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Enrico no le hace caso.

– Sí, antes de irnos, a ti aún te quedaba un último examen en la universidad y luego la tesina. Nos fuimos con el Citroën de tu padre y vino también Pietro.

– Claro -confirmó Pietro-. Y luego fundimos el motor…

– ¡Sí, y ninguno de vosotros dos quiso compartir los gastos!

– Pues claro, Alex, perdona, pero tú hubieses ido de todos modos ¿verdad? Aunque fuese sin nosotros. ¡Hubieses cogido igual el coche y te habría sucedido lo mismo, aunque no hubiésemos estado él y yo!

– ¡Pues entonces mejor que me hubiese ido solo!

– Eso no. Porque gracias a nosotros conociste a aquellas tías alemanas.

– ¡No te digo! -exclama Susanna-. No hay una sola historia en la que no aparezcan extranjeras.

– Naturalmente. Son precisamente ellas las que han promocionado la marca de latín lover italiano en el extranjero.

– Ya, pero resulta extraño que eso se considere así tan sólo fuera de Italia. -Cristina parte un bastoncito de pan-. Se ve que las extranjeras llevan la Viagra incorporada.

Susanna y Camilla se echan a reír. Enrico continúa:

– Sea como sea, eran fabulosas de verdad. Altas, rubias, guapísimas, en forma, parecían el anuncio de la cerveza Peroni.

– Ya, ese que hice yo de verdad cinco años más tarde.

– ¡Eh, que nosotros ya les habíamos hecho las pruebas entonces!

Enrico y Flavio se ríen. También Alessandro. Después se acuerda de las rusas y, por un instante se pone serio. Pietro se da cuenta y cambia rápidamente de tema.

– Qué lástima que no vinieses, Flavio, te hubieses divertido de lo lindo. ¿Os acordáis de aquella noche en que nos bañamos desnudos en Siracusa?

– ¡Sí, con las extranjeras!

– ¡Tú nos escondiste la ropa! ¡Pensabas que nos ibas a fastidiar y en cambio la bromita ayudó!

– Fue bonito, podría servir para un anuncio. ¿Por qué no viniste, Flavio? ¿Estabas en la mili?

– No, me tocó al año siguiente.

– Pero ¿Cristina y tú ya estabais juntos? Porque el invierno siguiente, cuando nos fuimos a la montaña… -Parece que Pietro se acuerde de algo-. No, no, nada.

Cristina sonríe y comprende perfectamente el juego.

– Sí, sí, también allí había extranjeras, suecas… Pero aunque fuese verdad… ¡Flavio no habría hecho nada! Siempre me ha sido aburridamente fiel.

– ¡No, no, espera… peor! Allí, en una fiesta organizada por el hotel, vino una stripper para un espectáculo porno. Bromas aparte, chicos, ¿os acordáis?

– Cómo no… ¡Cómo se sentaba en las piernas!

– Sí, y luego caminaba entre el público, elegía a un tipo y, totalmente desnuda, se echaba un poco de nata por encima y hacía que él se la lamiese.

– Sí, terrible. Y eso que entre el público también había niños. Yo creo que no se recuperaron nunca. Uno debió de acabar siendo amigo de Pacciani, el asesino.

– ¡Pietro! ¡Qué chistes son ésos! Eres terrible.

– Pero mi amor, los que son terribles son los padres. A ver, ¿cómo dejaban que los niños asistiesen a un espectáculo de ese tipo? ¿Tú dejarías que los nuestros viesen un show sin saber de qué se trata?

– Yo no. El problema es que, a un espectáculo de ese tipo, los llevarías tú directamente.

– Sí, pero no es lo mismo, yo lo haría con fines educativos.

– Ah sí, claro… Muy propio de ti.

Llega el camarero.

– Buenas noches, ¿han decidido ya lo que van a pedir?

– Sí, gracias.

Susanna vuelve a abrir la carta, indecisa.

– ¿Os acordáis de aquella vez que fuimos al Buchetto y el camarero acabó echándonos por la cantidad de veces que cambiamos de opinión?

– ¿Otra vez? -Camilla resopla-. ¿Vas a volver a empezar con los recuerdos? ¿Qué pasa, que sólo teníais vida entonces? La vida es ahora.

