– Mastín, apúntalo en mi cuenta…
Mastín sonríe y empieza a recoger la mesa.
– Descuida, Niki. Vuelve pronto.
Alessandro y Niki se dirigen a la salida. Ella se detiene frente a la escultura. Alessandro se le acerca.
– El mar y el arrecife… Bonita, ¿verdad?
Niki lo mira seria.
– Ten en cuenta que a mí no me gustan.
– ¿Las esculturas?
– No, las mentiras.
Treinta y cinco
El Mercedes circula veloz por la autopista que rodea Roma. Una tarde tranquila en la que alguien ha experimentado una nueva libertad: regalarse tiempo. Pero, a veces, uno es incapaz de aceptar un regalo, aunque se lo haya hecho él mismo.
– ¿Te llevo hasta donde está el ciclomotor?
– Ni hablar. Esta tarde es nuestra. Y, además, estoy poniendo a punto nuevas ideas sobre tu caramelo.
Alessandro la mira. Niki tiene la ventanilla bajada y el viento le despeina suavemente el pelo, secándoselo por partes. Tiene un folio en las manos y un bolígrafo en la boca, que sostiene como si fuese un cigarrillo, mientras busca soñadora la idea de quién sabe qué gran anuncio.
– Ok.
Niki le sonríe, luego escribe algo en el folio. Alessandro intenta mirar de reojo.
– No mires. No te lo daré hasta que esté listo.
– Vale. El definitivo.
– ¿Qué es eso?
– Al trabajo acabado se le llama así.
– Ok, entonces, cuando sea el momento, te daré el definitivo.
– Muy bien, ojalá encontrases de verdad una buena idea. ¡Me podría regalar un montón de tiempo!
– Ya verás cómo lo consigo. Seré la musa inspiradora de la publicidad de los caramelos.
– Eso espero. -Y mientras lo dice, pone el intermitente y se desvía hacia la Casilina.
– Eh, ¿adonde vamos?
– A un sitio.
– Ya lo veo… hemos salido de la autopista.
– Tengo que hacer un encargo para un amigo mío.
– ¿El que te ha llamado antes?
– Sí.
– ¿De qué se trata?
– Lo quieres saber todo. No te distraigas. Piensa en la publicidad.
– Tienes razón.
Niki vuelve a escribir algo en el folio, mientras Alessandro sigue las instrucciones de su navegador y se detiene poco después en una pequeña travesía de la Casilina. Al borde de la carretera hay algunos coches destartalados con la chapa corroída, otros tienen los cristales rotos, y otros las ruedas pinchadas. Hay contenedores destrozados, cajas de cartón abandonadas y bolsas de plástico abiertas y arañadas por algún gato famélico que busca remedio a esa dieta que ya dura demasiado.
– Ya está, hemos llegado.
– ¡Pero ¿tú qué amigos tienes?! ¿Qué tienen que ver con un lugar así?
– Es un encargo especial.
Niki lo mira con desconfianza.
– Mira que si nos volvemos a encontrar a tus amigos policías y nos arrestan por drogas, después te tocará a ti explicarles a mis padres que yo sólo te estaba acompañando…
– ¡Qué drogas ni qué…! ¿Qué te crees? Esto no tiene nada que ver con drogas. Quédate en el coche y aprieta ese botón cuando me haya bajado, así te cierras dentro.
Alessandro se baja del coche y, mientras camina hacia el portal, oye el sonido de la cerradura al cerrarse. Sonríe. Luego, mientras busca el nombre en el portero automático, piensa en sus «amigos» policías y en el hecho de que casi lo arrestan de verdad por drogas… Todo por culpa del tal Soldini y su deseo de no ser olvidado. ¿Y quién se acuerda ya de aquella noche? A saber lo que estarán haciendo en la oficina. Esperemos que se les ocurra alguna idea buena. ¡Bah, qué idiota! No tengo por qué preocuparme… para eso está Niki. Después sonríe preocupado. Esperemos. Finalmente encuentra lo que busca. Tony Costa. Tercer piso. La puerta del portal está abierta. Alessandro entra y coge el ascensor. Al salir ve una puerta con un cristal en el que pone «Tony Costa. Investigador privado». Como en las viejas películas americanas. En esas películas, lo normal es que, cuando uno llama a la puerta, o bien le disparen o bien le salten directamente encima. Pero al final nadie se hace daño. Así pues, un poco más tranquilo, llama al timbre. Un sonido antiguo, en sintonía con la podredumbre y los olores de la escalera, con el ascensor destartalado y también con los felpudos desgastados por sabe dios cuántos pies que se han limpiado antes de entrar. Alessandro aguarda frente a la puerta. Nada. No se oye nada. Llama otra vez. Por fin percibe un ruido detrás de la puerta. Una agitación extraña. Luego una voz profunda, cálida, idéntica a la de los dobladores de Adiós, muñeca con Robert Mitchum o El último Boy Scout, con Bruce Willis.
