– ¡Hoy no ha venido mi madre!
– ¿Y entonces? Tanto mejor. Así pues, ¿por qué te escondes?
– Porque estaba mi ex.
Alessandro la mira con los ojos como platos.
– ¿Tu ex? ¿Y qué?
– Nada. No lo entenderías. Pero sobre todo…
– ¿Sobre todo?
– Es un tipo que puede llegar a las manos.
– Oye, yo no quiero inmiscuirme en vuestros asuntos.
– No te preocupes, no pasará nada. Por eso me he agachado.
– Pero es que yo no quiero que te agaches, yo quiero que no exista siquiera la posibilidad, que no haya ningún riesgo. Ni siquiera quiero conocer a este ex tuyo. No quiero…
– ¡Eh, eh! ¡Demasiados no quiero! ¿Sabes lo que me dice siempre mi padre? Que la hierba «no quiero» crece únicamente en el jardín del rey.
– Pero ¿qué dices? Ésa era la hierba «quiero». Y en cambio, en este caso, es «no quiero».
– ¡Bravo, te ha quedado muy bien la frase! Yo sé una de Woody Allen: los problemas son como el papel higiénico, tiras de uno y te salen diez.
– ¿Y qué quiere decir? ¿Que porque hemos tenido un accidente tenemos que tener diez más?
Niki alza las cejas.
– ¿Ya estamos discutiendo?
Alessandro la mira.
– No, estamos aclarando algunos puntos.
– Ah, vale. ¿Es para mejorar nuestra relación?
Alessandro vuelve a mirarla y sonríe.
– No, para darla por terminada.
– ¡Anda ya! -Niki apoya los pies en el salpicadero-. No entiendo por qué. Acabamos de conocernos, para ser exactos tú te me echaste encima, yo no hice nada, estamos empezando a conocernos… ¿Y tú decides dar por terminada nuestra relación?
– Quita los pies del salpicadero.
– Ok, los quito si seguimos manteniendo una buena relación.
– Una buena relación no se basa precisamente en condiciones; no hemos firmado ningún contrato.
– Ah, ¿no? Entonces ¡sigo con los pies en el salpicadero!
Alessandro intenta quitárselos con la mano.
– ¿Qué haces? ¿A que me pongo a gritar? ¿A que te denuncio? ¡Te abalanzaste sobre mí, destrozaste mi ciclomotor, me has raptado y ahora quieres violarme!
– En realidad, lo único que quiero es que quites los pies del salpicadero.
Alessandro lo intenta de nuevo y Niki se asoma por la ventanilla y empieza a gritar:
– ¡Socorro! ¡Ayuda!
Un tipo que está delante de un pequeño garaje con un ciclomotor, la mira asombrado.
– Niki, pero ¿qué haces? ¿Qué ocurre?
Ella se da cuenta de que se han detenido justo delante del taller del mecánico.
– Ah, nada… Hola, Mario. -Y se baja disimulando lo mejor que puede. Mario mira a Alessandro con desconfianza. Niki se da cuenta e intenta arreglarlo en seguida.
– ¡Mi amigo me estaba ayudando a ensayar una escena que tengo que hacer en el teatro!
Mario frunce el cejo.
– ¿También eso? Sabía que practicabas casi todos los deportes pero me faltaba lo del teatro.
– ¡Por eso mismo lo hago!
Mario se echa a reír mientras se frota las manos, que siguen sucias de la grasa y el aceite típicos de los mecánicos. Niki se vuelve hacia Alessandro y le sonríe.
– ¿Has visto? Siempre te cubro. -Y se aleja.
Alessandro intenta responder «¿Siempre, cuándo?», pero Niki ya está montada en su ciclomotor. Prueba a mover a izquierda y derecha la rueda delantera.
– ¡Eh, creo que está perfecta!
Mario se pone serio y se le acerca.
– Está perfecta. Veamos, le he cambiado la llanta delantera y la he vuelto a poner en su sitio y he alineado la trasera. El chasis sólo se había torcido un poco y por suerte he podido volver a enderezarlo, y como los neumáticos ya estaban lisos del todo, te los he cambiado.
– Vale. ¿Y cuánto te debo?
– Nada…
– ¿Nada?
– Te he dicho que nada. ¿No dijiste que no era culpa tuya?
– Por supuesto que no. -Niki sonríe orgullosa, mirando a Alessandro.
Mario extiende los brazos.