– … Sí, en el viejo albergue Tierra y cada uno en su habitación…

– Como frase está bien. Sería un buen eslogan.

– Repito -prosigue Camilla-, no miréis tanto atrás, si no, os perderéis el presente. Debéis estar siempre atentos al presente.

El camarero, que ha asistido a toda la escena, pregunta educadamente:

– ¿Quieren que vuelva más tarde?

Cristina se hace cargo de la situación.

– No, no, disculpe, pedimos ahora. Bien, para mí una caponata…

Suena el teléfono móvil de Alessandro. Mira la pantalla. Sonríe. Se levanta de la mesa.

– Disculpad… mire, yo tomaré un carpaccio de pez espada y unos involtini al estilo de Messina… -Y se aleja, saliendo del local. Todos lo miran. Alessandro abre su teléfono fuera del restaurante.

– Sí…

– ¡No me lo puedo creer! Todo iba de lo más bien y vas tú y la pifias.

– Pero Niki, sólo te he hecho un favor…

– ¡Sí, pero hay un pequeño detalle! Yo no te lo había pedido. Todos los chicos lo hacen, se creen que pueden conquistarme con el dinero. Pero se equivocan.

– Pero Niki, en realidad…

– Y la frase… «Hola, te he recargado. Yo te recargo, tú me recargas, él se recarga.» Madre mía, es pésima.

– Sólo quería ser amable.

– Pues sólo has sido un gilipollas. Y que te quede claro, no me has recargado a mí, ¡tan sólo has recargado el móvil! Existe una gran diferencia. A lo mejor las rusas aprecian estas cosas, pero yo no.

– Escucha, sólo ha sido un gesto…

– … Excesivo. Cien euros. ¿Qué querías demostrar?

– Me sentía en deuda y por eso…

– Y por eso ya no podemos volver a salir.

– Ahora eres tú la pesada.

Niki se queda en silencio.

– Eh, ¿qué pasa?

– Estoy pensando. ¿Qué pasa?, con la cantidad de saldo que me has puesto supongo que es que tienes ganas de hablar por teléfono.

– Venga, no te lo tomes a mal, sólo quería ser agradable. Hagamos una cosa: me debes cincuenta batidos.

– No, cuarenta y siete y medio.

– ¿Por qué?

– Porque cinco euros de la recarga se los quedan los cabrones de la compañía telefónica.

– Está bien, entonces les reclamaré a ellos dos batidos y medio. Venga, bromas aparte… ¿Todo en orden? ¿Hacemos las paces?

– Hummm… Tengo que pensarlo.

– Mira, cuando te pones así, eres más pesada que la Bernardi.

– Ni hablar. Vale. Me has hecho reír. En paz.

Alessandro no tiene tiempo de añadir nada. Niki ha colgado ya. Justo en ese momento, Pietro, Flavio y Enrico salen del restaurante.

– ¡Con la excusa de que no se puede fumar dentro, podemos dejarlas y salir! Eh, ¿era Elena? ¿Habéis hecho las paces?

– No, era una amiga mía.

Pietro le da una calada al cigarrillo y pregunta curioso.

– ¿Una amiga tuya? ¿Y desde cuando una amiga tuya tiene acceso a tu número de móvil?

– Amiga por decirlo de algún modo, hemos chocado esta mañana.

– ¿Edad?

– Diecisiete.

– Problemas a la vista.

– Sí, para ti que estás enfermo. Para mí es sólo un accidente, y como mucho una amiga.

– Exceso de seguridad. Muchos problemas a la vista. -Pietro le da otra calada al cigarrillo. Después lo tira-. Chicos, yo entro. Ya nos acusan de hablar siempre del pasado, no quisiera que sospechasen también del presente. De todos modos… -y mira a Alessandro-, no se sale de un restaurante sólo para hablar de un accidente.

Flavio lo sigue.

– Voy contigo.

Enrico le da una tranquila calada a su cigarrillo.

– ¿Es guapa?

– Mucho.

– Hoy te he estado buscando en el despacho. No estabas.

– He ido a dar una vuelta con ella.

– Bien, me alegro de que hayas salido con una chica.

– ¿Sabes?, es que estoy pasando por un momento un poco especial con Elena…

– Alessandro…

– ¿Sí?

– Todos sabemos que te ha dejado.

– No me ha dejado…