—¿Por qué creías que nos enfadaríamos? —le preguntó Yalson un día en el hangar de la Turbulencia en cielo despejado.
Habían colocado una pantalla de blanco al otro extremo y estaban practicando con los láseres. El proyector incorporado a la pantalla les mostraba imágenes contra las que disparar. Horza se volvió hacia la mujer.
—Era vuestro líder.
Yalson se rió.
—Era una mezcla de gerente y encargado de personal. ¿Crees que hay muchos jefes que les caigan bien a sus subordinados? Esto es un negocio, Horza, y ni tan siquiera es un negocio boyante… Kraiklyn se las arregló para conseguir que la mayoría del personal acabara jubilado prematuramente. ¡Mierda! La única persona a la que necesitabas engañar era la nave.
—Sí, también lo hice por eso —dijo Horza, apuntando hacia una silueta humana que corría por la pantalla. El punto del láser era invisible, pero la pantalla captó su presencia y mostró un resplandor blanco allí donde se había posado. La silueta humana tropezó, pero no llegó a caer. Horza le había dado en la pierna. Medio punto—. Tenía que engañar a la nave, pero no quería correr el riesgo de que hubiera alguien leal a Kraiklyn.
Era el turno de Yalson, pero no estaba mirando a la pantalla sino a Horza.
Las fidelidades de la nave habían sido burladas mediante un desvío en los sistemas, y lo único que se necesitaba para darle órdenes era un código numérico —ignorado por todos salvo por Horza—, y el anillo que había pertenecido a Kraiklyn. Horza les había prometido que si cuando llegaran al Mundo de Schar descubrían que no había ninguna otra forma de abandonar el planeta, ajustaría el ordenador de la Turbulencia en cielo despejado para que se liberara a sí mismo de todas las limitaciones de fidelidad pasado un tiempo prudencial, con lo que si no lograba salir de los túneles del Sistema de Mando la Compañía Libre no se vería atrapada en el planeta.
—Nos lo habrías dicho, ¿verdad, Horza? —le preguntó Yalson—. Habrías acabado diciéndonoslo.
Lo que en realidad quería preguntarle era si se lo habría dicho a ella, y Horza lo sabía. Bajó el arma y la miró a los ojos.
—Sí —respondió—. En cuanto hubiera estado seguro de la gente y de la nave.
Era la respuesta más sincera que podía darle, pero no estaba seguro de que fuera a gustarle mucho. Necesitaba a Yalson, no sólo por el calor de su cuerpo en la noche roja de la nave, sino por la confianza y para sentir que alguien se preocupaba por lo que pudiera pasarle. Pero Yalson seguía mostrándose distante.
Balveda estaba viva. Si Horza no hubiera querido que Yalson volviera a ser la de antes, quizá no seguiría con vida. Horza lo sabía, y el pensamiento era duro de soportar. Le hacía sentirse cruel y rastrero. Incluso saberlo con seguridad habría sido mejor que seguir sumido en la incertidumbre. No estaba seguro de si la fría lógica de este juego ordenaba la muerte de la mujer de la Cultura o el que siguiera con vida, y ni tan siquiera estaba seguro de si habría sido capaz de matarla a sangre fría en el caso de que la primera opción resultara cómoda y claramente obvia. Había pensado en ello muchas veces y seguía sin estar seguro. Su única esperanza era que ninguna de las dos mujeres hubiera adivinado lo que pasaba por su mente.
Kierachell era otro motivo de preocupación. Sabía perfectamente lo absurdo que resultaba preocuparse por sus asuntos personales en aquellos momentos, pero no lograba dejar de pensar en la Cambiante. Cuanto más se acercaban al Mundo de Schar más se acordaba de ella y más reales iban volviéndose sus recuerdos. Intentó no poner demasiadas esperanzas en ella y trató de recordar lo aburrida que había sido la existencia en la avanzadilla solitaria de los Cambiantes, y lo inquieto y a disgusto que se había sentido allí incluso gozando de la compañía de Kierachell, pero soñaba con su sonrisa y recordaba toda la gracia fluida de su voz con el mismo anhelo atormentado que caracteriza el primer amor de un adolescente. De vez en cuando pensaba que Yalson quizá captara aquellas emociones, y una parte de su ser parecía acurrucarse avergonzada dentro de él.
