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Alessandro lo mira y le sonríe.

– Esto es algo que siempre había soñado hacer. Desde que era pequeño quería montarme en un minikart, pero nunca había podido.

– Y hoy lo has conseguido.

– Ya. -El padre lo mira levemente absorto-. Me has dejado ganar.

– No, papá. En serio que ibas muy rápido. Incluso has tomado una curva girando el volante al contrario.

– Sí, pero no he levantado el pie del acelerador, al contrario, he pisado más a fondo; de lo contrario hubiese perdido el control. Ha sido una carrera muy bonita.

– Sí, mucho.

Al llegar a casa de sus padres, Alessandro se detiene.

– Aquí estamos…

El padre lo mira.

– Cuando doy una pincelada de verde en la tela, no quiere decir que sea hierba, cuando la doy de azul, no quiere decir que sea el cielo.

Alessandro lo mira sorprendido. No entiende.

– Es de Henri Matisse. Ya sé que no tiene nada que ver, pero me gustó cuando la leí. -Luigi se baja del coche y se inclina para despedirse.

– ¿Sabes, Alex? No sé si un día me recordarás por esa frase que no es mía, o por la curva… no sé qué es peor…

– Lo peor sería que no te recordase.

– Eso por supuesto… Para mí al menos. Querría decir que no he sabido hacer nada bueno.

– Papá…

– Tienes razón. Dejémoslo. En el fondo, he conseguido derrotar a mi hijo a los setenta años. De todos modos, tu madre me va a acribillar a preguntas. Y lo que más le interesará saber es cómo te va con Elena, si ha vuelto a casa.

Alessandro sonríe.

– Entonces dile que has ganado la carrera de minikart… Y que yo estoy feliz.

Noventa y nueve

Y pasan los días. Días de estudio. Días de amor. Días importantes.

Alessandro está reunido con todo su equipo.

– Bien, vuestras propuestas son buenas, muy buenas, pero todavía les falta algo. No sé qué, pero algo… -Mira a su alrededor-. ¿Dónde se ha metido Andrea Soldini?

– ¡Ah, seguramente lo que falta es él!

Dario extiende los brazos al tiempo que Michela, Giorgia y otras personas del equipo se echan a reír.

Justo en ese momento, entra Andrea Soldini jadeante.

– He tenido que salir un minuto, disculpad, tenía que enviar un paquete.

Alessandro lo mira.

– ¿Cómo? Ahora no teníamos que enviar nuevas pruebas, ¿no?

– No. -Andrea Soldini se muestra un poco nervioso-. Era algo privado.

Alessandro suspira.

– Os lo pido por favor, sólo falta una semana. Las pruebas que hagamos, si es que llegamos a hacerlas, las enviaremos por e-mail y solamente para su aprobación. Hasta el próximo domingo, tenéis que dedicaros en cuerpo y alma. No podéis ni respirar, ni comer, ni dormir.

Dario levanta la mano.

– ¿Se puede follar si mientras tanto se piensa en la idea?

– ¡Si después se te ocurre algo, sí!

– ¿Qué dices? Eso no se piensa dos veces… Se te ocurre y basta…

Todos se echan a reír. Una de las chicas se pone roja. Alessandro vuelve a poner orden en la reunión.

– Por favor, ¡ya vale! Venga, sigamos trabajando. ¿Por dónde íbamos?

Justo en ese momento suena su móvil.

– Disculpadme un instante. -Alessandro se va hacia la ventana-.¿Sí?

– Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos a ti, Alex… ¡¿Creías que se me había olvidado?!

Alessandro mira su reloj. Es verdad. Hoy es 11 de junio. Es mi cumpleaños.

– Niki, no te lo vas a creer. El que no se acordaba era yo.

– Bueno, ya lo arreglaré yo por los dos. He hecho una reserva en un lugar fantástico y eres mi invitado. ¿Podrás pasarme a recoger a las nueve?

Alessandro suspira. En realidad, le gustaría trabajar. O mejor dicho, debería. De repente ve Lugano cada vez más cercano.

– Sí. Pero no podré llegar antes de las nueve y media.

– De acuerdo. Buen trabajo entonces, y hasta luego.

Alessandro cierra su teléfono móvil. Se da la vuelta. Todos los chicos del equipo llevan en la cabeza unos gorritos de colores y sobre la mesa hay una gran bandeja llena de exquisita repostería. A su lado hay una bolsa de Mondi recién abierta.

– ¡Felicidades, jefe! ¡Casi se nos olvida también a nosotros por culpa de esta maldita LaLuna!

