– ¡Es buenísimo!
– Es esencia de jazmín.
Alessandro se levanta, coge el colgante, se sitúa a espaldas de Niki. Le pasa un brazo alrededor. Deja el diamante en su pecho. Coge con cuidado los pequeños hilos de oro blanco. Le levanta el pelo con la mano, encuentra el broche y lo cierra. Deja caer lentamente la pequeña gota. Ésta se detiene, en equilibrio sobre el fresco escote. Niki abre los ojos y ve su reflejo en el espejo que hay frente a ella. De inmediato se lleva la mano izquierda al pecho, por debajo del colgante, se da la vuelta, inclina levemente la cabeza y sonríe.
– Es precioso…
– No, tú eres preciosa.
En el local siguen tocando. El hombre y la mujer que antes bailaban ahora se ríen. Se están tomando un merlot joven en la barra. Entra un ruidoso grupo de muchachos y topa con su propia alegría. Pero la mesa de Niki y Alessandro está vacía. Se hallan ya lejos, en la noche parisina, abrazados bajo las estrellas subidas en la Torre Eiffel. La miran desde abajo. Nubes altas, y luna, y barcas que se cruzan, y plazas, y ascensores, y turistas que se asoman y se besan y señalan con la mano en el vacío algo que está más allá, a lo lejos, que se ve desde allí arriba. En las postales no parece tan grande. Y un taxi para dar una vuelta. Los Champs-Elysées y Pigalle y un saludo desde fuera al museo del Louvre con la promesa de regresar pronto. Luego un recuerdo del último Mundial de Fútbol, sin olvidar el famoso cabezazo, y también la frase «¡Devolvednos la Gioconda!». Dejarse llevar, bajarse del taxi, pagar, dar un paseo perdidos en la noche. Caminar junto al Sena, Montmartre, la iglesia de la Sainte Chapeüe. Entran, jóvenes, turistas inexpertos que se pierden en la belleza de esos vitrales, de esas mil cien escenas bíblicas a las que los fieles denominan «la entrada al paraíso»… Y sentirse tan felices que ni siquiera tienen valor para desear nada más, para atreverse, de avergonzarse hasta de rezar, a no ser que sea para pedir no despertar de ese sueño. Llegar así, simples egoístas de felicidad, al hotel.
– ¡Ufff… estoy alucinada! -Niki se deja caer de espaldas en la cama. Y de una patada precisa arroja sus zapatos nuevos, que caen lejos. Alessandro se quita la chaqueta y la cuelga en una percha que mete en el armario.
– Tengo una cosa para ti.
– ¿Más?
Niki se incorpora y se apoya sobre los codos.
– ¡Es demasiado! Ya has hecho un montón de cosas preciosas.
– No es mío. -Alessandro se acerca a la cama con un paquete-. Es de parte de las Olas.
Niki lo coge. Un paquete perfectamente envuelto con una nota en el centro.
– El paquete lo ha envuelto Erica, sé lo cuidadosa que es. La letra de la nota, sin embargo, es de Olly. -Niki la abre y empieza a leer. «¡Hola, chica de dieciocho años fugada! Nos gustaría estar a todas contigo en este momento… pero ¡¡¡también con él!!! ¡Alex nos encanta! Al enterarnos de la sorpresa que pensaba darte, todas nuestras defensas cayeron… ¡Puede hacer lo que quiera con las Olas! Vaya, que una buena orgía no estaría mal, ¿eh?»
Niki deja de leer un momento. No hay nada que hacer, Olly es incorregible. Sigue. «Era una broma… De todos modos, te queremos y queremos estar cerca de ti a nuestra manera. ¡Haz buen uso de esto! En fin, ¡hazle ver las estrellas parisinas!»
Niki no sabe qué pensar. ¿Qué será? Toca el paquete, lo aprieta. Nada. No se le ocurre nada. Lo mira y lo remira, le da vueltas en las manos. Nada. Se decide a abrirlo. Rompe el papel y en seguida lo entiende todo. Sonríe divertida y se lo pone por delante. Un camisón de seda azul oscuro, lleno de encajes y transparencias. Empieza a bailar con él en la mano hasta detenerse ante el espejo. Niki inclina la cabeza, mirándose. Alessandro está tumbado en la cama, apoyado sobre un brazo y mira su reflejo. Sus miradas se cruzan. Él sonríe.
– Venga, ¿no te lo vas a probar?
– Sí. Pero cierra los ojos.
Niki empieza a desnudarse, se da cuenta de que los ojos de Alessandro están un poco activos.
