– ¡Roberto! Claro que no.
Ah, tampoco es eso.
– ¿Se ha liado con otro diferente? -Roberto la mira y alarga los brazos-. Venga, mi amor, es normal, son cosas que ocurren a su edad, se dejan, vuelven. Recuerda lo que hacías tú antes de conocerme.
– Sí, me divertía un montón.
– Mientes. Te aburrías. Luego me conociste y hallaste el amor verdadero. Pues, mira por dónde, a lo mejor también Niki lo conocerá antes o después. A lo mejor incluso sea éste el muchacho adecuado para ella. Acuérdate, amor, de que sólo tiene diecisiete años.
– Eso ya lo sé.
– Entonces no lo olvides.
– No, no hay riesgo de que me olvide de que su nuevo novio tiene casi treinta y siete años.
– Bueno, cuando hemos salido me dijo que estaba con un muchacho un poco mayor que ella, pero ha hecho como si no supiera que yo lo sé, ¡no ha tenido valor para decirme que le lleva veinte años!
– Bueno, eso es normal… Tú eres su madre y bastante es que no lo niegue todo directamente.
– Ah, encima la defiendes. Pues que sepas que ha pasado por alto el tema de la edad, pero me ha dicho que era el hombre de su vida, que tiene intenciones serias.
– Dios mío, está embarazada.
– No… Simplemente está enamorada.
– Pero puede que llegue un momento en que esos veinte años de diferencia empiecen a pesar, él o ella se darán cuenta y se les pasará.
– Eres un cínico… Pero me parece que la cosa es más seria de lo que pensaba.
– ¿Por qué?
– Hemos salido de compras, le he dicho que podía elegir lo que quisiera, me he mostrado lo más abierta posible precisamente para hacerla hablar.
– ¿Y?
– No se ha querido comprar nada.
– Dios mío… Entonces sí que estamos metidos en un buen lío.
Ochenta y seis
Pietro y Susanna, Flavio y Cristina, Enrico y Camilla están en el último vagón del Orient Express. Camilla sonríe al ver llegar a Alessandro desde lejos.
– ¡Ahí está Alex… ya ha llegado!
– ¿Dónde?
– Allí, al fondo.
Susanna se fija un poco más.
– ¿Qué pasa? ¿Ha vuelto con Elena?
– Qué va. -Camilla le da un codazo. Esa que va con él no es Elena.
– ¿Y quién es?
Cristina toma un sorbo de vino.
– Pero ¿estáis ciegos o qué? ¿No os dais cuenta de que ésa tiene por lo menos veinte años menos que Elena… y que nosotros?
Enrico sonríe y come un trocito de pan. Pietro traga preocupado por lo que pueda suceder. Alessandro y Niki se acercan a la mesa.
– Ah, aquí estáis, no os veíamos. Ella es Niki.
– ¡Encantada!
Niki le da la mano primero a Camilla, después a Susanna y a Cristina. Luego a los hombres.
– Ellos son Enrico, Flavio…
Pietro cada vez está más preocupado. Intenta evitar su mirada.
– Y yo soy Pietro, encantado.
Niki hace como si nada.
– ¡Hola, encantada, Niki!
Alessandro ve dos asientos libres.
– ¿Nos sentamos aquí?
– Por supuesto. -Alessandro se sienta al lado de Pietro y cede la cabecera de la mesa a Niki.
– Voy un momento al baño a lavarme las manos. ¿Me disculpáis?
Alessandro, que ya se había sentado, vuelve a levantarse, luego sonríe a Niki, que se aleja.
Cristina la observa un momento.
– Es guapa esa chica, muy guapa. -Y mira a Alessandro.
– Gracias.
– ¿Cómo la conociste?
– Un accidente de tráfico.
– ¿En serio? -Camilla sonríe-. Que extraña coincidencia. Enrico y yo nos conocimos porque yo me había quedado sin gasolina en el ciclomotor y él se ofreció amablemente a ayudarme.
– Sí, pero por aquel entonces, todavía estabais los dos en el instituto -sonríe Cristina-. Digamos que Niki lo podría haber visto aquel día desde su cochecito.
Alessandro abre su servilleta y sonríe.
– No, yo más bien diría que, por aquel entonces, todavía estaba en los dulces sueños de sus padres.
