– Alex, hará como un mes que no se la ve, y en tu casa no queda nada suyo.
– ¿Te lo ha dicho Pietro? No tenía que haberlo invitado anoche.
– Somos tus amigos, siempre hemos estado contigo, te queremos. Si no nos lo dices a nosotros… ¿a quién se lo vas a decir?
– Tienes razón. ¿Por qué me buscabas?
– Es un asunto delicado, no me apetece hablarlo ahora.
– Vale, pero mañana me lo cuentas.
– Por supuesto. Entremos.
Alessandro y Enrico se dirigen a la mesa.
– Eh, menos mal, acaban de traer los entrantes.
Alessandro se sienta.
– Bien, antes de comer, quisiera deciros una cosa.
Todos se vuelven hacia él.
– ¿Qué es, la oración de la última cena?
Susanna le da un codazo a Pietro.
– Chissst.
Alessandro mira a sus amigos. Esboza una pequeña sonrisa para superar el embarazo.
– No… Es que Elena y yo lo hemos dejado.
Veintiséis
Casa de Niki. Roberto, su padre, está en la cama. Está leyendo. Simona coge carrerilla y se tumba junto a él, riendo. Resbala y cae de lado, acabando con el brazo sobre Roberto, que se dobla en dos al recibir un golpe en el estómago.
– Ayyy, me has hecho daño, me has dado un golpe.
– ¿No me has reconocido?
– Perdona, ¿tú no eres mi mujer?
Simona le da otro golpe en el estómago, esta vez adrede.
– ¡Ayyy! Pero ¿qué te pasa conmigo esta noche?
– ¿Que qué me pasa? Te hago una interpretación perfecta, una interpretación digna de un Oscar, y tú nada. ¿No te he parecido Julia Roberts en Pretty Woman, cuando corre feliz y se tira en la cama?
– Se me ha ocurrido por un momento, pero no pensaba que mi mujer llegase a tanto.
– ¿A qué te refieres?
– A que la hiciese feliz imitar a una prostituta.
– Mira que eres simple. -Simona resopla-. A veces eres terrible. Te advierto que estás poniendo en peligro un matrimonio.
– ¿Cuál?
– El nuestro.
– En absoluto, puedes estar tranquila, ése ya está acabado.
– ¿Y todo eso que me dijiste la otra noche? Que, por cierto, no me parecían palabras tuyas…
– Era sólo para llevarte a la cama.
Simona salta encima de él y empieza a darle golpes, bromeando y riendo.
– Idiota, mentiroso. Pues sea como sea, malgastaste esfuerzos. -Simona vuelve a tenderse a su lado, levanta las cejas y le sonríe.
– ¿Por qué?
– Porque me hubiese ido a la cama contigo igualmente. No hacía falta que te tomases tantas molestias.
– Vaya, entonces es verdad que el matrimonio es la tumba del amor. Tú ves nuestra relación como un contrato. ¿Sabes que hay gente que fija un día a la semana para darse el revolcón?
– ¿En serio? No me lo puedo creer. Qué triste…
– Al menos nosotros lo hacemos al azar.
– ¡Sí, somos dos desenfrenados!
– ¿Se puede saber a qué viene tanta felicidad?
– Es por Niki.
Roberto cierra su libro y lo deja de nuevo en la mesita.
– Creo que se me han pasado las ganas de leer por esta noche.
– Espera sólo un momento, ¿eh…? -Empieza a dar largos suspiros.
– Pero ¿qué haces? ¿Qué te propones?
– He leído un artículo en el que decían que todo tiene remedio. Estoy practicando la autosugestión. Calculo todas las posibles cosas que puedes decirme y preparo mi mente y mi alma para el terremoto emotivo que podrías causarme con cualquier noticia sobre Niki.
– Ah, me parece una idea excelente.
Roberto continúa oxigenándose, con largas y profundas inspiraciones.
– Ya, pero piensa que, tarde o temprano, mi corazón fallará gracias a vosotras dos. Ok -cierra los ojos-, estoy preparado.
– ¿Preparado?
– Sí, ya te lo he dicho. Adelante.
– Bien -Simona se alisa el camisón-, el otro día, Niki y yo… salimos.
– Hasta aquí todo en orden.
– Y nos fuimos de compras.
