– Hola… Venimos a buscar el coche.
– Sí, ¿dónde lo tenía aparcado?
– En via della Penna.
– Sí, acaba de llegar. Es un Mercedes ML, ¿no? Serán ciento veinte euros más sesenta de transporte. En total, ciento ochenta euros.
Alessandro le da su tarjeta de crédito. Después de cobrar, por fin le permiten entrar en el parking.
– Allí está, allí está, ¿no es ése? -Niki corre hacia un Mercedes aparcado en la penumbra. Alessandro prueba a abrirlo con el mando a distancia. Se encienden los cuatro intermitentes.
– Sí, es ése.
Niki se sube en un periquete. Alessandro la sigue. Salen lentamente del parking. Él la mira con la ceja ligeramente levantada.
– Ese accidente empieza a resultarme caro. Si te pido que salgamos como una pareja normal, a lo mejor ahorro.
– Qué va. El dinero tiene que circular, eso ayuda a la economía nacional. Es algo que hay que hacer para saberlo. Además, perdona, pero el director creativo eres tú, ¿no?, y esto es un estudio de mercado. Has visto gente, has saboreado una realidad diferente a la tuya. Ah, y de tu lista de gastos de hoy tienes que restar el mío.
– ¿Cuál?
– Los ocho euros de los batidos.
– No faltaba más… En cuanto quede libre un puesto en la empresa, te cojo de contable.
– Gira, gira ahí a la derecha.
– Eres peor que un navegador roto.
Pasan por delante del Cineporto y salen a una explanada enorme, completamente vacía. Tan sólo hay algún coche aparcado al fondo.
– ¿Y qué hay aquí?
– Nada.
– Entonces, ¿qué hacemos aquí? -Alessandro la mira un momento perplejo. Levanta una ceja-. Aquí vienen normalmente parejitas -dice él. Y le sonríe.
– Sí. Pero también los de las autoescuelas.
– ¿Y nosotros a qué grupo pertenecemos?
– Al segundo. Venga, quítate, déjame que pruebe a conducir tu coche.
– ¿Bromeas?
– Venga, no te hagas el duro. De todos modos, ya es tarde para ir a la oficina. Venga, hasta ahora hemos estado haciendo un estudio de mercado y, por una cifra ridícula, te he dado un montón de datos útiles. Eso te hubiese costado una barbaridad. Ahora tienes que ser un poco generoso. Ya tengo el permiso de prácticas. Vamos, déjame practicar un poco.
– De acuerdo, pero ve despacio, y sin salir de aquí.
Alessandro se baja del coche y da la vuelta, pasando por delante del capó. La mira mientras ella pasa de un asiento al otro por encima del cambio de marchas. Se aposenta bien, mete uno de los CD comprados en Mensajes y pone la música a todo volumen. Alessandro aún no ha tenido tiempo de cerrar la puerta cuando Niki arranca de sopetón.
– ¡Eh, despacio! ¡Despacio! ¡Y ponte el cinturón!
El Mercedes se queda clavado. Después vuelve a ponerse en marcha en seguida. Alessandro se inclina hacia Niki.
– Eh, ¿qué haces -protesta ella-, qué pretendes? ¿Te estás aprovechando?
– Pero ¿qué dices? ¡Te estoy poniendo el cinturón!
Alessandro se lo ajusta y se lo cierra. Niki intenta cambiar de marcha, pero se equivoca de pedal y frena.
– Eh, ¡no hay embrague!
– No.
– ¿Cómo?
– Esa palanca a la que te has agarrado como un pulpo, no son las marchas… Se llama cambio automático. Para ser exactos, 7G-Tronic, y va provisto también del sistema direct selection. Basta con un toque suavecito para que entre la marcha.
– Entonces no vale. Así no me sirve de nada. -No obstante, Niki arranca de nuevo, traza una pequeña curva estrecha, acelera. No se percata de que otro coche está entrando en ese momento en la explanada. Frena como puede, pero le da de lleno y rompe el faro de la derecha y abolla parte del lateral. Alessandro, que todavía no había tenido tiempo de ponerse el cinturón, se ve impulsado hacia delante y acaba con la mejilla aplastada contra el cristal.
