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—El ruido que oíste salir de su mochila justo antes de que la dejara sin sentido debía ser la señal de aviso —dijo Horza volviéndose hacia Yalson—. Ah, Balveda, por cierto, me he librado de tu equipo. Lo tiré por un vactubo. Tu bomba estalló.

Balveda pareció hundirse un poco más en su asiento. Horza supuso que debía haber estado albergando la esperanza de que siguiera a bordo. Como mínimo, debía suponer que la bomba aún no había sido activada y que eso haría que su muerte no fuera en vano o que alguien más muriese con ella.

—Oh, sí —dijo bajando los ojos hacia la mesa—. Claro, los vactubos.

—¿Qué ha sido de Kraiklyn? —preguntó Yalson.

—Está muerto —dijo Horza—. Le maté.

—Oh, bueno… —Yalson suspiró y sus dedos tabalearon suavemente sobre la superficie de la mesa—. Con que ésas tenemos… No sé si estáis locos o si estáis diciendo la verdad. Francamente, las dos posibilidades me parecen igual de horribles. —Sus ojos fueron de Balveda a Horza—. Por cierto, si eres Horza, volver a verte me resulta mucho menos agradable de lo que había imaginado —añadió enarcando las cejas.

—Lo siento —dijo Horza.

Yalson ladeó la cabeza apartando la mirada de él.

La unidad activó su campo, separándose unos centímetros de la mesa, y les miró.

—Sigo pensando que lo mejor que podemos hacer es volver a Los fines de la inventiva y dejarlo todo en manos de las autoridades competentes.

Horza se inclinó hacia adelante y golpeó uno de los paneles con los nudillos. La unidad se volvió hacia él.

—Máquina, vamos al Mundo de Schar —le dijo—. Si quieres volver al VGS, te aseguro que me encantará meterte dentro de un vactubo y permitir que intentes llegar hasta él por tus propios medios. Pero si te oigo decir una sola vez más todo eso de volver y del juicio imparcial te volaré ese jodido cerebro sintético, ¿me has comprendido?

—¿Cómo se atreve a hablarme así? —gritó la unidad—. Le hago saber que soy un Artefacto Libre Acreditado y que he sido sometido a examen por la Administración de Pautas Morales Unidas del Gran Vavatch, obteniendo la consideración de plenamente consciente según la Ley de Libres Albedríos, lo cual me convierte en ciudadano de pleno derecho de la Heterocracia de Vavatch. Además, me falta muy poco para pagar mi Deuda de Generación. Cuando haya acabado de pagarla seré libre de hacer lo que me dé la gana, y ya he sido aceptado como alumno en un curso para obtener la licenciatura de parateología aplicada en la Universidad de…

—¿Quieres cerrar tu maldito… altavoz y escucharme? —gritó Horza interrumpiendo el monólogo de la unidad, quien estaba aprovechando al máximo el hecho de que no le era preciso tragar aire para hablar—. No estamos en Vavatch, y no me importa lo condenadamente listo que seas o cuántas calificaciones distintas poseas. Está a bordo de esta nave y harás lo que yo diga. ¿Quieres marcharte? Pues vete ahora mismo y vuelve flotando a los jodidos restos de ese precioso Orbital tuyo. Si te quedas obedecerás mis órdenes. Si no lo haces acabarás convertido en un montón de chatarra.

—Entonces, ¿son ésas mis opciones?

—Sí. Utiliza un poco de tu libre albedrío acreditado y decídete ahora mismo.

—Yo… —El campo de la unidad la alzó un poco más sobre la mesa y volvió a hacerla descender lentamente—, Hmmm —dijo—. Muy bien. Me quedo.

—Y obedecerás todas las órdenes.

—Y obedeceré todas las órdenes…

—Estupendo, y…

—…siempre que sean razonables.

—Máquina… —dijo Horza alargando la mano hacia la pistola de plasma.

