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– ¡Hola, cara de cereal! -le grita desde dentro del minicoche.

Filippo se vuelve y se detiene, apoyando ambas manos sobre las rodillas, ligeramente dobladas. Respira profundamente, pero no parece estar jadeante. Diletta se acerca.

– Pero ¿quién eres?

– ¿Cómo que quién soy? -Y Diletta baja aún más la ventanilla. Filippo se ruboriza ligeramente, el rubor que la carrera todavía no había logrado poner en sus mejillas.

– ¡Diletta!

– En persona y sin cereales. ¿Qué haces? Qué pregunta más tonta. Estás corriendo.

– Sí, bueno. Vengo aquí ahora que abren también de noche. Me gusta. Es que, ¿sabes?, juego a baloncesto y así me entreno.

– ¡Venga ya! ¡Yo juego a voleibol! ¡De modo que los dos tenemos algo que ver con las pelotas! -Y se ríe divertida, mientras se arregla el pelo con las manos.

– ¡Sí! Pero ¡hay que tener cuidado con no volverse pelotas! -Y se echan a reír a la vez. Y dan un paso más. Aunque no sean conscientes de ello.

– Oye, ya que tú también haces deporte, ¿te gustaría correr conmigo este domingo? Podríamos venir por la mañana; entonces se está bien, hace más fresquito -se atreve él, haciendo esfuerzos por mantener el tono lo más neutro posible, sin saber si lo ha conseguido o no.

Diletta lo mira y hace una ligera mueca.

– Pues no sé, no creo.

Filippo pierde de golpe su autocontrol y su voz delata su desilusión.

– ¿Preferirías que fuese por la tarde? Por mí está bien. Lo decía sólo por decir.

– No, decía que no creo que se esté tan fresco. ¿No te has dado cuenta del calor que está haciendo estos días? Tendríamos que venir a la hora que vienes tú, o mejor más tarde… a las cinco de la mañana. Pero mis padres no se lo iban a tragar.

El rubor asoma traidor a las mejillas de él y ahora también las orejas se le enrojecen.

– Sí, resultaría difícil de creer. Mejor a las siete de la tarde.

Diletta arranca de nuevo.

– Entonces, hasta el domingo. ¿Quedamos aquí?

Diletta da gas y una pequeña sacudida hacia delante. Luego se vuelve y lo mira.

– ¡Ok! ¡Trae una barrita de cereales para después! -Y se va a toda prisa.

Filippo la mira mientras se aleja. Como en el instituto. Y el rubor lo va abandonando poco a poco. El domingo. Ella y yo. Aquí en el parque. Pero todavía no sabe que delante de esa valla no habrá nadie esperándolo.

Ochenta y nueve

Noche. Tráfico ligero, tráfico lento, tráfico que conduce Dios sabe adónde. Hacia nuevas historias, hacia una soledad oculta en un grupo, hacia el deseo frenético y enloquecido de volver a ver a alguien, que a lo mejor todavía te desea un poco.

Noche. Noche en un habitáculo. Flavio conduce tranquilo. Cristina lo mira.

– ¿Conocías ya a la nueva novia de Alex?

– No, sabía que estaba saliendo con alguien.

– ¿Y sabías que era tan… chiquilla?

– No, no lo sabía.

Silencio.

– La verdad, no entiendo qué es lo que puede encontrar uno como él en una así. Aparte de veinte años menos.

Flavio sigue conduciendo tranquilo. Decide hablar.

– No la conozco y no puedo juzgar, pero a mí me ha parecido simpática.

– También tú lo eras con veinte años. Eras alegre, despreocupado, divertido.

Flavio la mira un instante, luego vuelve a mirar la carretera.

– A los veinte años resulta más fácil hallar motivos para estar alegre. Piensas que tienes tanto tiempo a tu disposición que podrás cambiar tu vida mil veces. Luego te haces mayor y te das cuenta de que ésa es tu vida…

Cristina se vuelve hacia él. Lo observa.