Yalson se encogió, se llevó el arma al hombro y disparó contra la sombra de cuatro patas que se movía en la pantalla de práctica. La sombra se detuvo en seco y se desplomó, pareciendo disolverse sobre el suelo borroso que ocupaba la parte inferior de la pantalla.
Horza dio charlas.
Le hacía sentirse como un académico invitado a pronunciar conferencias en alguna universidad, pero aun así lo hizo. Tenía la sensación de que debía explicarles por qué estaba haciendo lo que hacía, por qué los Cambiantes apoyaban a los idiranos y por qué creía en aquellas cosas por las que estaban luchando. Horza les dio el nombre de «sesiones de preparación» y su tema aparente era el Mundo de Schar y el Sistema de Mando, su historia, su geografía y ese tipo de cosas, pero siempre (y de forma totalmente intencionada) se las arreglaba para acabar hablando de la guerra en general, o sobre aspectos de ésta que no guardaban ninguna relación con el planeta al que se estaban aproximando.
Las sesiones le proporcionaban una buena excusa para mantener encerrada a Balveda dentro de su camarote mientras él iba y venía por el comedor con los miembros de la Compañía Libre como público. No quería que esas charlas se convirtieran en una discusión.
Perosteck Balveda no les había dado problemas. Su traje, algunas joyas de aspecto inofensivo y sus demás objetos personales fueron expulsados al espacio mediante un vactubo. Fue examinada con todo el equipo disponible en la algo limitada enfermería de la Turbulencia en cielo despejado. Los exámenes indicaron que estaba limpia, y Balveda parecía más que dispuesta a comportarse como una prisionera modelo, confinada dentro de la nave como lo estaban todos y, dejando aparte las noches, con sólo alguna que otra estancia breve encerrada dentro de su camarote. Horza no la dejaba aproximarse al puente, por si acaso; pero Balveda no dio señales de que quisiera familiarizarse con la nave tal y como había hecho Horza cuando entró a formar parte de la Compañía, y ni tan siquiera intentó hablar con los mercenarios para que simpatizaran un poco más con su forma de ver la guerra y la Cultura.
Horza se preguntaba hasta qué punto se sentía segura. Balveda se comportaba de forma amable y jovial, y no daba la impresión de sentirse preocupada; pero había momentos en que la miraba y creía captar un fugaz destello de una tensión interior que casi rozaba la desesperación. En cierto aspecto aquello le aliviaba, pero en otro le hacía sentir esa misma impresión de estar siendo desagradablemente cruel que había experimentado cuando pensaba en las razones por las que la agente de la Cultura seguía con vida. A veces tenía miedo de llegar al Mundo de Schar, pero a medida que el viaje se iba prolongando acabó anhelando entrar en acción y que los acontecimientos le permitieran dejar de pensar.
Un día hizo venir a Balveda a su camarote después de que todos hubieran cenado en el comedor. La mujer entró en el habitáculo y se sentó en el mismo sitio que el Cambiante había ocupado cuando Kraiklyn le hizo acudir a su camarote poco después de haberse unido a la tripulación.
Balveda parecía muy tranquila. Se sentó elegantemente en aquel pequeño asiento con su esbelto cuerpo relajado y, al mismo tiempo, listo para cualquier eventualidad. Sus ojos oscuros contemplaron a Horza desde la delgada cabeza de rasgos finamente moldeados. Las luces del camarote hacían brillar su cabello rojizo, que estaba empezando a volverse negro.