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– No, Mau… es que he conocido a alguien… y… -levanta la cara, lo mira, intenta sonreír- bueno, todavía no ha pasado nada, ¿eh?

Mauro no se lo puede creer, no se puede creer lo que está oyendo.

– ¿Todavía? ¿Qué quieres decir con que todavía no ha pasado nada?

– Sí, te lo juro, es verdad. No he hecho nada.

– Ya lo pillo, pero ¿qué quiere decir ese «todavía»? ¿Qué va a pasar? ¿Qué acabará pasando? -Mauro cambia de expresión. Su semblante se pone tenso. Se vuelve casi de piedra-. Ya veo. Se trata del director aquel que te dio la nota la vez que yo también estaba, ¿no es cierto?

Paola sonríe.

– Qué va, ése es gay. -Luego se pone seria, hace una pausa-. No, es su director de fotografía, Antonio. -Y Paola sonríe, feliz, franca, satisfecha de su sinceridad.

– Por supuesto… Antonio. -Mauro dibuja una extraña sonrisa por toda respuesta. Luego le da un bofetón con la mano abierta, grande, decidida, de izquierda a derecha. Toma. Una hostia en plena cara que hace que pierda el equilibrio. La empuja, la sacude, la aturde, le cambia el peinado de un lado a otro.

Paola se levanta, emerge de nuevo, aturdida, entre sus cabellos. Se los arregla como puede con las dos manos. Se los recoge para encontrar de nuevo la luz. Para entender. Y allí está él ante sus ojos estupefactos, sorprendidos, asustados. Y de repente vuelve a cubrirse con las manos, porque se da cuenta de que sobre ella está a punto de abatirse… el huracán Mauro.

– Maldita seas, desgraciada, miserable, bestia en celo. Por eso hoy tenías desconectado el móvil. -Y la golpea. Y sus manos son como las aspas enloquecidas de un molino de viento. Bajan, y suben y golpean. Y celos y dolor. Como un tractor sin conductor, que avanza a lo loco en zigzag. Pero que no está segando trigo. Siega las rubias mieses de la pobre Paola. Y patadas, y puñetazos, y bofetones, y dale, y más. Paola resbala y Mauro coge carrerilla para darle una patada en mitad del estómago, cuando de repente alguien lo agarra. Desaparece de pronto de delante de Paola, disparado contra una pared que hay cerca de la valla.

– Basta. Quieto, Mau…

Paola vuelve a abrir los ojos, hinchados ya. Se recupera. Se levanta de nuevo despacio, dolorida, descompuesta, aturdida por todos esos golpes.

– ¡La voy a matar, a esa imbécil, déjame! -Mauro intenta soltarse, patalea, salta, se echa hacia atrás.

Pero su padre lo mantiene sujeto. Lo agarra como una cadena. Lo atenaza con sus fuertes brazos de picador de cantera, con la misma facilidad con que lo hacía cuando era pequeño.

– Quieto, te digo que te estés quieto.

Y Paola sale corriendo, a trompicones casi, resbalando, mira un momento, y después desaparece por la esquina. Se cierra una puerta. Un coche arranca. Y un Volvo oscuro pasa derrapando frente a ellos. Se lleva a Paola. Se lleva una historia y unas ilusiones que hubiesen podido durar para siempre. Padre e hijo se quedan así, solos, en una pequeña plazoleta desolada de cualquier periferia.

Renato lo suelta, alarga los brazos y lo libera de ese cepo humano.

– Vamos, va, Mau, subamos, que la cena está lista. -Se saca las llaves del bolsillo y abre la valla. Se detiene un momento en el portal. Se vuelve hacia el hijo-. ¿Vas a subir o no? Tu madre nos está esperando para poner a cocer la pasta.

Mauro lo mira con lágrimas en los ojos. Pone en marcha el ciclomotor, se sube de un brinco. Y se va a todo gas, patinando casi sobre los guijarros, con la rueda trasera demasiado fina para el estado de esas calles.

– Pero ¿adónde vas, Mau? ¡Mau! ¡No te metas en líos! ¡A ésa no le importas una mierda! -le grita el padre, intentando a su manera ser un buen padre. Renato grita y corre detrás de ese ciclomotor que se pierde en los últimos rayos de la puesta de sol. En pos de una inútil persecución de la felicidad.

