– Buenos días a todos, ¿cómo va eso?
– Tirando, jefe.
Andrea se le acerca con unos folios. Le muestra algunos. Viejos anuncios de caramelos con las situaciones y los personajes más diversos. Indios y vaqueros, niños de color, deportistas, incluso un mundo galáctico.
– Ejem, jefe. Éstos son los ejemplos más significativos de todos los anuncios de caramelos que se han hecho en todos los tiempos. Mira, éste está muy bien. Funcionó estupendamente en el mercado coreano.
– ¿Coreano?
– Sí. Se vendieron muchísimo.
Alessandro coge el folio y lo mira.
– Pero ¿de qué tipo eran?
– Bueno, eran caramelos de frutas.
– Ya, pero ¿no lo habéis leído? ¿No sabéis que el producto LaLuna, además de los de fruta, tiene un montón de sabores nuevos? Menta, canela, regaliz, café, chocolate, lima…
Dario mira a Andrea Soldini y enarca las cejas. Como diciendo: «Ya lo decía yo que este tipo es un negado.» Andrea se da cuenta, pero intenta arreglarlo de algún modo.
– Bueno, podríamos colgarlos de las nubes.
– Sí, la luna colgada de las nubes.
Giorgia sonríe.
– Bueno, no está tan mal. Tipo: «Cuélgate del…», y después el nombre del gusto. Un montón de lunas colgadas de las nubes.
– Si por lo menos tuviesen algún gusto innovador, qué se yo, de berenjena, de champiñón, de col, de berza…
Alessandro se sienta a la mesa.
– Sí, y todos los sabores colgados de las nubes. Y a esperar que no llueva. A ver, dejadme ver algún diseño del eslogan.
Michela le alarga una cartulina con la palabra «LaLuna» escrita con los tipos de letra más diversos. Andrea le acerca una carpeta amarilla en la que está escrito «Top-Secret» y, entre paréntesis, «el atajo». Alessandro lo mira. Andrea se encoge de hombros.
– Me lo pediste, ¿no?
– Sí, pero con un poco de discreción. Sólo le falta luz incorporada, ¿cómo si no, van a leerlo en Japón?
– ¡Con un satélite! -Pero Andrea comprende al instante que el chiste no viene a cuento. Intenta arreglarlo-. Jefe, Michael Connelly dijo que la mejor manera de pasar desapercibido es llamar la atención.
A Alessandro le gustaría decirle: «A lo mejor por eso te ignoran siempre.» Pero prefiere dejarlo correr.
– Veamos qué es lo que han hecho…
Andrea se inclina despacio y, con una mano ante la boca, le dice:
– El director no está muy satisfecho. Vaya, que le parece demasiado clásico. O sea, que no es nada de lo que…
Alessandro levanta la tapa de la cartulina. En el centro, aparece un paisaje con ríos, lagos y montañas. Todo con forma de luna y perfectamente dibujado. Y debajo, en rojo, con un tipo de letra parecido al de Jurassic Park, un título: «LaLuna: una tierra a descubrir.» Andrea pasa el primer folio. Debajo hay otro. El mismo diseño con otro título: «LaLuna. Sin fronteras.»
– Venga ya, para tener veinticuatro años no ha inventado mucho, ¿eh? La letra de Jurassic Park es vieja y «sin fronteras» recuerda aquel Programa… ¿Cómo era? ¡Anda ya! ¿Y una tierra a descubrir? ¿Qué es esto, el caramelo de Colón? ¡Así pues es el anuncio de un huevo!, no de una luna. A estos los ganamos con la gorra, ¿verdad, Alex?
Alessandro lo mira. Después cierra la carpeta.
– Al menos ellos han presentado un trabajo.
– Sí, pero muy manido. -Andrea lo mira-. ¿Y a ti, jefe? ¿Se te ha ocurrido alguna idea buena?
Michela y Giorgia se acercan curiosas. Dario coge una silla y se sienta, preparado para la revelación. Alessandro repiquetea un poco con los dedos sobre la carpeta amarilla. Los mira uno a uno. Tiempo. Tiempo. Se necesita tiempo. Y, sobre todo, tranquilidad y serenidad. Primera ley de Scott. Sólo así conservarás el control de la situación.
