Выбрать главу

—Explicarlo todo requeriría bastante tiempo, pero intentaré resumirlo. En el Mundo de Schar hay algo de lo que tanto la Cultura como los idiranos quieren apoderarse. Tengo un…, un contrato, una comisión de los idiranos para ir allí y encontrar ese algo.

—Está paranoico —dijo la unidad con voz cargada de incredulidad. Despegó de la mesa y se volvió hacia los demás—. ¡Es un verdadero lunático!

—¿Los idiranos nos han…, te han contratado para que les consigas algo que desean?

La voz de Yalson no podía estar más llena de incredulidad. Horza la miró y sonrió.

—¿Pretendes hacernos creer que esta mujer fue enviada por la Cultura para unirse a nosotros, para infiltrarse en…? —preguntó Dorolow señalando a Balveda—. ¿Hablas en serio?

—Hablo totalmente en serio. Balveda estaba buscándome, y también buscaba a Horza Gobuchul. Quería llegar al Mundo de Schar o impedir que nosotros llegáramos allí. —Horza se volvió hacia Aviger—. Por cierto, dentro de su mochila había una bomba. Estalló unos segundos después de que la expulsara del tubo, y la detonación destruyó las naves de la policía. Todos hemos recibido una cierta dosis de radiación, pero no es nada letal.

—¿Y Horza? —preguntó Yalson mirándole con cara de pocos amigos—. ¿Era sólo un truco, o es cierto que le viste?

—Está vivo, Yalson, y no corre más peligro que nosotros.

Wubslin cruzó el umbral que llevaba al puente. Seguía poniendo cara de querer pedir disculpas por lo ocurrido. Saludó a Horza con un gesto de cabeza y se sentó.

—Todo va bien, Kraiklyn.

—Estupendo —dijo Horza—. Estaba explicándoles que vamos al Mundo de Schar.

—Oh —dijo Wubslin—. Sí, claro.

Se volvió hacia los demás y se encogió de hombros.

—Kraiklyn —dijo Yalson inclinándose hacia adelante y clavando los ojos en el rostro de Horza—, hace muy poco tiempo has estado a punto de conseguir matarnos a todos no sé cuántas veces. Es muy probable que mataras a bastantes personas durante esas…, esas acrobacias en interiores. Has conseguido que tengamos una agente secreta de la Cultura a bordo. Estás secuestrándonos o poco menos para llevarnos a un planeta en el que ni tan siquiera se nos permitirá poner el pie, situado en pleno centro de una zona de guerra, para buscar algo que ambos bandos desean lo suficiente como para… Bueno, si los idiranos han decidido contratar un grupo bastante diezmado de mercenarios de segunda clase deben estar realmente desesperados; y si es cierto que la Cultura se encontraba detrás de ese intento de retenernos en la bodega y si está dispuesta a correr el riesgo de violar la neutralidad de Los fines de la inventiva y quebrantar algunas de sus preciosas reglas de guerra…, sí, supongo que deben estar realmente cagados de miedo.

»Quizá creas saber muy bien lo que está ocurriendo y quizá creas que vale la pena correr el riesgo, pero yo no, y esta sensación de que me ocultas cosas no me hace ninguna gracia. Tu historial de los últimos tiempos ha sido francamente desastroso, seamos sinceros. Arriesga tu propia vida si quieres, pero no tienes ningún derecho a arriesgar las nuestras. Ya no… Puede que no todos queramos trabajar para los idiranos, pero aun suponiendo que los prefiriésemos a la Cultura, no nos unimos a esta Compañía Libre para empezar a luchar en pleno centro de la guerra. Mierda, Kraiklyn, no estamos ni…, ni equipados ni lo bastante bien entrenados para enfrentarnos a esa clase de tipos.

—Ya lo sé —dijo Horza—, pero no deberíamos encontramos con ninguna fuerza de combate. La Barrera del Silencio que rodea al Mundo de Schar tiene una extensión tan grande que es imposible mantener vigilado todo su perímetro. Nos acercaremos desde una dirección escogida al azar, y para cuando nos hayan localizado tengan la clase de nave que tengan no podrán hacer nada al respecto. Ni una Flota de Combate Principal podría impedirnos que llegáramos hasta allí… Cuando nos marchemos ocurrirá lo mismo.