– Un momento, en seguida abro. -La puerta se abre, pero quien aparece no se asemeja en absoluto a estos dos actores. Como mucho, a James Gandolfini, el de Los Soprano. También eso le preocupa. Es sólo un poco más bajo, pero de todos modos alto. El tipo lo mira con el cejo fruncido.
– ¿Y bien? ¿Qué quiere?
– Busco a Tony Costa.
– ¿Para qué lo busca?
– ¿Es usted?
– Depende.
Alessandro opta por ceder.
– Necesito su ayuda. Bueno, quería encargarle un caso.
– Ah, sí, entonces soy yo. Pase.
Tony Costa le hace pasar. Después cierra la puerta. Se coloca bien los pantalones, se mete incluso la camisa por dentro, mientras se dirige hacia su mesa.
– Ella es Adela, mi ayudante. -Tony Costa señala sin volverse a una muchacha que llega de la habitación contigua, tratando también de componerse un poco.
– Hola.
– Buenas tardes.
Adela se dirige hacia la otra mesa que hay allí al lado, pero al salir de la habitación cierra la puerta. Aunque no tan rápido como para impedir que Alessandro vea que aquello es un dormitorio. Tony Costa se sienta ante su mesa y le señala una silla.
– Siéntese, por favor.
Alessandro toma asiento frente a él, mientras Adela pasa por detrás y se sienta en la mesa de la derecha. Alessandro se da cuenta de que Tony Costa lleva un enorme anillo de matrimonio en el dedo, grueso, grande. Brilla desgastado por el tiempo entre sus gordos dedos. En cambio Adela, que está ordenando algunos folios, sólo lleva un pequeño anillo en la mano derecha. Quién sabe. A lo mejor ha interrumpido algo entre el jefe y la secretaria. Pero una cosa está clara: a un forzudo como Tony Costa nadie se le enfrenta, y, en el fondo, a él no le interesa lo que estaba ocurriendo en esa oficina. Lo mira.
– ¿Quiere beber algo? ¿Un poco de esto? -Levanta una botella de Nestea que hay sobre la mesa, de la que ya se han bebido la mitad-. Está caliente, eh, se ha roto el frigorífico.
– No, gracias.
– Como quiera.
Tony Costa se sirve un poco.
– Adela, anote, por favor: arreglar el frigorífico. -Después sonríe a Alessandro-. ¿Lo ve? Ya me ha servido de algo, me ha recordado los asuntos pendientes.
Después da un largo trago al vaso de té y se lo bebe entero.
– Ahhh. Aunque esté caliente es siempre una delicia. Bien, ¿que podemos hacer por usted, señor…?
– Alex, ejem, Alessandro Belli. No es para mí, es para un amigo mío.
– Claro, claro, un amigo suyo. -Tony Costa mira a Adela y sonríe-. El mundo está hecho de amigos que siempre hacen favores a otros amigos… Bien, ¿de qué se trata? Documentos legales, talones sin fondo, engaños…
– Una sospecha de engaño.
– Por parte de la mujer de su amigo, ¿no es eso?
– Exacto. Aunque yo no creo que ella le engañe.
– Entonces, disculpe, ¿qué es lo que ha venido a hacer, a tirar su dinero?
– El dinero de mi amigo, si acaso.
– Oiga, yo no le contaré a nadie que usted ha venido a verme. Será un secreto. Va en contra de mis intereses, porque si quiere que yo siga a esa mujer, sería un detective verdaderamente incapaz si no acabase descubriendo que ella y el marido… ¿no es eso?