El sol del sistema del Mundo de Schar ardía ante ellos convertido en el objeto más brillante de todo el cielo. Seguían estando dentro del miembro de la espiral y se dirigían hacia el exterior de ésta, por lo que el Acantilado Resplandeciente aún no era un rasgo visible de la extensión de cielo que tenían delante, pero lo que sí podía verse era que todas las estrellas que había esparcidas ante ellos se encontraban o muy cerca o a muchísima distancia. En el tramo de espacio que se extendía ante la proa de la nave no había ninguna.
Horza había alterado varias veces el curso de la Turbulencia en cielo despejado, pero seguía manteniéndola en una dirección general que, salvo si viraban, acabaría dejándoles a unos dos años luz del planeta. Al día siguiente haría virar la nave y la dirigiría hacia el Mundo de Schar. De momento el viaje había carecido de todo acontecimiento digno de mención. Habían volado a través de las estrellas sin encontrarse con nada que se saliera de lo corriente. No hubo mensajes o señales, y tampoco habían captado estelas dejadas por el paso de alguna nave o la luminosidad emitida por alguna batalla distante. El espacio que les rodeaba parecía tranquilo y desierto, como si cuanto ocurría en él fuera lo que siempre había ocurrido, desde el nacimiento y la muerte de las estrellas hasta el lento giro de la galaxia, pasando por las contorsiones de los agujeros y el remolinear de las nubes de gases. Aquel silencio cargado de velocidades distintas y el falso ritmo del día y de la noche hacían que la guerra pareciese algo imaginado por sus mentes, una pesadilla inexplicable que seguían compartiendo aunque hubiesen logrado escapar de ella.
Aun así, Horza mantenía en continuo estado de alerta a todos los sensores de la nave y estaba dispuesto a dar la alarma general a la primera señal de problemas. Las probabilidades de encontrar algo antes de que llegaran a la Barrera del Silencio eran casi inexistentes, pero aun suponiendo que aquel lugar estuviera tan pacífico y vacío como implicaba su nombre, Horza creía que seguir adelante en línea recta quizá no fuese buena idea. Lo ideal sería localizar a las unidades de la flota idirana que se suponía estaban aguardando en las proximidades. Eso resolvería la mayor parte de sus problemas. Les entregaría a Balveda, se aseguraría de que Yalson y los demás mercenarios no corrieran peligro —dejando que se quedaran con la Turbulencia en cielo despejado—, y recogería el equipo especializado que Xoralundra le había prometido.
Ese escenario también le permitiría encontrarse con Kierachell a solas y sin la distracción que supondría la presencia de los otros. Podría volver a ser el Horza que había conocido Kierachell sin necesidad de hacer ninguna concesión al yo con el que estaban familiarizados Yalson y la Compañía Libre.
Las alarmas de la nave empezaron a sonar cuando aún les quedaban dos días de trayecto. Horza estaba dormitando en su cama. Salió corriendo del camarote y fue al puente.
El volumen de espacio que tenían delante daba la impresión de haber servido como laboratorio de pruebas a todos los tipos de armamento concebibles. La luz de la aniquilación empezó a caer sobre ellos. Era la radiación creada por las detonaciones de las armas, y los sensores de la nave la registraban tanto en estado puro como mezclada, indicando los puntos donde las cabezas de guerra habían estallado por sí solas o al entrar en contacto con algún otro objeto. La matriz del espacio tridimensional temblaba y vibraba a causa de las cargas distorsionadoras, y los sistemas automáticos de la Turbulencia en cielo despejado se vieron obligados a desconectar sus motores cada dos o tres segundos para evitar que fuesen dañados por las ondas distorsionadoras. Horza se puso el arnés de sujeción y activó todos los sistemas subsidiarios. Wubslin cruzó el umbral que daba al comedor.
—¿Qué ocurre?
—Parece una especie de batalla —dijo Horza sin apartar los ojos de las pantallas.