—¡Oh, vamos, hombre! —exclamó la unidad—. ¿Qué quiere? ¿Un robot? —Su voz estaba impregnada de desprecio—. No dispongo de un botón para desconectar mis funciones de raciocinio; no puedo tomar la decisión de no tener libre albedrío, ¿comprende? Oh, claro, no me costaría nada jurar que obedeceré todas las órdenes sin importarme sus consecuencias. Si me lo pide hasta podría jurar que sacrificaré mi vida por usted, pero en tal caso estaría mintiendo para poder seguir con vida. Juro que seré tan obediente y fiel como cualquiera de sus tripulantes humanos…, de hecho, seré el más obediente y fiel que cualquiera de ellos. Venga, hombre, por el raciocinio sagrado, ¿qué más puede pedirme?

«Bastardo escurridizo», pensó Horza.

—Bueno, supongo que tendré que conformarme con eso —dijo—. Y ahora, ¿puedo…?

—Pero estoy obligado a comunicarle que dados los términos de mi Acuerdo Retrospectivo de Construcción, mi Contrato de Empleo y mi Acuerdo de Préstamo Compensatorio de la Deuda Contraída, el que se me haya llevado por la fuerza obligándome a abandonar mi puesto de trabajo le hace responsable del pago de dicha deuda hasta mi regreso, y que también corre el riesgo de enfrentarse a acusaciones civiles y criminales que…

—Joder, unidad —le interrumpió Yalson—. ¿Estás segura de que no quieres estudiar derecho?

—Acepto todas esas responsabilidades, máquina —dijo Horza—. Y ahora, cierra…

—Bueno, espero que tenga una buena póliza de seguros —murmuró la unidad.

—¡Cállate de una vez!

—¿Horza? —dijo Balveda.

—¿Sí, Perosteck?

Se volvió hacia ella sintiendo algo casi parecido al alivio. Los ojos de Balveda brillaban. La agente de la Cultura volvió a lamerse el labio superior, inclinó la cabeza y contempló la superficie de la mesa.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

—Bueno, una de las posibilidades que se me han pasado por la cabeza es meterte en un vactubo y echarte al espacio… —dijo hablando muy despacio. Vio cómo su cuerpo se tensaba. Yalson también se puso tensa. Giró sobre sí misma hasta quedar de cara a él, apretando los puños y abriendo la boca. Horza siguió hablando—. Pero puede que aún sirvas de algo y… Oh, llamémoslo sentimentalismo. —Sonrió—. Naturalmente, tendrás que portarte bien.

Balveda alzó los ojos hacia él. Horza vio que estaban empezando a llenarse de esperanza, pero también captó el temor de quien no se atreve a hacerse demasiadas ilusiones.

—Espero que hables en serio —dijo en voz baja.

Horza asintió.

—Hablo en serio. Además, hasta que no haya descubierto cómo lograste huir de La mano de Dios 137… Bueno, librarme de ti quizá fuera obrar de forma excesivamente precipitada, ¿verdad?

Balveda se relajó y tragó una honda bocanada de aire. Su siguiente carcajada fue muy suave. Yalson estaba contemplando a Horza con cara de pocos amigos, y sus dedos seguían repiqueteando lentamente sobre la mesa.

—Yalson —dijo Horza—, quiero que tú y Dorolow llevéis a Balveda a un camarote y… Quiero que la desnudéis. Quitadle el traje y todo lo demás. —Era consciente de que todos estaban mirándole. Balveda había enarcado las cejas fingiendo sorpresa—. Después quiero que cojáis el equipo de cirugía, y en cuanto esté desnuda quiero que le hagáis todas las pruebas y exámenes imaginables para aseguraros de que no posee bolsas de piel, implantes o prótesis. Utilizad los ultrasonidos, el equipo de rayos X, el aparato de resonancia magnética y todo lo que tengamos a bordo. En cuanto hayáis terminado buscadle algo de ropa. Meted su traje en un vactubo y echadlo al espacio. Haced lo mismo con las joyas o con cualquier otra clase de objetos personales sea cual sea su clase o su tamaño, y por muy inocentes e inofensivos que puedan pareceres.