– ¿Qué? -Camilla abre la boca-. Pero Enrico y yo nos conocimos hace veinte años…
– Precisamente, ella llegó tres años después.
Susanna hace un cálculo rápido con los dedos.
– ¿Tiene diecisiete?
Interviene Pietro.
– ¿Lo veis? Mi mujer sabe llevar las cuentas, pero no las de casa.
Cristina mira a Alessandro, ligeramente tensa.
– ¿Y eso qué quiere decir? ¿Que de vez en cuando saldrás con ella y sus amigas y que puede que te lleves contigo también a tus amigos, por no decir nuestros maridos?
Alessandro intenta no mirar a Enrico y a Pietro.
– No, ¿qué tiene eso que ver? Sólo estamos saliendo juntos. No se cómo irá la cosa. Me parece que no hay por qué preocuparse.
Camilla lo mira molesta.
– ¿Lo que dices es que ya sabes que no va a durar? Entonces eres un imbécil. Ella me parece una tía solar, abierta, a lo mejor se lo cree. Se sentirá mal.
– No, claro, lo que quería decir es que no tenéis por qué preocuparos por mis amigos, por no decir vuestros maridos.
Alessandro siente vibrar su teléfono móvil en el bolsillo. Lo coge. Un mensaje. Es Niki.
«¿Y bien? ¿Cómo va la ráfaga de preguntas? ¿Has sobrevivido? ¿Vuelvo o te espero en el lavabo y huimos?»
Alessandro sonríe y responde lo más rápido que puede. «Tu faro los ha deslumbrado. Vuelve, todo ok.» Luego se guarda el Motorola en el bolsillo.
– Bien, escuchad una cosa. Mirad, yo no sé cómo eran vuestras relaciones con Elena, pero ahora está Niki. Me gustaría que la conocieseis. Y luego, como somos amigos, ya hablaremos de ello. Siempre nos hemos tenido confianza, ¿no?
Justo en ese momento, Niki aparece al fondo del pasillo. Cristina inclina la cabeza hacia adelante para que no la vea.
– Ahí está, ya viene.
Susanna sonríe.
– Me gusta conocerla. Pero ¿sabes lo que estaba pensando? Que mi hija tiene trece años. Dentro de cuatro podría traerme a casa a uno como tú.
– ¿Y qué?
– Nada, en mi opinión ésta es una cena ideal. ¡Por lo menos me servirá para prepararme psicológicamente para cuando tenga que ir a una con mi hija y alguien de tu edad!
Todos se echan a reír justo cuando Niki llega a la mesa.
– Eh, ¿qué pasa? ¿De qué estabais hablando?
– De ti -dice Alessandro-. Hablaban muy bien de ti. Han decidido que si los efectos son éstos, ¡vuelven todos a la escuela!
Niki toma asiento.
– ¡Sí, puede que los efectos sean buenos, pero no sabéis lo duro que es el profe de gimnasia!
Y todos se echan a reír. Alessandro mete la mano bajo el mantel y le aprieta la pierna, para darle seguridad. Niki lo mira y sonríe.
– Disculpen, señores, ¿ya saben lo que desean comer? -Un camarero vestido de revisor ha aparecido de repente.
– Sí, por supuesto… ¿qué son los tonnarelli chucu chucu?
– En seguida se lo digo… -Y el camarero explica varios platos. Luego alguien pide agua mineral.
– Con o sin gas, no importa.
– ¿Podría traer también una tortitas calientes para acompañar los entremeses?
– Y un buen syrah para acompañarlo todo.
– Para mí sólo una ensalada verde.
Es inevitable, siempre hay alguien a dieta. O al menos quien lo finge delante de los demás. Y también está aquel a quien le gusta probar cosas insólitas.
– ¿Qué son los quesos fantasía?
– Quesos de la tierra acompañados por mieles diferentes, según los sabores.
– Perfecto, yo quiero eso.
La velada discurre así, lenta, agridulce, sabrosa. Primeros platos a los que siguen extrañas mezclas de pescado y verdura.
– Este brócoli con gambas está riquísimo. ¿Alguien lo quiere probar?
Y al final la diferencia de edad no se nota tanto frente a un buen plato.