– Sí. Alguna… Alguna idea buena, curiosa… Pero todavía estoy trabajando sobre ello…
Dario mira el reloj.
– Pero son las diez y media, y la reunión es a las cuatro, ¿no?
– Así es. -Alessandro sonríe, aparentando seguridad-. Y cuando llegue la hora, estoy seguro de que habremos dado con la adecuada. Venga, vamos a hacer un poco de brainstorming. -Después coge la carpeta amarilla y se la muestra a todos-. Esto lo superamos fácilmente, ¿no es así? -De ese modo busca dar más confianza al grupo-. ¿No es cierto? -O al menos lo intenta…
Un sí general, aunque algo débil, hace que, por un momento, todo el entusiasmo de Alessandro se tambalee. Michela, Giorgia y Dario se van hacia sus ordenadores. Andrea se queda allí, sentado a su lado.
– ¿Alex?
– ¿Sí?
– Lo de las nubes no te ha gustado mucho, ¿eh?
– No. No es ni nuevo ni sorprendente.
– Ya, pero es mejor que el atajo.
– Sí, pero no es suficiente, Andrea. Para quedarse en Roma no es suficiente.
Alessandro recoge los folios con los anuncios antiguos. Los hojea lentamente uno a uno, buscando desesperadamente un vislumbre de inspiración, cualquier cosa, una pequeña chispa, una llamita que pueda encender su pasión creativa. Nada. Oscuridad absoluta. De improviso en su mente aparece un resplandor lejano, una lucecita, una débil esperanza. ¿Y si ella tuviese la idea adecuada? La chica del surf, la chica de los pies en el salpicadero, la chica de los jazmines… Niki. Y justo en ese mismo instante Alessandro lo comprende. Sí, así es. Su única solución se halla en manos de una chica de diecisiete años. Y de repente le parece que Lugano está a la vuelta de la esquina.
Cuarenta y dos
Tercera hora. Matemáticas. Para Niki es un paseo. En el sentido de que no entiende nada y, por lo tanto, da igual que se vaya a dar una vuelta mentalmente. No vale la pena cansarse. De todos modos, los deberes siempre se los pasa Diletta y la profe nunca saca a nadie a la pizarra. ¿Y por qué cambiar las cosas cuando hasta ahora han ido tan bien? Niki acaba de escribir algo. Coge la hoja cuadriculada y, para no apartarse tanto del tema, la dobla con cuidado. Una, dos, tres veces, después la punta, luego saca dos alas y les hace un pequeño desgarro a cada una en la parte inferior. Son los timones. Mantiene uno arriba y otro abajo, hace hasta piruetas. Lo mira. Bien. Así, a buen seguro que resulta más preciso. Y más veloz. Después mira a la profe, que está ante la pizarra.
– Bien, ¿lo habéis entendido? En este caso, sólo tenéis que tomar en consideración los últimos números.
En cuanto la profe se pone a escribir de nuevo, Niki se incorpora y deja de ocultarse, es decir, sale de su pequeña trinchera, que no es otra que la empollona de Leonori, que se le sienta delante, y lanza con fuerza el avión que acaba de fabricar en dirección a Olly.
– ¡Ay!
Acierta de lleno en la sien de Guidi, compañera de pupitre de Olly. El avión aterriza en el pupitre y Olly, veloz como una serpiente, lo recoge tras su catastrófica toma de tierra y lo esconde en lugar seguro, en su hangar, debajo de la libreta de apuntes. La profe se da la vuelta hacia la clase.
– ¿Qué pasa? ¿Qué sucede? ¿No lo habéis entendido?
Niki levanta la mano y se justifica.
– Disculpe, he sido yo. He dicho: «Ah, claro». Es que antes no lo acababa de entender.
– ¿Y ahora ya está? Si no, lo vuelvo a explicar.
– ¡No, no, está clarísimo!
Diletta se echa a reír pero se tapa rápidamente la boca con la mano. Ella sabe lo poco claro que resulta todo eso para Niki. No lo entiende en absoluto desde hace por lo menos cinco años, cuando empezaron a ir a la misma clase y, sobre todo, cuando empezó a pasarle los deberes.
– Entonces prosigamos. En este punto, tenéis que coger la suma obtenida y empezar de nuevo con los diferentes paréntesis.