—Oye, esa vieja unidad que te sigue a todas partes… ¿Por qué lo hace?
Fal le miró de soslayo. Jase estaba debajo de la cubierta. Había ido a traerle algo de beber. Subió al yate con ella y siempre se había mantenido a escasa distancia de Fal, protegiéndola sin estorbarla, como tenía costumbre de hacer. Fal volvió a encogerse de hombros. Una bandada de pájaros emprendió el vuelo alejándose de la isla. Fal observó como giraban en el aire y oyó los gritos con que se comunicaban.
—Cuida de mí —dijo.
Bajó los ojos hacia sus manos y observó el reflejo del sol en sus uñas.
—¿Necesitas que cuiden de ti?
—No.
—Entonces, ¿por qué te cuida?
—No lo sé.
—Eres muy misteriosa, ¿sabes? —dijo él. Fal no le miraba, pero creyó detectar una sonrisa en su voz. Se encogió de hombros en silencio—. Eres como esa isla —añadió el joven—. Eres tan extraña y misteriosa como ella.
Fal soltó un bufido e intentó fulminarle con la mirada. Un instante después vio aparecer la silueta de Jase en el hueco de una puerta trayendo un vaso consigo. Se levantó a toda prisa seguida por el chico, atravesó la cubierta y fue al encuentro de la vieja unidad. Aceptó el vaso que le ofrecía y le sonrió, agradecida. Acercó su rostro al vaso y tomó un sorbo de líquido, contemplando al chico a través del cristal.
—Bueno, jovencito, hola —dijo Jase—. ¿No piensas ir a ver la isla?
El tono jovial de la unidad y el que hubiera repetido casi exactamente las palabras que le había dicho el joven hicieron que Fal sintiera deseos de darle una patada.
—Puede que acabe yendo a verla —dijo el joven, y miró a Fal.
—Deberías ir —dijo Jase, y empezó a flotar hacia la popa. La vieja unidad extendió un campo de forma curva que parecía una sombra sin nada que la proyectara. El campo se alejó de su armazón y envolvió los hombros del joven—. Por cierto, no he podido evitar oír lo que estabais diciendo antes… —añadió, ejerciendo una casi imperceptible presión sobre los hombros del joven y guiándole hacia la popa. La cabeza dorada del muchacho se volvió para contemplar a Fal por encima del hombro. Fal seguía sorbiendo muy despacio su bebida y estaba empezando a seguir a Jase y al joven, quienes le llevaban unos cuantos pasos de ventaja. El joven apartó la vista y contempló a la unidad que flotaba junto a él—. Estabas hablando de que no te habían admitido en Contacto…
—Así es. —El brusco cambio de tono producido en la voz del joven indicó que se había puesto a la defensiva—. Estaba hablando de eso. ¿Y qué?
Fal siguió caminando detrás de la unidad y del joven. Hizo chasquear los labios. El hielo que había dentro del vaso tintineaba suavemente.
—Parecías algo amargado —dijo Jase.
—No estoy amargado —se apresuró a decir el joven—. Sencillamente, creo que no es justo, nada más.
—¿El que no te escogieran? —le preguntó Jase.
Estaban aproximándose a los asientos almohadillados esparcidos alrededor de la popa, allí donde Fal había estado sentada hacía sólo unos minutos.
—Bueno, sí. Es lo que que siempre he deseado, y creo que cometieron un error. Sé que sería un buen agente. Creía que con la guerra y todo lo que está ocurriendo necesitaban más personal.
—Eh… Sí, cierto. Pero Contacto recibe muchas más solicitudes de las que puede aceptar.
—Pero yo pensaba que una de las cosas que tomaban en consideración era hasta qué punto deseabas trabajar para ellos, y estoy seguro de que nadie puede desearlo más que yo. Siempre he querido trabajar para Contacto. Desde que tengo memoria…
No llegó a completar la frase. Ya habían llegado a los asientos. Fal se sentó en uno de ellos y el joven la imitó. Fal estaba mirándole, pero no le escuchaba. Estaba pensando.
—Quizá creen que aún no has madurado lo suficiente.
—¡Soy lo bastante maduro!
—Hmmm. Rara vez aceptan solicitudes de gente tan joven como tú, ¿sabes? Creo que cuando aceptan a personas de tu edad es porque buscan una clase de inmadurez muy especial.
—Bueno, eso es una estupidez. Lo que intento decir es… ¿Cómo sabes qué has de hacer si no te explican lo que quieren de ti? ¿Cómo puedes prepararte? Creo que es realmente muy injusto.
—En cierta forma, creo que es injusto porque ellos quieren que lo sea —replicó Jase—. Reciben tantas solicitudes que no pueden aceptarlas todas, y el hecho de que haya tantas ni tan siquiera les permite usar el recurso de escoger a los mejores, ¿comprendes? Lo que hacen es elegir al azar. Después de todo, siempre puedes presentar otra solicitud.
