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– Ya te lo explicaré algún día.

– Como quieras.

Se abrazan. Se besan. Niki se levanta.

– Oye, si te apetece, uno de estos días te acompaño al centro, cuando vayas a elegir muebles nuevos. -Luego se dirige al baño a vestirse-. Pero nada de cosas cargadas, ¿eh? Y sólo si te apetece. Si no, vas tú solo, faltaría más. -Niki entra en el baño pero vuelve a salir en seguida-. De todos modos, visto lo que habías elegido, ¡si yo fuese tú, me llevaría contigo! -Después lo mira seria una última vez-. Aunque de todos modos, la casa es tuya, ¿no?

– Claro.

– Por lo tanto, si alguna vez volviese a ocurrir, cosa que espero que no suceda, recuérdaselo. -Y desaparece definitivamente en el baño.

Alessandro se asoma a la puerta.

– No sucederá.

– ¿Tú crees?

– Estoy seguro.

– ¿Igual de seguro de que nunca ibas a enredarte con una menor?

Alessandro sonríe.

– Bueno, ése era mi sueño.

– Por supuesto. -Niki se pone la camiseta-. ¡Porque hace que te sumerjas en el pasado!

– ¡Bueno, en realidad, me hace sumergirme en muchas cosas! Venga, espabila, que nos vamos a comer algo por ahí.

Niki se pone los pantalones y lo mira.

– Ah, ah… no tengo edad para hacer de mujer. Aparta. -Hace que se eche a un lado-, quiero ver qué es lo que tienes en la cocina. Esta noche cenamos en casa.

Alessandro se queda sorprendido. Felizmente sorprendido. Luego se va al salón y pone un CD. Save Room, John Legend. Se tumba en la chaise longue. Sube un poco el volumen con el mando a distancia. Cierra los ojos. Qué hermoso es estar con una chica así. Lástima que no sea un poco más mayor… sólo un poquito más. No mucho, unos tres o cuatro años, que al menos pasase de los veinte. Que como mínimo hubiese acabado el instituto. Tiempo. Tiempo al tiempo. Pero qué demonios, me ha ayudado un montón en el trabajo. Y además, cuando estamos los dos juntos…

Se oye la voz de Niki desde la cocina.

– ¿Pasta corta o larga?

Alessandro sonríe.

– ¿Qué más da? Depende de lo que lleve, ¿no? Vale, corta.

– ¡Ok!

Alessandro vuelve a relajarse. Se abandona aún más. Música lenta. Más lenta…

– ¿Alex?

– ¿Sí?

– Ya está lista… ¿Te habías dormido? ¡Eres de lo que no hay! Doce minutos. El tiempo de cocción.

– No estaba dormido. Soñaba contigo. -Entra en la cocina-. Y en lo que habrías preparado. Hummm, el olor no está mal. Parece bueno. Ahora lo veremos.

– ¿El qué?

– Si eres una hábil timadora o una hábil cocinera.

Alessandro se sienta a la mesa. Se da cuenta de que en un vaso pequeño de chupito hay una flor acabada de coger de la terraza. Dos velas encendidas junto a la ventana crean una atmósfera cálida. Alessandro prueba curioso uno de aquellos macarrones. Cierra los ojos. Se pierde en su sabor, delicado, auténtico, completo. Bueno de verdad, vaya.

– Oye, está muy buena. ¿Qué es?

– Yo la llamo la carbonara campesina. Es de mi invención, pero se puede perfeccionar.

– ¿Cómo?

– En tu nevera faltaban algunos ingredientes básicos.

– A mí me parece una maravilla tal como está.

– Porque aún no has probado la auténtica. Faltan unas zanahorias cortadas en laminitas finas y un toque de corteza de limón…

– ¿Todo eso? Caramba, encontrarse una chica guapa, encima no demasiado madura, que ya sabe cocinar así de bien, es un sueño.

– ¿El mismo que tenías antes de cenar?

– No, mejor. Yo no sería capaz de soñar todo esto.

– De todos modos, tranquilo, Alex, sólo sé preparar dos platos. De modo que cuando hayas probado también el segundo, volveremos a empezar…

Alessandro sonríe y sigue comiendo aquella extraña pasta «a la carbonara campesina». Elena nunca me había hecho nada parecido. A excepción, claro, de alguna ensalada fría con sabores extraños, frambuesas o frutas del bosque, pistachos salados o granada… Y, de vez en cuando, algún plato francés rebuscado y caro. Total… Total, el dinero no era suyo. Pero jamás nada cocinado. Jamás el sabor de la cocina hogareña, del vapor, del sofrito en la sartén, de la pasta mezclada en su salsa. De esa cocina que tanto sabe a amor.