El volumen de espacio afectado se encontraba más o menos directamente en el lado interno de la Barrera del Silencio que rodeaba el Mundo de Schar. La ruta directa de Vavatch pasaba por allí. La Turbulencia en cielo despejado se encontraba a un año luz y medio de las perturbaciones, demasiado lejos de ellas para ser detectada por nada que no fuese el delgado haz de un monitor de seguimiento y, por lo tanto, apenas corría peligro; pero Horza observó las oleadas de radiación y sintió como la Turbulencia en cielo despejado se enfrentaba a las ondulaciones de aquel espacio tan bruscamente alterado con una sensación de náusea que casi se aproximaba a la derrota.
—Caparazón de mensaje —dijo Wubslin señalando una pantalla con la cabeza.
Una señal fue apareciendo poco a poco en la pantalla, distinguiéndose del ruido de la radiación. Las palabras se fueron formando a razón de varias letras cada vez, como un campo de plantas que crecen y acaban floreciendo. La señal se repitió unas cuantas veces —y estaba siendo obstruida de forma activa, no sencillamente interferida por el ruido de fondo de la batalla—, quedó completa y se hizo legible.
NAVE TURBULENCIA EN CIELO DESPEJADO. REÚNASE CON LAS UNIDADES DE LA FLOTA NOVENTA Y TRES. DESTINO/S.591134.45 MID. TODAS LAS UNIDADES INTACTAS.
—Maldición —jadeó Horza.
—¿Qué significa eso? —preguntó Wubslin. Introdujo los números de la pantalla en el ordenador de navegación de la Turbulencia en cielo despejado—. Oh —dijo el ingeniero reclinándose en su asiento—, es una de las estrellas cercanas. Supongo que querían fijar el punto de cita a medio camino entre esa estrella y…
Se volvió hacia la pantalla principal.
—Sí —dijo Horza, y contempló el mensaje de la pantalla con cara de preocupación.
Tenía que ser falso. No había nada que demostrara su origen idirano. Ningún número de mensaje, código de clase, nave de origen, firma…, nada que tuviera la más mínima apariencia de autenticidad.
—¿Esa señal ha sido enviada por los tipos de las tres patas? —preguntó Wubslin. Introdujo un diagrama holográfico en otra pantalla. El diagrama mostraba estrellas rodeadas por una parrilla esférica de finos trazos verdes—. Eh, estamos bastante cerca de allí.
—Sí, ¿verdad? —replicó Horza.
Seguía observando los resplandores y oleadas de luz creados por la batalla. Introdujo unas cuantas cifras en los sistemas de control de la Turbulencia en cielo despejado. El morro de la nave giró hasta quedar enfilado hacia el sistema del Mundo de Schar. Wubslin miró a Horza.
—¿Crees que no es de ellos?
—No estoy seguro —dijo Horza. La radiación estaba empezando a disiparse. El enfrentamiento parecía haber llegado a su fin, o uno de los dos bandos estaba huyendo—. Creo que si vamos allí quizá encontremos una UGC esperándonos. O una nube de AMC.
—¿AMC? ¿Qué…? ¿Esa cosa con la que liquidaron Vavatch? —dijo Wubslin y lanzó un silbido—. No, gracias.
Horza desconectó la pantalla en la que había aparecido el mensaje.
Todo volvió a repetirse menos de una hora después, desde las oleadas de radiación hasta las perturbaciones creadas por los campos distorsionadores, y esta vez había dos mensajes, uno ordenándoles que no hicieran ningún caso de la primera señal y otro proporcionando nuevas coordenadas para la cita. Ambos parecían auténticos; ambos terminaban con la palabra «Xoralundra». Horza siguió masticando la comida que se acababa de poner en la boca cuando oyó sonar la alarma y lanzó una maldición. Un tercer mensaje dirigido personalmente a él apareció en la pantalla. Le ordenaba que ignorara las dos señales anteriores y que dirigiera la Turbulencia en cielo despejado hacia otras coordenadas de cita distintas.