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– ¿Qué opinas de él, Emma? -la interrogó Sarah con aire pensativo.

– Tiene un trabajo difícil. -Emma desplegó el mantel en el aire y lo dejó caer sobre la mesa-. Parece provenir de una familia decente. Es un hombre justo, ya te lo dije. ¿Qué te parece a tí?

– Creo que es muy testarudo… pero hizo un buen trabajo durante la epidemia. Creo me respeta por lo que hago, aunque casi contra su voluntad, y que considera que las mujeres tienen más aptitudes para la profesión de Addie que para la mía.

– Toma… -Emma le entregó una pila de platos-. Pon la mesa, ¿quieres? ¿Ha pasado algo entre vosotros que no me hayas contado?

Sarah puso el mantel y empezó a colocar los platos. Había uno de más, como había esperado.

– En realidad, nada.

– ¿Entonces, a qué viene esa cara pensativa?

– No es nada. Desde que trabajamos juntos en la junta de salud nos hemos reconciliado un poco. Hoy hemos charlado sobre el gato y nos hemos reído.

– ¿Y luego?

– Y luego, cuando nos íbamos cada uno por su camino… oh, nada.

Emma dejó caer los cubiertos sobre la mesa.

– ¿Qué? Vamos, habla.

– Bueno, como te decía, nos estábamos yendo cada uno por su lado y, por algún motivo me giré para mirarlo y él estaba de pie en la acera mirándome.

Con las manos en las caderas, Emma miró a la mujer, algo más joven que ella, que disponía cuidadosamente cuchillos y tenedores sobre la mesa.

– Eso no es nada. Nada más que un hombre interesado por tí.

– Oh, Emma, no seas tonta. Le estoy haciendo la vida imposible desde el primer día que llegué al pueblo.

– No seríais la primera pareja de la historia que empezó odiándose.

– No somos una pareja. En todo caso, somos adversarios.

– No desde la batalla contra la viruela. Acabas de decirlo.

Las miradas de las dos mujeres se encontraron; la de Emma, práctica, la de Sarah, preocupada.

– Estoy muy confundida con respecto a él, Emma. -En ese momento, Josh entró ruidosamente en la cocina.

– Ya estoy aquí, mamá. Ah, hola, Sarah.

– Hola Josh -respondió Sarah, lamentando tener que interrumpir la conversación sobre el marshal Campbell-. ¿Todo en orden por la oficina?

– Sí, todo bien cerrado.

– Sarah se queda a cenar. Lávate las manos -le ordenó su madre- los demás están al caer.

La familia se reunió y ya no hubo tiempo para hablar en privado. Después de la cena, Sarah ayudó con los platos, pero los chicos se quedaron en la cocina hasta las siete, hora en que ella se marchó sin poder hablar más con Emma.

De camino a la pensión, siguió pensando en Noah Campbell. ¿Por qué se había girado para mirarla? Era un hombre antipático, insolente y de moral relajada, que había dejado en claro que a ella le convenía apartarse de su camino. Y Sarah era una mujer de principios morales estrictos, intolerante con ciertas facetas de la personalidad de un hombre. ¿Por qué se había dado la vuelta ella para mirarlo? Desde luego, la adversidad los había forzado a tragarse la aversión mutua durante la lucha contra la viruela. Pero la batalla estaba ganada; las cosas habían vuelto a la normalidad y eso significaba que volvían a ser contrincantes en lo que se refería a la clausura de los burdeles.

El viento todavía silbaba y la aguanieve se había convertido en nieve. El cielo estaba oscuro, excepto por algunas nubes. Sarah pasó por la oficina del periódico y, por simple costumbre, se aseguró de que la puerta principal estuviera cerrada con llave. Lo estaba, de modo que continuó su camino. Cogió una calle lateral y luego el sendero que llevaba, por la ladera del cañón, hasta la pensión de la señora Roundtree. Subía los empinados escalones que acababan en la puerta principal del edificio, cuando una voz la sobresaltó.

– Bueno, ya está aquí.

– Marshal, ¿qué está haciendo aquí fuera?

Se detuvo dos escalones antes de llegar a él y alzó la cabeza. Qué encuentro tan turbador después de haber estado pensando todo el trayecto en él.

– Fumando.