—No sé si lo haré —dijo el joven. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas y puso la cabeza sobre las manos, clavando los ojos en la pulida superficie de madera de la cubierta—. A veces creo que te dicen que puedes presentar otra solicitud sólo para que no te tomes tan a mal el que te hayan rechazado. Creo que quizá sí aceptan a los mejores. Pero también creo que han cometido un error. Claro que como se niegan a decirte lo que has hecho mal… ¿Qué puedo hacer al respecto?
Fal también estaba pensando en el fracaso.
Jase la había felicitado por su idea sobre cómo encontrar al Cambiante. Se habían enterado de lo ocurrido en Vavatch aquella misma mañana, cuando estaban bajando del albergue en el viejo funicular de vapor. El Cambiante llamado Bora Horza Gobuchul había surgido de la nada, había escapado en la nave pirata y se había llevado consigo a su agente Perosteck Balveda. Su corazonada había dado justo en el blanco, y Jase la cubrió de elogios y se mostró muy efusivo, recalcando varias veces que el hecho de que el Cambiante hubiera escapado no era culpa suya. Pero Fal seguía sintiéndose deprimida. A veces el estar en lo cierto, tener la idea correcta y emitir una predicción que el tiempo demostraba era correcta le producía ese efecto.
Todo le había parecido tan obvio… Que Perosteck Balveda apareciera de repente (en el VGS Energía nerviosa, algo maltrecho a causa del combate pero aun así victorioso, que llevaba a remolque la mayor parte de un crucero idirano capturado), no había sido un presagio sobrenatural ni ninguna otra tontería de ese estilo, pero el que Balveda debiera ser la que iría en busca del Cambiante desaparecido le había parecido tan…, tan natural. A esas alturas ya tenían más información sobre lo ocurrido en aquel volumen de espacio cuando se produjo ese combate en particular; y los movimientos posibles y probables de varias naves habían acabado señalando (Fal pensaba que también de una forma muy obvia) a la Turbulencia en cielo despejado, un navío mercenario. Había otras posibilidades y también fueron exploradas dentro de la medida en que lo permitían los recursos de la sección de Circunstancias Especiales y la sobrecarga de trabajo a la que debían enfrentarse, pero Fal siempre tuvo la seguridad de que si alguna de las posibilidades que se bifurcaban a partir de los datos conocidos podía dar fruto era la relacionada con Vavatch. El capitán de la Turbulencia en cielo despejado se llamaba Kraiklyn y jugaba al Daño. Vavatch era el escenario más obvio para una partida de Daño a gran escala de los últimos lustros. Por lo tanto, Vavatch era el sitio más indicado para interceptar la nave, dejando aparte el Mundo de Schar en el caso de que el Cambiante ya hubiera conseguido hacerse con el control de ésta. Fal arriesgó su reputación y se jugó el cuello insistiendo en que Vavatch era el sitio a vigilar, y en que la agente Balveda debía ser una de las personas que fueran allí, y ahora los acontecimientos le habían dado la razón y comprendía que, en realidad, el riesgo corrido por su reputación y su cuello eran más bien insignificantes comparados con el que estaba corriendo la agente Balveda.
Pero ¿qué otra cosa podía hacerse? El ritmo de la guerra se estaba acelerando y el escenario de las hostilidades abarcaba un volumen de espacio cada vez más inmenso. Había muchas otras misiones urgentes para el escaso número de agentes con que contaba Circunstancias Especiales y, de todas formas, Balveda era la única agente realmente buena con la que podían ponerse en contacto a tiempo. También disponían de un joven que fue enviado a Vavatch con ella, pero sólo era una promesa y aún carecía de experiencia. Fal siempre había sabido que si la sitúación llegaba a ponerse realmente crítica y si el único medio de llegar hasta el Cambiante —y, mediante él, a la Mente—, era infiltrarse en el grupo de mercenarios, Balveda arriesgaría su vida y no la del otro agente. Su acto había sido muy valeroso, pero Fal tenía la sospecha de que también había sido un error. El Cambiante conocía a Balveda y había bastantes posibilidades de que la identificara, por muchas alteraciones que ella hubiese hecho en su apariencia (y no habían dispuesto del tiempo suficiente para que Balveda se sometiera a un cambio físico radical). Si el Cambiante se daba cuenta de quién era (y Fal sospechaba que se había dado cuenta), Balveda tenía muchas menos posibilidades de completar su misión que aquel agente novato, más nervioso y torpe pero mucho más difícil de identificar. «Perdóname, señora —pensó Fal—. Si me hubiera sido posible habría intentando portarme mejor contigo…»