Ochenta y tres

Hay momentos en la vida para los que la banda sonora está aún por inventar. Pese a ello, mientras conduce, Alessandro busca entre los CD que tiene en el cargador el que le parece más adecuado. Elige uno. Big Fish. La banda sonora de la película. Edward Bloom y su hijo William. Porque a veces, lo que pudiera parecer una rareza, algo impuro, no es sino una belleza diferente, que no sabemos aceptar. Al menos no por el momento. Entonces lo ve. Está bajando de su Golf negro y mira a su alrededor. Lo está buscando. Se han dado cita en viale del Vignola. Donde quedaban para saltarse las clases cuando estudiaban, para copiar las tareas antes de entrar, para abrazarse felices justo después de que salieran las notas de Selectividad. Aprobados. Me ha parecido el único lugar seguro que nos pudiese sugerir algún recuerdo, un poco de arraigo… Sienta bien pensar en el pasado cuando el futuro da miedo, pensar que no todo puede ser destruido sólo por un simple y temporal imprevisto. Alessandro lo mira caminar. Enrico se dirige hacia el Mercedes con los hombros encogidos.

– Hace viento esta tarde. -Enrico entra en el coche y cierra de un portazo. En otro momento, a lo mejor Alessandro hubiese puesto mala cara por ese portazo. Pero esa tarde no.

– Mira, lo que…

– No, Alex, antes de que me digas nada, querría darte las gracias. En serio. Hay cosas que no tienen precio. Difíciles de pedir, y que pueden separar a las personas. Bueno, ésta podía haber sido una de ellas y en cambio tú haces que todo parezca más fácil. Toma…, -le da un sobre cerrado-. Aquí dentro está el dinero que has adelantado y un pequeño regalo para ti.

Alessandro lo mira con cierto embarazo. Junto al cheque hay dos entradas.

– ¡Demonios! Son para el concierto de George Michael. ¡Son imposibles de encontrar!

– Sí, ha sido gracias a un colega. Su mujer trabaja para el tour manager. No fue difícil. Pensé en Niki y en ti. George Michael es uno que puede gustaros a los dos. ¡Bueno, también puedes ir con quien te parezca, ¿eh?!

Alessandro observa de nuevo las entradas. Vuelve a guardarlas en el sobre.

– No tenías por qué hacerlo.

– Lo he hecho con mucho gusto. -Entonces Enrico se pone serio-. Bien, cuéntamelo todo, ¿cómo te ha ido, qué es lo que hay que saber?

– No lo sé, preferí no dejar que me contase nada.

Enrico lo mira de repente a los ojos como si buscase desesperadamente el rastro de alguna mentira. Se relaja. No, Alessandro de verdad no sabe nada. O es un buenísimo actor.

Alessandro se echa hacia atrás y coge una sola carpeta. La de color azul.

– Toma, está todo aquí dentro.

Enrico la coge y la toca, la roza acariciándola. Ve ese pequeño lazo azul que tiene atrapados sus secretos.

Enrico mira a Alessandro.

– ¿Puedo?

– Es tuya, la has pagado tú.

Enrico está a punto de deshacer el lazo.

– ¡Un momento!

– ¿Qué pasa, Alex?

– ¿Estás seguro de que no prefieres abrirla a solas? Son tus cosas, las vuestras. Bueno… a lo mejor prefieres que yo no esté.

– No sé lo que me voy a encontrar. De modo que prefiero que estés conmigo.

– Vale, como quieras. -Alessandro lo deja hacer.

Enrico abre lentamente la carpeta. Luego, como enloquecido, ávido de noticias, de verdades, de mentiras finalmente desveladas, empieza a hojear esos documentos, a repasarlo todo. Recorre fechas, citas, días, horarios, lugares. Faltan las fotos. Abre el sobre. Ahí están. Camilla. Camilla sola. Camilla con una amiga. Camilla con él. Con otra amiga. Luego sola, sola, sola. Sola y con él. Ya está. Todo como hasta ayer. Enrico suelta un suspiro. Cierra la carpeta. Se la acerca a la cara. La aprieta con fuerza, la respira casi. Alessandro lo mira.

– Eh… Enrico, ¿te acuerdas? Estoy aquí.

Enrico se recupera.

– Sí, sí, todo en orden.

– ¿Qué tal entonces?

– Bien, todo bien. En cada foto había mucho de lo que echo de menos cada día y no había nada más de lo que estoy feliz de tener. Está limpia.