– Todo lo que te he hecho de más, se lo cargamos al tipo que se te echó encima. ¡Y mira que tu ciclomotor es duro! A saber en qué estaría pensando cuando te arrolló. Tenías que haber ido al hospital, Niki, y hacer que te diesen algún día y algunos puntos del seguro. ¡Esos cabrones tienen que pagarlo de alguna manera! -Niki mira a Mario y sonríe, intentando hacer que se calle. Pero Mario no se percata en absoluto de sus miradas. Es más, sigue y cada vez se pone más pesado-. Más caro de lo que lo pagaron en su momento, cuando robaron el carnet de conducir.
Alessandro no puede más y explota.
– ¡Oiga, a lo mejor iba un poco distraído y me le eché encima, pero el carnet me lo saqué honestamente! ¿Está claro?
Mario mira a Niki. Después a Alessandro serio. Luego a Niki otra vez. Y sonríe.
– Ya entiendo… ¡estáis actuando otra vez, ¿eh?! Ensayando vuestra escena de teatro…
Alessandro levanta la mano y lo manda a paseo. Después se va rápidamente hacia su coche, abre la puerta y se sienta dentro. Mario mira a Niki.
– Vaya, sí que es quisquilloso tu amigo.
– Lo sé, lo hicieron así. Pero ya verás cómo mejora.
– Eso será si sabes hacer milagros.
Niki coge el ciclomotor y lo arranca. Después se acerca a Alessandro, que baja la ventanilla.
– ¿Todo ok? ¿Va bien? ¿Funciona? -le pregunta él.
– Sí, perfecto, gracias. Has sido muy amable al acompañarme.
Mario baja la persiana del taller.
– ¡Oh, qué bonitos los tortolitos! Estáis ensayando otra escena, ¿eh? Yo me voy a comer. Espero que me invitéis al estreno. -Y tras decir esto, arranca un viejo Califfone y se aleja.
Niki sonríe a Alessandro.
– Él es así, pero como mecánico es buenísimo.
– ¡Sólo le faltaba ser encima una nulidad de mecánico! Entonces ¡sí que hubiese cantado bingo!
– ¡Qué manera tienes de hablar! Ya no sabes distinguir la realidad… Confundes la simplicidad y la belleza con la irrealidad de tus anuncios. Cantar bingo… Tú estás pasado, completamente out.
Niki mueve la cabeza y se va. Poco después, Alessandro la alcanza y baja la ventanilla.
– ¿Por qué siempre tienes que ofenderte?
– Mira, la realidad nunca debiera ser ofensiva, lo contrario significa que algo no va bien. -Niki sonríe y acelera un poco.
Alessandro le da alcance de nuevo.
– Ah, ¿sí? Puede ser, pero da la casualidad de que el ciclomotor, las bujías nuevas, el chasis reparado… todo eso se lo debes a mi irrealidad.
Niki aminora hasta dejarse casi adelantar.
– Estupendo, entonces a todas esas cosas añádeles gasolina.
Alessandro se asoma por la ventanilla.
– ¿Cómo?
– Que me he quedado sin gasolina.
Alessandro aminora la marcha, aparta el coche, pone el freno de mano y se baja.
– Perdona, pero no lo entiendo. ¿Ese mecánico tan genial no podía haberte echado un poco de gasolina para que pudieses llegar a casa?
– Pero ¿qué dices? ¿No lo sabes? Normalmente, lo que hacen, es sacar la que queda. A veces, para trabajar, la tumban en el suelo, y entonces el asiento se pondría perdido por debajo.
– ¿Y ahora qué hacemos?
– Echa un poco más atrás el coche. ¿Tienes un tubo?
– ¿Un tubo?
– Sí, para aspirarla de tu depósito…
– No, no tengo. -Alessandro se sube al coche retrocede un poco-. ¿Te crees que voy por ahí con un tubo?
Niki abre el cofre de su ciclomotor.
– ¡Qué suerte… yo tengo uno!
Saca un tubo verde de los de manguera, de más o menos de un metro y medio de largo.
– Estaba segura de que mi hermano me lo había mangado.
– ¿Tu hermano? ¿Cuántos años tiene?
– Once.
– ¿Y tiene moto?
– No, pero un amigo suyo, un tal Vanni, a quien en casa llamamos el espárrago, le ha pegado la afición a los coches con motor de explosión teledirigidos.
– ¿Y qué?