En cuanto a las fechas exactas de la segunda visita de Carlos a casa de la abuela, si se las hubiera preguntado a su padre (lo que no hizo en el pasado y ahora ya resultaba imposible), quizá éste le habría explicado que tuvo lugar en abril del 86, cuando Carlos tenía ocho años. Ocho años, la edad de los descubrimientos, de los fantasmas y de las excursiones secretas en las que, detrás de cada cortina hay un misterio y cada armario es la puerta a un mundo del que se sabe cuándo se entra pero difícilmente cuándo se va a salir.
Y la casa de Abuela Teresa era especial para todo tipo de misterios.
Aun así, Carlos, hasta muchos años después, no se había detenido a pensar en los motivos por los que a su padre no le fue permitida la entrada el día en que lo llevó a la casa y tampoco por qué la abuela, en vez de besar al yerno, sólo había posado fríamente una mano sobre su brazo; porque en realidad ésos no eran misterios de niños sino cosas de mayores.
En cambio, había allí muchas otras cosas que descubrir.
En primer lugar, aquélla era una casa de ricos, eso se veía en seguida, muy diferente a todas las que Carlos había conocido: la de su padre, tan triste, la de sus amigos, que olían a verdura hervida y necesitaban siempre una mano de pintura; todo lo contrario de este piso luminoso de techos muy altos: la casa de Almagro 38, así la llamaba su abuela, y se refería a ella como si fuera una persona.
– Pórtate bien, Carlos, te vendré a buscar en cuanto regrese.
– Sí, papá.
– Come todo y procura madrugar más los domingos.
– Sí, papá; claro, papá.
– Obedece a tu abuela, haz lo que ella te diga…
Y su abuela, sin dirigirse al padre sino al niño, sólo había dicho: «Sábete guapín que en Almagro 38 tendrás que dormir siesta todas las tardes», lo cual hizo que Carlos la mirara a los ojos por primera vez.
Entonces pensó, o mejor aún, lo fue imaginando poco a poco en los escasos días en que convivieron, que Abuela Teresa era igual que aquella casa: estaba llena de rincones. Y es que ambas eran muy grandes, angulosas, tenían esquinas imprevistas y también recovecos. Las personas se parecen mucho a sus casas, al menos cuando quien observa es un niño; por eso Carlos llegó a identificar el estado de ánimo de su abuela con cada una de las habitaciones de Almagro 38, según se abriera una puerta del pasillo y no otra, o según lloviera o fuera de noche. De este modo, algunas mañanas de sol, a Carlos se le antojaba que Teresa se parecía a su cuarto de vestir y, al pensarlo, ambos le olían a lavanda. En esas ocasiones veía a su abuela tan frágil que creía que su pelo rubio algo metálico casi lograba anular el negro profundo de sus ojos. Y de modo idéntico se comportaba su vestidor, que estaba pintado en un tono ocre muy pálido en el que resaltaban dos oscuras ventanas, siempre cerradas. Por las noches, en cambio, los ojos de su abuela se encendían con un brillo duro que hacía desaparecer todo vestigio de fragilidad, y cuando esto sucedía, Carlos pensaba que Teresa era igual que el vestíbulo, un túnel adamascado en el que reinaba el rojo.
Sin embargo, todas estas impresiones infantiles no eran más que un equívoco preámbulo de lo que venía a continuación: la imagen más habitual de Abuela Teresa y del cuarto amarillo, ambos tan iguales.
En ese cuarto, una habitación casi circular con un solo balcón que se abría sobre un cielo no siempre azul, Abuela Teresa pasaba la mayor parte de su tiempo sin recibir nunca una visita, sonriendo levemente mientras hacía solitarios ante la chimenea, sin ocuparse para nada del niño y apenas alzando la vista de las cartas cuando él entraba a darle un beso de buenas tardes. Entonces, en vez de mirar a Carlos, parecía perderse en la contemplación de un cuadro muy poco interesante que había en la pared de enfrente, un paisaje con un árbol, mientras sus dedos larguísimos amontonaban jota sobre dama y luego ocho sobre siete… y no le dedicaba ni una palabra. Pero Carlos descubrió muy pronto que ésa era la gran virtud de Abuela Teresa y también la de su cuarto amarillo: ambos eran, la mayoría del tiempo, tan amables como indiferentes y sólo se iluminaban unos minutos hacia las tres de la tarde: la habitación con la entrada de un sol vespertino desvaído y Teresa con la única cantinela autoritaria que Carlos le conocía: «Ya sabes guapín aquí, en Almagro 38 has de dormir siesta.»