Fumar, sin embargo, estaba permitido en el interior de la casa; El recibidor estaba repleto de ceniceros de pie gigantescos. Además, él nunca había salido fuera a fumar hasta ese día. Sarah tuvo la certera impresión de que el marshal la había estado esperando.

– No ha venido a cenar.

– No. Cené con los Dawkins.

– ¿Cómo está Lettie?

– Cohibida por sus cicatrices.

– Se le pasará.

– Quizás sí, o quizás no. -Ella sabía por experiencia propia que la timidez por las carencias físicas podía no superarse. Por algún motivo, últimamente había estado reflexionando sobre las suyas.

Noah dio una calada y el viento le arrancó el humo de la boca al tiempo que arrojaba la colilla. Observó con mirada grave el cielo, como si el tiempo fuera de interés capital para él.

– Qué noche tan horrible -comentó.

Sarah decidió lanzarse.

– ¿No estaría preocupado por mí, verdad?

– Es mi trabajo preocuparme por los residentes de Deadwood.

– Bueno, ya ve que estoy bien, así que ya puede entrar. -Subió los últimos dos peldaños y estiró la mano hacia la empuñadura de la puerta. Antes de que la abriera, Noah le preguntó:

– ¿Le gustó el gato a su hermana?

– Le encantó. Lo llamará Mandamás.

– Bueno… eso debería alegrarla.

– Sí. -Estaban de pie, muy cerca el uno del otro, en la oscura y ventosa noche, con el sonido de la falda golpeando contra el tobillo de él y finos copos de nieve posándose en el ala del sombrero y deslizándose por la frente de Sarah, que mantenía su abrigo cerrado en la garganta. Él tenía ambas manos en los bolsillos de la chaqueta. Si existía una atracción física entre ellos, ninguno quería reconocerlo.

– Bien, buenas noches señor Campbell -dijo ella por fin.

– Buenas noches, señorita Merritt.

Una vez en la habitación, Sarah encendió una lámpara y un pequeño fuego en su diminuta estufa de hierro. De pie frente a ella, con las palmas de las manos muy cerca del calor del fuego, pensó en el marshal. ¿La habría estado esperando realmente? ¿Tendría razón Emma al decir que estaba interesado en ella? Sin duda no. ¿Entonces por qué se había vuelto para mirarla en la acera? De acuerdo, suponiendo que estuviera interesado, ¿cuales eran sus sentimientos hacia él? Aquella tarde, durante su conversación, se había producido un momento, fugaz eso sí, de regocijo, cuando sus miradas se habían encontrado. Él estaba tan sorprendido como ella, y mientras le cogía los brazos, Sarah había contemplado sus ojos grises con las erizadas pestañas rojizas, y le habían resultado muy atractivos. Su rostro ya no le parecía desagradable. Las pecas se habían desvanecido a lo largo del otoño y el viento había enrojecido sus mejillas. Era curioso, hasta se había acostumbrado al bigote. Y la nariz… bueno, su nariz era escocesa y muy apropiada para un hombre llamado Campbell.

«¿Qué sientes por él, Sarah?»

Durante toda su vida había racionalizado las situaciones en que se encontraba; era muy propio de ella analizar todos los datos con que contaba, antes de admitir cualquier cambio en sus sentimientos. La verdad era que no quería que ese cambio se produjera. Eso sólo la llevaría a una situación embarazosa, ya que él había sido amante de Addie y tal vez todavía lo fuera.

El cuarto se calentó. Sarah se quitó el abrigo y lo colgó. Estaba nerviosa y se paseaba por la habitación pensando en Addie, preguntándose cosas que no tenía derecho a preguntarse, sobre ella y Noah Campbell. Imaginó a Addie con sus manos en el pelo de Noah, el más hermoso que Sarah había visto en un hombre. Sarah nunca había hundido sus dedos en el cabello de un hombre.

Salió de su ensueño y se acercó al espejo para arreglar su propio pelo. Lo peinó con fuerza, se puso el camisón y cogió un pequeño espejo de mano. En él estudió su nariz isabelina, tapando con el dedo índice la punta para imaginarse cómo sería si la tuviera más corta. Examinó sus labios. Demasiado estrechos; ni gruesos ni seductores como los de Addie. Sus ojos… aún se salvaban, eran azules, vividos y chispeantes cuando no necesitaba usar gafas, pero cuando se las ponía se veía fea y sosa.