Eso es lo que se puede ver desde una nave que recorre el hiperespacio mientras vuela como un insecto microscópico, libre para moverse a su antojo entre la rejilla de energía y el espacio real.
Las lucecitas brillantes que hay en la superficie inferior de la nube son estrellas; las olas del mar son las irregularidades de la Rejilla que es utilizada como plano de tracción por los motores de campo de una nave que viaja a través del hiperespacio, y ese centelleo es su fuente de energía. La Rejilla y la llanura del espacio real se curvan creando contornos bastante similares a los de las olas que se agitan en el océano; y la nube hace pensar en la redondez de un planeta, pero su curvatura no es tan pronunciada. Los agujeros negros son como los chorros de agua de una fuente monumental, que serpentean yendo desde las nubes hasta el mar; las supernovas son relámpagos que se deslizan sobre la capa de nubes, iluminando todos sus recovecos. Las rocas, lunas, planetas, Orbitales e incluso objetos tan grandes como los Anillos y Esferas apenas si son visibles.
Las dos Unidades Rápidas Ofensivas de la clase Asesino Excedente comercial y Revisionista surcaban el hiperespacio a toda velocidad, dos fuselajes metálicos que centelleaban bajo la telaraña del espacio real como dos esbeltos peces relucientes moviéndose en un profundo lago de aguas muy tranquilas. Dejaban atrás sistemas y estrellas, manteniéndose lo bastante debajo de los espacios vacíos para que hubiese muy pocas probabilidades de que fueran detectadas por el enemigo.
Los motores de cada nave eran un foco de energía casi inimaginable, y sus doscientos metros de longitud contenían una potencia casi igual al uno por ciento de la energía producida por un sol de pequeñas dimensiones Los motores hacían que las naves avanzaran por el espacio tetradimensional a una velocidad cuyo equivalente en el espacio real habría sido levemente inferior a los diez años luz por hora. En aquella época se consideraba que era una velocidad notablemente alta.
Las naves captaron la presencia del Acantilado Resplandeciente y el Golfo Sombrío que se extendían ante ellas. Alteraron el rumbo en un ángulo que las llevaría hacia el interior de la zona de guerra, y enfilaron sus proas hacia el sistema donde se encontraba el Mundo de Schar.
El grupo de agujeros negros que había creado el Golfo eran visibles en la lejanía. Esos surtidores de energía habían pasado por aquella zona hacía ya varios milenios, dejando tras ellos un espacio lleno de estrellas consumidas, trazando una larguísima espiral que les llevaría hacia el centro de la isla de estrellas y nebulosas en lenta rotación que era la galaxia. Su desplazamiento había ido creando un brazo galáctico artificial.
El grupo de agujeros negros era conocido como el Bosque, tan cercanos estaban los unos a los otros, y en caso de que fueran detectadas y perseguidas las dos naves de la Cultura, habían recibido instrucciones de alterar el curso hacia ellos en un intento de abrirse paso a través de aquellos mortíferos troncos retorcidos. La Cultura sabía manejar los campos distorsionantes bastante mejor que los idiranos, por lo que se consideraba que tenían más posibilidades de atravesar el Bosque, y cualquier nave que las persiguiera podía preferir dejarlas escapar antes que meterse en el Bosque. Era un riesgo terrible, pero las dos URO eran valiosísimas. La Cultura aún no había construido muchas naves de ese tipo, y se había hecho todo lo posible para asegurar que regresarían a su base sin sufrir daños o, en el peor de los casos, que se autodestruirían sin dejar ni la más mínima huella de su existencia.
No se encontraron con naves hostiles. Cruzaron el lado interno de la Barrera del Silencio en pocos segundos, expulsaron la carga que habían llevado hasta allí, volvieron a cambiar el rumbo y se alejaron a velocidad máxima por entre las estrellas, dejando atrás el Acantilado Resplandeciente para adentrarse en los cielos vacíos del Golfo Sombrío.