—Lo que estás intentando decir es que entrar será fácil y salir será fácil, ¿no? —replicó Yalson reclinándose en su asiento.

—Puede que sí.

Horza se rió.

—Eh —dijo Wubslin de repente contemplando la pantalla de la terminal que acababa de sacarse del bolsillo—. ¡Ya casi es la hora!

Se puso en pie y desapareció por el umbral que llevaba al puente. Unos segundos después la imagen de la pantalla del comedor fue desplazándose lentamente hasta mostrar Vavatch. El gran Orbital flotaba en el espacio, oscuro y brillante, lleno de noche y día, azul, blanco y negro. Todos alzaron los ojos hacia la pantalla.

Wubslin volvió a entrar en el comedor y se sentó. Horza estaba muy cansado. Su cuerpo quería descanso en dosis abundantes. Su cerebro seguía zumbando a causa de la concentración y la cantidad de adrenalina que había necesitado segregar para pilotar la Turbulencia en cielo despejado a través de Los fines de la inventiva hasta salir al espacio, pero aún no podía permitirse el lujo de descansar. No estaba muy seguro de qué hacer. ¿Debía decirles quién era? ¿Debía contarles la verdad, explicarles que era un Cambiante y que había matado a Kraiklyn? ¿Hasta dónde llegaba la lealtad de cualquiera de ellos a un líder cuya muerte aún ignoraban? Yalson quizá fuese la más leal a Kraiklyn; pero seguramente le alegraría saber que Horza estaba vivo… Aun así, era quien había dicho que quizá no todos estaban de parte de los idiranos.., Antes nunca había dado ninguna muestra de que simpatizase con la Cultura, pero quizá había cambiado de opinión durante el tiempo que Horza estuvo fuera de la nave.

Incluso podía invertir el Cambio. Tenían por delante un viaje tan largo que dispondría del tiempo suficiente para alterar las fidelidades del ordenador de la Turbulencia en cielo despejado, y puede que Wubslin estuviera dispuesto a ayudarle. Pero, ¿debía decírselo…, debía revelarles la verdad? Y también estaba Balveda. ¿Qué iba a hacer con ella? Había pensado que quizá pudiera usarla para hacer un trato con la Cultura, pero todo apuntaba a que habían logrado escapar y la siguiente parada era el Mundo de Schar, donde Balveda sería un estorbo en el mejor de los casos. Tendría que matarla ahora mismo, pero sabía que eso quizá no le gustara demasiado a los demás, sobre todo a Yalson; y aunque no le gustara admitirlo también sabía que matar a la agente de la Cultura le resultaría bastante doloroso. Eran enemigos, ambos habían estado muy cerca de morir y ninguno de los dos había hecho nada —o muy poco—, para salvar a su contrincante, pero matarla a sangre fría…, sería muy difícil.

O quizá sólo quería fingir que le resultaría muy difícil. Quizá sería lo más sencillo del mundo, y la clase de incómoda camaradería que surgía de estar haciendo el mismo trabajo aunque en bandos distintos no fuera más que una mentira. Horza se volvió hacia Yalson y abrió la boca para ordenarle que volviera a disparar una ráfaga aturdidora contra la agente de la Cultura.

—Ahora —dijo Wubslin.

Y el Orbital Vavatch empezó a desintegrarse.

La imagen visible en la pantalla del comedor era una versión hiperespacial compensada, por lo que aun estando fuera del sistema de Vavatch podían ir viendo todo lo que ocurría en una secuencia muy aproximada al tiempo real. El Vehículo General de Sistemas invisible y anónimo todavía militarizado al máximo que se encontraba en algún lugar cercano al sistema planetario de Vavatch dio comienzo al bombardeo justo en el momento anunciado. Horza estaba casi seguro de que debía ser un VGS de la clase Océano, el mismo que había enviado el mensaje que todos habían observado hacía unos días en la pantalla del comedor cuando se aproximaban a Vavatch. La nave de combate debía de ser mucho más pequeña que Los fines de la inventiva, un VGS que ya había quedado anticuado para todo efecto práctico. Una clase Océano cabría en cualquiera de los hangares Generales de Los fines de la inventiva, pero a diferencia de su hermana mayor —que debía estar a una hora de distancia del Orbital—, no iba llena de gente. La clase Océano debía estar repleta de armamento y navíos de combate.