Y fue durante una siesta cuando Carlos -curioseando en una de las habitaciones del fondo- reencontró a la joven dama del cuadro minutos antes de ser sorprendido por una criada llamada Nelly. La siesta era la hora de las escapadas y de las exploraciones prohibidas, y Carlos llevaba varias tardes esquivando el sueño cuando, por casualidad, fue a topar otra vez con aquel retrato de mujer que tan bien recordaba de la primera visita tras la muerte de su madre. Sin embargo, ahora el cuadro no estaba en el salón, tampoco en ninguna de las otras habitaciones, y Carlos jamás lo habría descubierto si, al oír los pasos de Nelly, no hubiera buscado escondrijo dentro de un armario. Y ahí estaba el retrato entre otros cachivaches polvorientos, semioculto, cubierto a medias por una manta. En ese preciso momento Nelly abrió la puerta del maldito armario, pero qué más daba que lo regañaran o le chillasen; a Carlos ya le había dado tiempo de despojar a la dama del paño que la cubría para desnudarle el torso con una emoción extraña. Antes de que lo sacaran a empujones «Niño travieso, sal de ahí, pillastre», y antes de que le tiraran de una oreja «Ven aquí, no te escapes», él aún había alcanzado a pasar una mano por aquel cuello cubierto de polvo. También a deslizar sus dedos hasta donde comenzaba el vestido, negro y blanco, un poco más, un poco más a la derecha para rozar con los suyos esos tres largos dedos que sujetaban una esfera de color verde. «Ya verás cuando sepa tu abuela lo que haces en vez de dormir la siesta, niño tonto», gritaba Nelly. Y, mientras duraba la regañina, los ojos azules del retrato miraban a Carlos como si se rieran a carcajadas. Fue por eso, por la risa de la dama, que a él no le importó enfrentarse a Nelly, sacarle la lengua y chillar haciéndole burla: «¿tonto?… tonta tú, Nelly, tonta y mil veces tonta; yo no he hecho nada malo».
Sin embargo, sí debía de ser algo muy malo aquello, pues la puerta del cuarto del fondo se cerró con doble llave y ya no hubo manera de hablar del asunto con su abuela; ni siquiera cuando la encontraba en el cuarto amarillo y ella sonreía porque acababa con éxito un solitario. ¿Me escuchas, abuela?, por favor, Abuela Teresa… Pero lo más que logró sonsacarle un día fue: «Te equivocas guapín; no hay ninguna mujer metida en un armario en esta casa, vaya ocurrencia.» Y luego otra sonrisa dedicada a un as de corazones, o quizá fuera a un rey de tréboles, que de pronto se eclipsó para decirle: «Si sigues con esas pesadillas, tendremos que decirle a Nelly que no te dé potajes a la hora del almuerzo, se acabó: hace una temperatura estupenda, ya se pueden comer platos de verano, cosas fresquitas.»Y ésa fue la única orden doméstica que Carlos le oyó a su abuela aparte de las instrucciones sobre las siestas, que seguían siendo obligatorias en Almagro 38, aunque, curiosamente, desde el día de su descubrimiento, Carlos tuvo oportunidad de hacer otro feliz hallazgo relacionado, en esta ocasión, con la tan odiada cabezadita de la tarde. Porque desde entonces supo que las siestas que se tienen a los ocho años a veces les regalan a los niños algún sueño del que despiertan muy agitados, en ocasiones jadeantes, o con un calor nuevo entre los muslos que se escapa demasiado, demasiado rápido, tanto como huye la imagen de tres dedos largos y muy blancos, ¿y qué es lo que sujetan? Carlos lo ignora, pero quizá llegue a adivinarlo en el próximo sueño, como también puede que alcance a acariciar aquel cabello rubio que a veces le recuerda muy remotamente a otro, ¿pero a cuál?, ¿al de Nelly?, ¿será al de su abuela? Tantas incógnitas, demasiadas, y sin embargo, a los ocho años también se aprenden otras cosas importantes.