Detectaron la presencia de naves hostiles situadas en las proximidades del sistema que contenía el Mundo de Schar. Las naves se dispusieron a perseguirlas, pero habían sido detectadas demasiado tarde y no tardaron en dejar muy atrás los haces de los sistemas de guía de los láseres que intentaban localizarlas. Pusieron rumbo hacia el otro extremo del Golfo. Habían logrado llevar a cabo su extraña misión. Las Mentes que llevaban a bordo y la pequeña dotación de humanos de cada nave (quienes estaban allí más porque lo deseaban que por lo útiles que podían llegar a ser) no tenían ni idea de por qué estaban atacando el vacío con cabezas de guerra, disparando sus SAERC contra los blancos expulsados por la otra nave, emitiendo nubes de AMC y gases y enviando pequeñas naves sin tripulación con sistemas de señales y emisoras que apenas si llegaban a la categoría de lanzaderas no tripuladas provistas de equipo transmisor. El efecto de la operación que se les había encomendado se reduciría a unos cuantos destellos y explosiones considerablemente espectaculares y a la creación de unas cuantas ondas radioactivas y señales de banda ancha. Los idiranos no necesitarían mucho tiempo para limpiar la zona de escombros, y destruirían o capturarían a las naves no tripuladas.
Se les había pedido que pusieran en peligro sus vidas llevando a cabo una misión que parecía fruto de un cerebro dominado por el pánico y daba la impresión de haber sido concebida para convencer a quien pudiera visitar la zona de que ésta había sido el escenario de una inexistente batalla espacial, ¡Y lo habían conseguido!
¿Qué le estaba pasando a la Cultura? Los idiranos parecían adorar las misiones suicidas. En cuanto les conocías un poco empezabas a pensar que encomendarles alguna misión que no perteneciese a esa categoría era una especie de insulto. Pero… ¿La Cultura? ¿Una sociedad donde hasta las fuerzas que libraban la guerra consideraban que «disciplina» era una palabra tabú, donde las personas siempre querían saber el porqué de esto y el porqué de aquello otro?
Las cosas debían de estar poniéndose bastante feas.
Las dos naves siguieron avanzando por el Golfo, comunicándose e intercambiando argumentos y teorías. Los miembros de cada tripulación mantenían animadas discusiones entre sí.
La Turbulencia en cielo despejado necesitó veintiún días para hacer el trayecto entre Vavatch y el Mundo de Schar.
Wubslin aprovechó ese tiempo para llevar a cabo todas las reparaciones que estaba en su mano hacer, pero lo que la nave necesitaba era otra revisión concienzuda en un astillero bien equipado. La estructura no había sufrido daños y se podía confiar en que aguantaría, pero los sistemas habían sufrido una degradación general que, por suerte, no había culminado en ninguna avería catastrófica. Las unidades de campo no funcionaban tan bien como antes, los motores de fusión no aguantarían un uso prolongado dentro de una atmósfera —les llevarían hasta la superficie del Mundo de Schar y les harían despegar, pero no podrían proporcionarles mucho tiempo de vuelo—, y el número y eficiencia de los sensores de la nave había quedado reducido a un nivel que casi rozaba el mínimo operacional.
Horza pensaba que habían tenido muchísima suerte.
Tener la Turbulencia en cielo despejado bajo su control le permitió desconectar los circuitos de identidad del ordenador. Además, no tenía que consumir sus fuerzas engañando a la Compañía Libre, por lo que a medida que pasaban los días fue Cambiando lentamente para irse pareciendo un poquito más a su antiguo yo. El Cambio tenía como objetivo hacer que Yalson y los otros miembros de la Compañía se sintieran un poco más a gusto con su presencia. Su apariencia acabó llegando a un compromiso hecho con dos tercios de Kraiklyn y el yo que había viajado a bordo de la Turbulencia en cielo despejado antes de que atracaran en Vavatch. Había otro tercio que fue dejando crecer dentro de él y que no permitió ver a ninguna de las personas que viajaban con él, un tercio destinado a una Cambiante pelirroja llamada Kierachell. Horza tenía la esperanza de que Kierachell sabría reconocer esa parte de su aspecto cuando volvieran a encontrarse en el Mundo de Schar.