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– ¿Y tú qué sabes si tiene bigotes?

– Los detectives siempre tienen. ¿No sabes que les sirven para camuflarse? Bueno, el caso es que seguro que pensaría: ¡Otro gilipollas! Otro al que engañan y me paga el alquiler.

Bueno, piensa para sí Alessandro mirando la hoja, en realidad aquí pone «mínimo precio»; pese a la situación, quiere ahorrar un poco.

– Ok, Enrico, iré. Sólo por ti.

– Gracias, ya me siento mejor, en serio.

– Sólo espero que no te arrepientas y que esto no arruine nuestra amistad.

– ¿Por qué tendría que ser así? Sé que puedo contar contigo. Siempre lo he sabido, y esto no es más que la enésima confirmación.

– ¿Sabes por qué te lo digo, Enrico? Porque, en demasiadas ocasiones, ocurre que un amigo, por hacer un favor, se mete en medio y al final al que abandonan es a él. Lo consideran culpable de que las cosas entre ellos empiecen a no ir bien…

– «Los celos conservan el amor, del mismo modo que las cenizas guardan el fuego», como decía Ninon de Lenclos. Pero a mí no me sirve. Sin celos me sentiré mucho mejor. Y sea lo que sea lo que descubras, espero que siempre seamos amigos.

– También yo lo espero.

– En realidad, lo que deseo es que ese tal Tony no descubra absolutamente nada.

Enrico echa un vistazo a su alrededor. Ahora está más relajado.

– Está bien esto, este despacho. Es extraño, pero nunca había venido.

Luego sonríe, ligeramente azorado.

– Es que antes no había habido necesidad. -Alessandro sonríe y se levanta del sillón-. Y tampoco esta vez. Sólo me has hecho una visita, me has dado una sorpresa. ¿Estás seguro de que no quieres nada, ni siquiera un café?

– No, gracias, en serio, estoy bien así. ¿Sabes lo que me gusta de ti? Que eres sólido de verdad.

– ¿Por qué lo dices?

– Bueno, aquí estás, sin perder la serenidad, ayudas a un amigo. Sólo el hecho de estar un rato contigo ya me ha relajado. Casi me quedaría toda la mañana.

– ¿Estás de broma? No tienes idea del drama empresarial en el que nos hallamos. Apareces en el peor momento de mi vida laboral.

– Bueno, pero por lo menos estás tranquilo en lo que respecta a la privada…

– No sé cuál de las dos tengo más liada.

– No obstante, anoche, cuando me dijiste que Elena y tú os habíais separado, me pareciste sereno.

– Ya. Si me va mal en la empresa, me dedicaré a la carrera de actor. Por lo que dices, no tengo que molestarme en fingir…

– ¿En serio estás mal?

– Mal es un eufemismo.

– Pues lo disimulas muy bien.

Justo en ese momento, suena el móvil de Alessandro que, de inmediato, lo saca de su bolsillo y responde sin ni siquiera mirar la pantalla.

– ¿Sí?

– Soy yo, Niki.

– Ah, hola, qué sorpresa. -Mira a Enrico, sonríe y después se da la vuelta hacia la ventana-. ¿Cómo es que me llamas? ¿No estás en clase?

– Debería. Pero ¡estoy escondida en el baño de los profesores! Tenía ganas de oírte.

– Ah, entiendo… ¿Y piensas acabar rápido?

– ¿En el baño? ¿De qué estás hablando?

– No me entiendes, ¿eh?

– Claro que te entiendo, te entiendo. ¿Estás reunido? Disculpa.

– No, estoy con un amigo mío que ha pasado a saludarme. -Se vuelve hacia Enrico y le sonríe.

– Y entonces, ¿por qué demonios hablas en clave, si estás con un amigo? Oye, no te entiendo. Eres el enigma de mi vida. Muchas de mis amigas hacen sudokus, cosa que a mí me parece complicadísima, pero comparados contigo son coser y cantar.

– Vale, Niki, ¿qué querías?

– Dios mío, qué quisquilloso… ¿Estás cabreado?

– No, pero no me gusta hablar por teléfono cuando estoy con otras personas.

– Ok, seré breve. A ver… El mecánico estará abierto. Stop. Me lo ha jurado. Stop. Acompáñame, porfa. Stop. ¿Has recibido bien el telegrama?

– Sí, sí, quedamos delante del instituto a la hora de siempre.