Andrea Soldini tiene una botella en la mano.

– Había bajado a por esto… Lo he dejado todo aquí fuera. ¡Sabía que antes o después te distraerías!

Alessandro sonríe azorado.

– Gracias, chicos, gracias.

Dario, Giorgia y Michela se le acercan con un paquete en la mano.

– Felicidades, boss…

– No teníais por qué…

– Ya lo sabemos, pero así esperamos obtener un pequeño aumento.

– Es de parte de todos nosotros…

Alessandro abre el paquete. Entre sus manos aparece un precioso lector de Mp3 y un CD, Moon, en el que han escrito «Felicidades… ¡así no cambiamos de tema! ¡Tu estupendo equipo!».

Andrea Soldini destapa la botella y empieza a servir champán en los vasos de plástico que Darío le va pasando.

– Venga, coged un vaso, id pasándolos.

Finalmente, todos tienen uno. De modo que Alessandro levanta el suyo. De repente, se hace el silencio en la habitación. Alessandro se aclara la voz.

– Bueno, me alegra que os hayáis acordado. Me ha gustado mucho el regalo, la idea del CD es muy divertida… Cuando queréis… ¡ya veo que sois creativos y se os ocurren ideas! ¡De modo que espero que pronto deis con una que nos permita tener nuestra anhelada, sufrida y merecida victoria! -Levanta el vaso-. ¡Por todos nosotros, conquistadores de LaLuna!

Todos lo siguen sonrientes, deseándole felicidades, jefe, felicidades, Alex. Feliz cumpleaños… Alessandro sonríe mientras entrechoca su vaso de plástico con el de los demás. Toma un sorbo. Pero pequeño. No quiere exagerar. Y, sobre todo, lo que más le gustaría para su cumpleaños sería encontrar de una vez por todas la maldita idea para los japoneses.

Por la tarde, todo el equipo está trabajando con empeño, a los acordes del CD. Alguno le trae una propuesta, un apunte, alguna vieja idea. Andrea Soldini ha encontrado un viejo anuncio aparecido en un periódico hace un montón de tiempo.

– Esto no estaba mal, Alex. -Y deja la revista sobre la mesa frente a él.

Alessandro se inclina hacia delante para verlo mejor. Andrea Soldini aprovecha para meterle algo en el bolsillo. Alessandro no se da cuenta de nada y continúa observando con atención el viejo anuncio. Luego niega con la cabeza.

– No… no funciona. Está pasado de moda. No da más de sí.

Andrea Soldini se encoge de hombros.

– Lástima, bueno, al menos yo lo he intentado… -Y se aleja.

Luego sonríe por lo bajini. Puede que, en cuanto al anuncio, su propuesta no haya funcionado. Pero en lo que respecta al resto… le ha salido a la perfección.

Cien

Las ocho y media. Alessandro entra agotado en el ascensor de su casa. Se mira al espejo. En su cara se aprecia perfectamente toda la fatiga de ese día. Sobre todo el estrés de no haber encontrado aún una idea ganadora. Las puertas del ascensor se abren. Alessandro mete la mano en el bolsillo de la chaqueta. Saca las llaves. Le basta con abrir un poco la puerta de la entrada para que el cansancio le desaparezca de golpe.

Eh, pero ¿qué pasa? ¿Quién ha entrado? Por todo el salón hay repartidas pequeñas velas perfumadas, encendidas. Las llamas bailan movidas por una ligera brisa. Una música suave se difunde por toda la casa. Un perfume de cedro hace que resulte más limpia y fresca. En el centro del salón, en el suelo, hay dos recipientes de barro, grandes y bajos, de color claro, llenos de pétalos de rosa. Y de ellos emana un perfume aún más fuerte, embriagador. Alessandro no sabe qué pensar. Sólo otra persona tiene las llaves de casa. Y nunca las ha devuelto. Elena. Pero en ese preciso instante, su duda, ese miedo, esa extraña preocupación, se desvanece. Una suave música japonesa de sonidos antiguos, ancestrales, ritmos secos, inconfundibles. De la penumbra del dormitorio sale ella. Un kimono blanco, con pequeños dibujos bordados en plata, lo mismo que la cinta que le ciñe la cintura. Pequeñas sandalias en los pies, y el paso corto, rítmico, típico de las auténticas japonesas. Las manos juntas frente al pecho. El cabello recogido, tan sólo un pequeño mechón castaño claro ha logrado escapar de esa extraña captura.