– ¿Qué me quieres decir? ¿Que no eres feliz con lo que eres o con cómo vives?

– Yo sí. Pero si tú no lo eres, tampoco puedo serlo yo. Creía que nuestra vida dependería de la felicidad de ambos.

Cristina se queda en silencio.

– Bueno, de todos modos ya sabías cómo era yo, de modo que no entiendo qué es lo que esperabas. ¿Pensabas a lo mejor que iba a cambiar?

– No.

– ¿Entonces?

– Pensaba que ibas a ser feliz. Querías casarte, tener un hijo… Lo has conseguido todo. ¿Qué más te hace falta?

Cristina se queda un momento en silencio. Ataca de nuevo.

– ¿Sabes lo que de veras me molesta?

– Un montón de cosas.

Cristina lo mira y lo hace con dureza. Flavio se da cuenta y trata de quitarle hierro al asunto.

– Venga lo he dicho en broma…

– Que haya tenido que venir Alex a cenar con una chiquilla para que nos diésemos cuenta de adonde hemos acabado.

Noche. Noche que avanza. Noche que discurre. Noche de estrellas ocultas en lo alto.

Enrico conduce tranquilo. Camilla lo mira y sonríe.

– Pues a mí me gusta más que Elena. Es madura, tranquila, serena, educada. Es verdad que a veces, cuando habla, es un poco niña, pero eso resulta hasta cierto punto normal. Yo creo que llegará a ser una mujer muy hermosa. ¿A ti te gusta?

Enrico sonríe y le pone una mano en la pierna.

– No como me gustabas tú a los diecisiete años. Y no como me gustas tú ahora…

– Venga, dime la verdad. Tienes tres años más que Alex. ¿Te gustaría tener a una chica tan joven cerca?

– Es una chica agradable y divertida. Pero puede que acaben descubriendo que tienen objetivos diferentes. Sólo espero que no se acabe cansando de Alex.

– O Alex de ella…

– Él me parece tan tranquilo.

– Sí, se lo ve bien, pero no parece que le importe mucho… Quiero decir que a lo mejor sigue pensando en Elena.

– No, yo no lo creo. Lo que pasa es que en una historia así, también él va con pies de plomo, como es natural. ¿Te imaginas? Tendrá miedo de meterse en problemas. Que ella no tenga paciencia. Quiero decir, que ella sale del instituto y tiene toda la tarde y la noche libres… mientras él tiene esos horarios, su trabajo, las reuniones, sus asuntos.

– ¿Es que acaso son más importantes que el amor? -Camilla lo mira. Él le sonríe. Luego coge su mano, se la lleva a la boca y la besa-. No, en efecto, no hay nada más importante que el amor.

Noche de nubes. Noche de viento. Noche ligera. Noche cálida. Noche de hojas que bailan alegres. Noche diversa. Noche de luna.

Susanna sigue mirándolo fijamente.

– Todavía no me has dado una respuesta.

– Ya te lo he dicho, nunca la había visto y de todos modos no me gusta.

– Sí, ya te he oído, pero el otro día, cuando te encontré a la puerta del restaurante, dijiste que habías quedado con Alex porque estaba un poco alicaído.

– ¡Y era verdad!

– Pero si ya hace más de un mes que están juntos.

– Y qué sé yo, me parece que tú sabes más. Ese día estaba depre. Pregúntaselo a él mismo.

– Se lo he preguntado a ella. Y dice que les va muy bien, de amor y de todo.

– Pues vale, ¿qué quieres que te diga?

– Sí, pero mira por dónde, el otro día os fuisteis a comer al Panda.

– ¿Y qué? Estábamos Enrico, Alex y yo.

– ¿Los tres solos?

– Sí.

– ¿Y os gastasteis todo ese dinero? He visto la factura…

– Nos tomamos dos botellas de champán, para celebrarlo con Alex… Cariño, trabajo en su despacho como consultor legal y ni siquiera le había hecho un regalo…