Roberto abre un solo ojo y la mira de soslayo.
– Vale, lo sabía, lo sabía, no estaba preparado para esto. -Golpea la cama con los puños-. A la porra mi autosugestión. Ya lo sé. Mañana recibiré su llamada.
– ¿La llamada de quién?
– Del director del banco. Porque habréis dejado seca la cuenta, ¿no?
– Pero qué idiota eres.
– Es que además del libro sobre la autosugestión he leído otro sobre las compras compulsivas. Creo que causan un daño aún mayor que los divorcios.
– Nos compramos de todo y nada.
– ¿Más de todo o más de nada?
– No seas tacaño. Ir de compras, en este caso, era más una ocasión de intercambio, de convivencia, de intensificación de la relación madre-hija, algo imposible de cuantificar. Niki tenía ganas de abrirse. Es importante, ¿no?
– Bueno, digamos que vuestros episodios se parecen a los de la serie «Beautiful», ahora lo veo claro. Lo comprendo.
– ¿El qué?
– Dentro de poco seré abuelo. Y él, el padre de mi nieto, es el sobrino del hermano del cuñado del vecino del director de mi banco, un agente secreto de pasado turbio que se ha rehabilitado mediante la participación en un proyecto solidario en Uganda. ¿Lo adoptarán?
– ¿A quién?
– A mi nieto.
– No.
– Entonces, ¿se escaparán a América a mis expensas para recuperar la antigua tradición de la famosa fuga de los amantes?
– No.
– Peor. Ya veo. No me digas nada. El director del banco no debe preocuparse. Debe ser despedido por haber aceptado a un cliente como yo, capaz de ocasionar un agujero en los fondos semejante al pozo de San Patricio. Se van a casar, ¿verdad?
– No. Pero ¿por qué te montas esas películas tan dramáticas?
– Porque los episodios de la vida de mi hija tienen siempre algo de thriller.
– Pero hablan de amor…
– Sí, pero no del marinero.
– Ja, muy bueno. ¡Estamos de buen humor, ¿eh?! Vale, me parece bien. Por otro lado, tienes una hija con la cabeza bien puesta sobre los hombros. Es tranquila, serena… A veces hasta demasiado.
– De acuerdo, después de esta afirmación hasta puedo retomar mi libro. Contigo es imposible entender nada. Eres la madre más absurda del mundo. Vas exactamente al contrario que todas las demás. ¿Te das cuenta? Ahora te sientes desilusionada porque Niki es una chica reposada y tranquila. -Abre el libro y sacude la cabeza.
– ¿Amor?
– ¿Sí?
– ¿Y no crees que te casaste conmigo justo por eso?
– Para ser sincero, de vez en cuando me pregunto por qué razón di ese paso hace veinte años.
– ¿Te arrepientes?
– No es eso, pero… -la mira con recelo- ¿no será que me diste a beber algún mejunje para que yo te hiciese tan insólita y preocupante petición? Si no, no se explica.
– Te odio. Me has ofendido. Mañana saldré en serio con Niki. Y no para hablar, sino para ir de compras. Y de las de verdad. El palo que le vamos a dar a la tarjeta de crédito será tan fuerte que tendrás que fugarte con el director del banco.
– Vaya, como aquellos dos de Brokeback Mountain.
– Sí, sólo que vosotros dos no os refugiaréis en Wyoming; como mucho en Pescasseroli, y endeudados hasta el cuello.
– Debo hacer constar que esto es un chantaje económico. Está bien, está bien, ya hablo. Ya sé por qué me casé contigo. -Roberto se da la vuelta, la mira con intensidad y se queda unos instantes en silencio, para crear suspense, a continuación, le sonríe.
– ¿Y bien? Me estás poniendo nerviosa.
– Es muy simple. Un verbo conjugado en tres tiempos.
– ¿Qué? No lo entiendo.
– Te amaba. Te amo. Te amaré.
Simona le sonríe.
– Salvado por la campana. Pero ya he dado con el castigo justo: regalarle una tarjeta de crédito a Niki.
– Mi amor -Roberto la abraza-, no vayas a caer tan bajo. -Y la besa-. ¿Y así qué? Aún no me has contado. Saliste con Niki, dilapidaste todo el dinero ¿y después? ¿Qué te contó?