Niki coge una botella de vino.

– A mi carbonara campesina le pega el blanco. ¿Te parece bien?

– Perfecto.

– Lo he puesto a enfriar un rato en el congelador.

Alessandro toca la botella.

– ¡Caramba, qué pronto se ha enfriado!

– Basta con mojar la botella con agua fría antes de meterla en el congelador y ya.

– Te las sabes todas, ¿eh?

– Se lo he visto hacer a mi padre.

– Muy bien. ¿Y qué más has aprendido de tu padre?

Niki le sirve el vino.

– Cómo evitar que me jodan en ciertas ocasiones.

Luego se sirve también en su copa. Levanta el vaso. Alessandro se limpia la boca y coge el suyo. Hacen un suave brindis. Un sonido de cristal veneciano llena el aire, invade la cocina.

Niki sonríe.

– De todos modos, me temo que esa lección no la tengo tan bien aprendida. -Luego bebe y lo mira con intensidad-. Pero estoy contenta de ello.

Y siguen comiendo así, charlando ligera y tranquilamente. Aliñan la ensalada. Retazos de vida pasada, de películas complicadas, de filmes de autor, de miedos. Pelan un melocotón.

– Y pensar que cuando tenía quince años y estaba en América, fui con mis amigos a ver a Madonna. Entonces era una veinteañera gorda y desconocida.

– En cambio, yo la vi el año pasado en el Olímpico con Olly y Diletta, Erica no vino porque Giorgio se hizo un lío con las entradas. Ahora es una cuarentona flaca y famosa.

Y más retales de vida pasada y, sobre todo, pasada el uno lejos del otro. Poco a poco. Una cosa detrás de otra. Piezas de un rompecabezas de colores, divertido, a veces también doloroso, difícil de explicar. Y, como cuñas aceitadas, se van ensamblando emociones, pequeñas verdades, alguna mentirijilla, algo que no somos capaces de contarnos ni siquiera a nosotros mismos.

Niki se levanta para ir a lavar los platos. Alessandro la detiene.

– Déjalo, mañana viene la asistenta. Vámonos para allá. Podemos ver un DVD.

En ese momento suena el timbre del interfono. Niki se tumba en el sofá.

– ¿La asistenta ha llegado antes de lo previsto?

Alessandro se dirige hacia la puerta.

– No tengo ni idea de quién pueda ser. -Pero sí que tiene una idea. Elena. Y le aterroriza. No quisiera encontrarse nunca en una situación como ésa. ¿Cómo cuál, Alex? Tú no le debes nada. Bueno, por lo menos no ha subido con las llaves. A lo mejor ha pensado que, después de tres meses, tú podrías estar con alguien, ¿no?

– Sí, ¿quién es?

– Alex, somos nosotros, Enrico y Pietro.

– ¿Qué pasa?

– Una cosa muy importante. ¿Podemos subir?

– Por supuesto. -Alessandro abre la puerta.

– ¿Quién es? -pregunta Niki, mientras pasa de un canal a otro.

– Dos amigos.

– ¿A esta hora?

– Bueno. -Alessandro mira el reloj-. Son las nueve y media.

– ¿Y vienen tan temprano?

Llaman a la puerta. Alessandro va a abrir.

– ¡Hola, chico! -Pietro le da un abrazo, luego silba e intenta tocarlo por abajo-. ¡¿Qué planeas hacer con el monstruo?!

– ¡Venga, estáte quieto! -Alessandro se recompone. Luego empieza a hablar en voz baja, casi susurrando-. No estoy solo. Venid que os la presento.

Ambos lo siguen. Pietro mira a Enrico.

– ¿No será…?

– No. No puede ser. Después de lo que nos ha pasado a nosotros…

– Tú sigues sin entenderlo, ¿eh? Las mujeres son irracionales, y en cambio tú te empeñas en encontrar la razón a la fuerza.

– Tú dirás lo que quieras, pero no puede ser ella.

Alessandro entra en el salón, seguido por los dos amigos.

– Os presento a Niki.