– ¡Ay! No me lo puedo creer, no me lo creo, eres un desastre. -Se toca repetidamente la nariz, preocupado, y se mira la mano buscando sangre.
– No tienes sangre -dice Niki-. Venga, que no te has hecho nada.
Alessandro ni siquiera la escucha. Abre la puerta y se baja a toda prisa.
Niki baja también.
– Pero señor, ¿adónde mira? ¡Yo tenía preferencia!
El otro conductor sale de su coche.
– ¡¿Qué?!
Es alto, gordo y mayor, de unos cincuenta, cabello oscuro y manos nudosas. En resumen, uno de esos tipos que, si quieren, pueden hacer daño. Y mucho.
– Oye, chiquilla, ¿estás de coña? Yo venía por la derecha. Tú ni siquiera me has visto. Me has acertado tan de pleno que ni en el tiro al blanco. Y menos mal que en el último momento has frenado, que si no ni siquiera estaríamos aquí hablando. Mira esto, mira el estropicio que has hecho…
– Sí, pero usted no ha mirado. Lo he visto, estaba distraído con la señora.
Una mujer baja del coche.
– Disculpa, pero ¿qué estás diciendo? Ni siquiera estábamos hablando…
Alessandro decide intervenir.
– Vale, vale, calma, lo importante es que nadie se ha hecho daño, ¿no?
El señor mueve la cabeza.
– Yo no. ¿Y tú, Giovanna? ¿Te has dado un golpe en la cabeza? ¿Te ha dado un latigazo? ¿Te duele el cuello?
– No, Gianfrá, nada.
– Perfecto. -Alessandro se mete en el coche. Niki va con él.
– ¿Se me está hinchando la nariz?
– Qué va, estás hecho un primor. Oye, en mi opinión estos dos han venido aquí a lo que han venido, ¿entiendes? Ambos llevan alianza. De modo que están casados. Si dices que vas a llamar a la policía y que quieres hacer un parte verbal, a lo mejor se asustan y se van.
– ¿Tú crees?
– Seguro.
– Niki…
– ¿Qué?
– Hasta ahora no has acertado una… El aparcamiento, el billete del autobús. ¿Estás segura de que quieres atreverte con la policía?
Niki pone los brazos en jarra.
– ¿Los batidos eran buenos?
– Buenísimos.
– Pues ya ves cómo a veces acierto en algo. Dame otra oportunidad…
– Ok.
Alessandro sale del Mercedes.
– Creía que tenía un parte amistoso y resulta que no. Me parece que tendremos que llamar a la Guardia Urbana, para que levanten el atestado… y podamos hacer un parte verbal.
La mujer mira al hombre.
– Gianfrá, me parece que eso va a tardar bastante.
Niki mira satisfecha a Alessandro y le guiña un ojo.
Gianfranco se toca la barbilla, pensativo. Niki interviene.
– En vista de la situación… hagamos como si nada hubiera pasado: vosotros os vais y nosotros también.
Gianfranco la mira perplejo. No entiende.
– ¿Y el coche que me has destrozado?
– Gajes del oficio -osa decir Niki.
– ¿Qué? ¿Estás de coña? La única vez que salgo con mi mujer para estar a solas un rato porque ya no puedo más, mis hijos siempre en casa, con una decena de amigos, busco un sitio donde estar tranquilo con ella, ¿y ahora, por tu culpa, tengo yo que pagar el pato? ¡Mira, tía lista, a la Urbana la voy a llamar yo de inmediato, y esperaremos lo que haya que esperar! ¡Aunque sea un año! -Gianfranco saca su móvil del bolsillo y marca un número.
Niki se acerca a Alessandro.
– Ok, no he dicho nada…
– Eso.
– ¿Tienes un parte en el coche o no?
– Claro que tengo, pero he fingido que no por tu espléndida historia de los amantes.
– Entonces cógelo…
– Pero ya está llamando a los urbanos.
– Será mejor que lo saques… ¡Fíate de mí!
– Pero ¡se van a dar cuenta de que íbamos de farol!
– Alex… no tengo permiso de prácticas y tengo diecisiete años.
– Pero me dijiste que… aaah, contigo renuncio.
Alessandro se tira dentro del coche y sale un segundo después con un folio en la mano.