergiendo de los interiores iluminados de aquellos inmensos compartimentos eran tan grandes que sólo podían pertenecer a naves estelares.

Horza observó la pantalla mientras pilotaba la Turbulencia en cielo despejado exactamente igual que si fuera un vehículo aéreo. Estaban avanzando a toda velocidad por un gigantesco pasillo que debía tener un kilómetro de anchura, con la capa de nubes colgando a unos quinientos metros por encima de ellos. Las naves estelares se movían lentamente por el mismo espacio que ellos, algunas impulsadas por sus campos antigravitatorios, la mayoría por los campos de los remolcadores ligeros. Todo se desplazaba muy despacio y sin hacer ningún ruido.

Lo único que turbaba la calma del interior de aquella nave descomunal era la Turbulencia en cielo despejado y el aullido con que hendía la atmósfera, suspendida sobre dos espadas gemelas de llamas que emergían de las cámaras de plasma al rojo blanco. Otro acantilado repleto de puertas enormes apareció ante ellos. Horza se volvió hacia la pantalla principal e hizo girar la Turbulencia en cielo despejado, trazando una prolongada curva hacia la izquierda, e inclinó levemente el morro para enfilar por un nuevo cañón todavía más ancho que el anterior. El muro de puertas y accesos se inclinó hacia ellos cuando Horza manipuló los controles para que el giro de la nave se volviera todavía más pronunciado. Horza miró hacia adelante y pudo ver lo que parecía una nube de insectos: centenares de puntitos negros suspendidos en el aire.

Muy por detrás de ellos, puede que a cinco o seis kilómetros de distancia, había un kilómetro cuadrado de negrura ribeteado por una tira de luz blanca no muy intensa que se encendía y se apagaba. La tira de luz indicaba la salida de Los fines de la inventiva. La distancia que les separaba de aquel cuadrado podía recorrerse en línea recta.

Horza suspiró y sintió cómo todo su cuerpo se relajaba. A menos que fuesen interceptados, lo habían conseguido… Si tenían un poquito de suerte incluso era posible que lograran alejarse del Orbital. Dio un poco más de potencia a los motores y dirigió la nave hacia el cuadrado negro como la tinta que se recortaba ante ellos.

Wubslin se inclinó bruscamente hacia adelante luchando contra el tirón de la aceleración y pulsó algunos botones. Su pantalla repetidora incrustada en la consola aumentó la parte central de la pantalla principal mostrando lo que tenían delante.

—¡Son personas! —gritó.

Horza le miró frunciendo el ceño.

—¿Qué?

—¡Personas! ¡Esos puntitos son personas! ¡Deben llevar arneses antigravitatorios! ¡Vamos a pasar justo por entre ellas!

Horza echó un rápido vistazo a la pantalla repetidora de Wubslin. Era cierto. La nube negra que ocupaba casi toda la pantalla estaba compuesta de seres humanos que revoloteaban lentamente de un lado para otro. Algunos llevaban trajes espaciales, otros ropas corrientes. Horza vio que había miles de ellos a menos de un kilómetro de distancia, y se estaban acercando rápidamente. Wubslin seguía sin apartar los ojos de la pantalla y había empezado a mover la mano frenéticamente.

—¡Apartaos! ¡Salid de enmedio! —les gritaba.

Horza no logró ver ninguna forma de esquivar a la masa de seres humanos voladores. No podían dar un rodeo, y no podían pasar por encima ni por debajo de ella. No sabía si estaban practicando algún extraño juego aereo o si sólo estaban divirtiéndose, pero eran demasiados, estaban demasiado cerca y se encontraban demasiado dispersos.

—¡Mierda! —gritó.

Se preparó para desconectar los motores de plasma antes de que la Turbulencia en cielo despejado atravesara la nube de seres humanos. Con un poco de suerte quizá la hubieran dejado atrás antes de que se viera obligado a conectarlos de nuevo, y eso impediría que incinerasen a tantas personas.

—¡No! —gritó Wubslin.

Se quitó el arnés de sujeción, saltó sobre Horza e intentó agarrar los controles. Horza trató de apartar al corpulento ingeniero, pero no lo consiguió. Wubslin le arrancó los controles de las manos y la imagen de la pantalla principal giró locamente sobre sí misma. El morro de la nave se alejó del cuadrado negro de la salida del VGS y la inmensa nube de humanos voladores para apuntar hacia el acantilado de entradas brillantemente iluminadas que daban acceso a los hangares principales. El brazo de Horza se estrelló contra la cabeza de Wubslin y el ingeniero cayó al suelo aturdido. Horza recuperó los controles apartando los fláccidos dedos de Wubslin, pero ya era demasiado tarde para virar. Horza detuvo el giro de la nave y enfiló el morro lo mejor que pudo. La Turbulencia en cielo despejado salió disparada hacia el acceso de un hangar principal; cruzó velozmente el umbral y pasó sobre el esqueleto de una nave estelar que estaba siendo reconstruida. Los motores de la Turbulencia en cielo despejado provocaron incendios, chamuscaron cabelleras y ropas y cegaron todos los ojos que carecían de protección.

Horza miró por el rabillo del ojo y vio a Wubslin yaciendo inconsciente en el suelo. Su cuerpo se movía lentamente de un lado para otro mientras la Turbulencia en cielo despejado recorría el medio kilómetro de longitud del hangar. Las puertas que daban al hangar contiguo estaban abiertas, así como las del siguiente y el otro. Estaban volando por un túnel de dos kilómetros de longitud, deslizándose sobre las instalaciones de atraque y reparaciones de uno de los armadores que habían abandonado Evanauth. Horza no tenía ni la más mínima idea de con qué iba a encontrarse al otro extremo, pero se dio cuenta de que antes de llegar allí tendrían que pasar por encima de una enorme nave espacial que ocupaba casi la totalidad del tercer hangar. Horza cambió el vector de los chorros de fusión hacia adelante, reduciendo la velocidad de la nave. Haces gemelos de fuego ardieron a cada lado de la pantalla principal en cuanto la energía de fusión salió disparada hacia el morro. El cuerpo de Wubslin resbaló sobre el suelo del puente y acabó quedando atrapado entre la consola y su asiento. Horza levantó la proa de la Turbulencia en cielo despejado en cuanto vio acercarse el morro romo y achatado de la nave espacial que ocupaba el hangar.