– No me fío. -Y apaga la luz. Reflejos nocturnos y la luz de alguna farola lejana y de estrellas ocultas se cuelan entre las cortinas cerradas de la habitación. Niki se acerca a la cama, se sube a ella por el lado de Alessandro, pero permanece apoyada sobre las rodillas. Parece que la hayan dibujado con ese contraluz azul.
– Bien… -Voz cálida y sensual-. ¿Qué tal me queda?
Alessandro abre los ojos. La acaricia suavemente con una mano, buscando el tejido de seda. Baja por las piernas y sigue hacia arriba, más arriba, hasta las caderas, pero no encuentra nada.
– ¿Eres una nube acaso? -Y Niki se ríe-. Pues claro, ¿has visto que camisón más ligero? Casi no se nota.
Y un beso, y otra carcajada. Y una noche que pierde sus confines. Y al final las estrellas francesas se ven obligadas a admitirlo. Sí. Otra victoria más. Los italianos lo hacen mejor.
Al día siguiente, un fantástico desayuno en la cama. Cruasanes y huevos escalfados, zumo de naranja y pequeños dulces. Y periódicos italianos que ni siquiera se han abierto. Y se van en un coche alquilado directamente en el hotel. En cuanto se lo traen, se suben con un mapa lleno de indicaciones que les ha escrito encima el joven conserje.
Alessandro conduce mientras Niki le hace de copiloto.
– Derecha, izquierda, derecha de nuevo, sigue recto… al final tienes que girar a la izquierda. -Y se ríe mientras le da un pequeño mordisco a la baguette que se ha traído.
Alessandro la mira.
– Eh, hay que ver lo que comes…
Niki acaba de masticar. Cambia de expresión.
– Sí, es raro, ¿verdad? No será que…
Alessandro la mira preocupado.
– ¿Niki…?
Ella sonríe.
– Todo bajo control. Me bajó la semana pasada. Es que cuando estoy feliz me entra hambre.
Y siguen por la carretera que sale de París, pero sin alejarse demasiado.
– Mira, allí, es allí. -Niki señala un cartel-. Eurodisney, tres kilómetros. Ya casi hemos llegado.
Poco después aparcan y se bajan.
Y echan a correr cogidos de la mano. Sacan las entradas y entran.
Rápidamente, se pierden entre otras personas que sonríen como ellos, chiquillos de todas las edades en busca de sueños.
– ¡Mira, mira, ahí está Mickey! -Niki le aprieta la mano-. ¡Alex, hazme una foto!
– ¡No tengo cámara!
– No me lo puedo creer. Lo has organizado todo a la perfección y vas y te olvidas lo más simple, la máquina de fotos.
– ¡Eso tiene fácil remedio! -Y se compran de inmediato una Kodak de usar y tirar. Y el apretón de manos con Mickey queda inmortalizado al momento. Después un beso a Donald, el abrazo de Goofy y el saludo de Chip y Chop, y otra foto con Cenicienta.
– ¡Ahora sí que estás preciosa con esa corona en la cabeza!
Niki lo mira extrañada.
– Pero ¡si yo no tengo ninguna corona! -Entonces Niki mira a Cenicienta, una chica muy hermosa que está a su lado, alta, rubia, etérea, con una sonrisa verdaderamente de fábula. Niki le echa una mirada fulminante a Alessandro, que sonríe.
– Uy, disculpa…, me he confundido. -Y Alessandro sale corriendo, con Niki persiguiéndolo. La Cenicienta se queda allí, sin decir una palabra, parada ante su castillo, mirándolos. Luego se encoge de hombros y sonríe a nuevos visitantes. Por supuesto, no puede entender que también aquello es una fábula.
Y Alessandro y Niki continúan con su paseo, se suben a las Montañas Rocosas y después entran en el mundo de Peter Pan, navegan con el capitán Garfio, se dejan caer por el Oeste, comen algo en un saloon y al final, de repente, van a parar al futuro, a bordo de una máquina del tiempo. Tropiezan con Leonardo da Vinci y atraviesan las épocas más diversas. Desde las cavernas hasta el Renacimiento, de la Revolución francesa a los años veinte.
– Oye, podré decirle a mi madre que he estado estudiando historia.
Y siguen, continúan. Se montan en las Space Mountain. Una montaña rusa a velocidad supersónica, sobre el vacío, apuntando hacia la luna para, una vez alcanzada, girar de golpe a la derecha, dejándola atrás y caer de nuevo, con los pelos de punta y el corazón en la garganta latiendo a mil por hora. Las manos muy apretadas sobre el pasamanos de hierro, gritando hasta desgañitarse, con los ojos cerrados, la propia felicidad alocada, irrefrenable, ilimitada.