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– Te lo contaré, siempre y cuando me prometas que lo que aquí oigas no saldrá de estas cuatro paredes.

– Te lo prometo.

Sarah le contó toda la historia. Cuando llegó a la parte de Addie y su padre, Emma se llevó una mano a la boca y la apretó con fuerza. Sus ojos, atónitos, parecía que no iban a parpadear nunca.

– …y a partir de ese día, cada vez que Noah me toca… no sé… algo ocurre en mi interior y me pongo tensa. Sé que él no es mi padre, lo sé, pero de todos modos me siento amenazada y me paralizo y… me siento tan estúpida y culpable y… oh, Emma, ¿qué voy a hacer? -Sarah lloraba desconsoladamente cuando la última palabra salía de sus labios.

Emma, consternada y sin saber qué decir, se puso en pie y ayudó a Sarah a hacer lo propio para darle un fuerte abrazo y así evitar mirarla a los ojos. Un padre y su propia hija. Dios santo, en toda su vida había oído algo más espantoso. Pobre Addie, y pobrecita Sarah, idolatrando a aquel maníaco degenerado durante todos esos años. ¿Quién podía culparla por detestar a cualquiera que usara pantalones, después de sufrir una conmoción semejante? Pero, ¿qué se suponía que debía decirle? ¿Cómo consolarla cuando el estremecimiento que ella misma sentía era tal que le costaba dominarlo?

Sarah sollozó y se aferró a su amiga como a una madre. Emma le puso las manos en la espalda y de tanto en tanto le daba palmaditas cariñosas.

– Oh, pobrecita, mi pobrecita muchacha, qué cosa más terrible.

– Le amo, Emma. Quiero casarme con él, pero… Oh, Emma, ¿cómo puedo cambiar…?

Emma no tenía ni idea de qué aconsejarle. Tales reacciones a estímulos tan violentos quedaban fuera de su experiencia. Se había enamorado de un hombre común, se habían casado, habían tenido hijos, trabajado con empeño y vivido según los preceptos de la Biblia. Siempre había pensado que la mayoría de las vidas se desarrollaban de este modo. Sin embargo, esa repugnante historia…

– Debes darte tiempo. ¿No dicen acaso que el tiempo todo lo cura?

– Pero le he hecho mucho daño a Noah. Lo alejé de mí cuando todo lo que quería hacer era ayudarme. Nunca volverá a mi lado.

– Eso no puedes saberlo. Quizás te esté dando tiempo para reponerte.

– No quiero tiempo. Lo único que quiero es casarme con él ahora y hacer una vida tan normal como la de cualquiera.

Emma le volvió a acariciar la espalda y los hombros, todo ello con unas ganas terribles de echarse a llorar, pero sin saber qué decir para aliviar el dolor de su amiga.

– Oh, Dios -suspiró-. Ojalá pudiera ayudarte.

Sarah se secó las lágrimas y Emma volvió a llenar las tazas. Se sentaron algo más tranquilas. Sarah habló, mirando a su amiga con abatimiento.

– Le vi bailar con esa chica de Rose's. Los vi reírse.

Emma se limitó a apretarle la mano en silencio.

En la casa de la calle Mt. Moriah, los recién casados entraron en el dormitorio. Robert bajó la intensidad de la luz de la lámpara, corrió las cortinas y volvió junto a Addie. Le sonrió, acariciándole la cara.

– Tus flores se han marchitado. -Quitó los capullos de flor de ciruelo del pelo de Addie y los dejó junto a la lámpara, en la mesilla de noche.

Addie miró hacia arriba, como buscando las flores, y se tocó el pelo con timidez.

– Me sorprende que no se hayan caído. Hay tan poco pelo para sostenerlos.

– No creo que sea tan poco. En todo caso suficiente para mí -la corrigió Robert, bajándole las manos y manteniéndolas entre las suyas.

Habían estado entre una multitud durante diez horas, alegres, sonrientes, esperando aquella hora como las violetas, aletargadas en invierno, esperan la primavera.

– ¿Cómo te sientes? -preguntó él.

– Nerviosa.

Robert se rió.

– ¿Por qué? Llevamos esperando este momento seis años… ¿o son siete?

– Más bien doce -respondió Addie-. Desde que éramos niños.