– Ok, perfecto. ¿Me mandas un beso?

– No.

– Venga, que todavía tengo un examen y tú me das suerte.

– Dalo por hecho.

– Gracias… ¡chico tímido! -Niki cuelga el teléfono.

Alessandro vuelve a guardar el suyo y, al mirar a Enrico, se da cuenta de que le está sonriendo. Parece más tranquilo.

– Disculpa, pero no he podido evitar oír lo que decías. Niki, a la hora de siempre, nos vemos en el instituto. ¿Quién es, tu sobrina? No es una de las hijas de tus hermanas, porque son demasiado pequeñas… Vale que hoy en día salen espabiladas, pero no me creo que con tres años ya hablen y llamen con el móvil. Ah, vale, ya lo tengo: ¿es una prima tuya? A lo mejor por parte de padre…

– Mira, para que no te devanes demasiado los sesos, se trata de la chica de la que os hablé anoche a la puerta del restaurante, la que conocí por casualidad. Ayer tuvimos un accidente.

– ¿Y ya os tomáis tantas confianzas?

– Sí.

– ¿Cuántos años dijiste que tenía?

– Diecisiete.

– Ay, te veo mal. Es decir, te veo bien. Ya sé por qué has superado la crisis con Elena. Esta Niki es tu distracción. No ha sido sólo un accidente.

– Si se convirtiese en una distracción, sería un grave accidente.

– Oye, date cuenta de que somos nosotros los que no queremos ver las cosas como son. Una chica de diecisiete años es ya una mujer. ¿Tú te acuerdas de lo que hacíamos nosotros hace veinte años? Quizá éramos más hombres entonces que ahora. En resumen, que, aparte de los años de más, no hay ninguna diferencia con lo que hacemos hoy en día en la cama. Con la salvedad de que nosotros tenemos alguna preocupación o algún problema de más que reduce un poco nuestras prestaciones.

Alessandro le sonríe.

– Escucha, Enrico, yo iré a ver a Tony Costa por ti, pero tú no intentes meterte en mi vida privada. No por nada, pero te asustarías.

– Lo dices por lo que ya has hecho, ¿eh? -dice Enrico con un guiño.

– No, por el enorme vacío que encontrarías.

– Mira, tú me has dicho muchas cosas, deja que ahora te diga yo una: ¡diviértete con esta Niki! Y luego… luego que sea lo que Dios quiera. Cuando Elena vuelva, todo volverá a ser como antes, no, mejor que antes. -Abre su cartera de piel, llena de documentos e impresos de comercial-. Toma. -Saca un CD de colores. Encima lleva escrito Love relax-. Es para ti.

– Bonito título, Love relax.

– ¿Te gusta? Es mío. Es una selección hecha por mí de las canciones más bellas, una detrás de otra, una serie con la que no puedes fallar con ninguna mujer. Quería utilizarlo una de estas noches para convencer a Camilla de que tengamos un hijo, pero me alegra dártelo a ti, para que lo uses con Niki.

– ¿Estás de broma? ¿Qué tiene que ver…?

– Claro que tiene que ver. Y lo sabes. De todos modos, yo lo tengo en el ordenador, puedo hacerme otra copia. Hay una canción que me gusta muchísimo, con todas las frases más bellas de Battisti. Se llama Las preguntas de Lucio. Tipo «¿Qué sabrás tú de un campo de trigo, nostalgia de un amor divino…?» Y después yo te doy la respuesta…

– ¡¿En serio?!

– Claro, siente la belleza de esas palabras… «¿Qué sabrás tú de un campo de trigo?» Tiene razón, ¿qué sabes? A menos que se esté allí, en medio de todas esas espigas, con un poco de brisa quizá, no se puede entender… También he trazado paralelismos con la cinematografía más pura, por ejemplo en Una habitación con vistas, el actor Julian Sands está en Florencia y, en un momento dado, se pone a pintar en un campo, y desgrana una espiga con la mano; entonces llega la actriz que hace de Lucy y se besan. Asimismo, en Gladiator, Rusell Crowe siempre toca las espigas con la mano, cuando siente que le falta el amor de su amada muerta; es el contacto con la tierra, es decir, que la espiga es el amor, ese amor que nace de la tierra y nos da el pan, así cuando encontramos a la persona deseada… el amor nace en nosotros. También está lo de «nostalgia de un amor divino», pero en mi opinión eso es un poco más difícil de comprender…