– Sí, desde aquel día en que yo llamé a la puerta de tu casa pidiendo la grasa sobrante y pensé que eras la criatura más hermosa que Dios había puesto en este mundo. -Le enmarcó el rostro con ambas manos-. Y todavía lo creo.

– Oh, Robert. -Inclinó la cabeza.

«Qué asombroso -pensó él-, se muestra tímida conmigo.»

Deslizó sus manos hasta los hombros de ella.

– Señora Baysinger -pronunció estas palabras como si poseyeran un sabor nuevo y exótico que él probaba con su lengua.

– ¿Sí, señor Baysinger? -Lo miró a los ojos.

– ¿Qué hago primero, besarte o empezar a desenganchar los quince ganchitos que recorren tu espalda?

– ¿Cómo sabes que son quince?

– Los he contado.

El rostro de Addie se iluminó lleno de sorpresa.

– ¿Cómo los has podido contar? No están a la vista.

– Veo que tendré que demostrártelo. Gírate.

Ella obedeció, sonriendo de cara a las cortinas de la ventana, mientras él contaba en voz alta.

– Uno… dos… tres…

– ¿Robert?

– Cuatro… cinco…

– ¿Cómo has podido contarlos?

– Se ve el relieve de las puntadas.

– ¿Robert?

– Diez… once…

Cuando iba por los números doce y trece confesó:

– Pensé que el día no acabaría nunca.

Con la palabra quince, la habitación se sumió en un silencio vibrante, en el que la respiración de ambos cobraba protagonismo. El vestido estaba abierto hasta las caderas. Robert introdujo sus manos y la cogió por la cintura. Se agachó y la besó suavemente en la espalda, inhalando profundamente el perfume de su cuerpo, mientras el pulso le martilleaba con fuerza en la garganta.

– Creo que me merezco una medalla -susurró-, por todas las veces que he deseado hacer esto y no lo he hecho. -Sus manos se cerraron con pasión en la suave cintura de la mujer. Se irguió y la atrajo hacia sí para hablarle al oído-. En aquel cuarto de hotel en Nochebuena y aquí, en esta casa cientos de veces desde entonces, sentado frente a tí jugando a las damas, comiendo pastel de manzana o escuchando hablar a Sarah. A veces en la cocina, cuando lavábamos los platos o tú zurcías una cortina sentada en tu silla; yo te observaba y admiraba tu cabello cambiar de gris a rubio; y me daba cuenta de que te amaba desde que tenía doce años y de que no debías ser de ningún otro.

– ¿Eso pensabas? -La voz sonó débil.

– Te deseaba tanto que me sentía un pagano.

– Y yo que creía todo lo contrario. Todos estos meses desde que me sacaste de Rose's creí que recordabas mi pasado y tratabas de olvidarme.

Las manos descendieron ahora hasta las caderas, luego subieron, recorriendo las costillas hasta la parte inferior de sus pechos, para bajar de nuevo.

– ¿Cómo pudiste pensar eso? Te deseo desde que tenía dieciocho años y fui a ver a tu padre para pedirle su autorización para casarme contigo. Y desde Nochebuena, cuando cometí el peor error de mi vida al ofrecerte dinero. Addie -murmuró-, ¿podrás perdonármelo?

Ella se giró, obligándole a sacar las manos y clavándole sus radiantes ojos verdes, musitó:

– Te perdonaré, Robert, si acabas con esta tortura y me haces tu esposa.

La espera había concluido. La besó con pasión, hasta que sus cuerpos se enredaron como vides y sus manos se pasearon por debajo del vestido, por los hombros, la cintura, la espalda, resbalando más abajo, sobre las enaguas, siguiendo las curvas suaves y cálidas de su cuerpo. Capa tras capa de ropa interior de algodón accedía a sus formas, moviendo el género y su propio cuerpo contra ella, mientras el beso se hacía sublime y ávido.

Cuando levantó la cabeza, ambos respiraban como si acabaran de participar en una carrera. Los labios de Addie brillaban húmedos y eran de un rojo fuerte a la débil luz de la lámpara; sus ojos estaban muy abiertos, las pupilas dilatadas, fijas en él. Robert le cogió la mano derecha con firmeza y la besó sin dejar de mirarla. El beso fue tan breve como un punto de exclamación. Le soltó la mano y retrocedió.