Alessandro se inclina hacia su madre.
– Me parece que no vendrá ni siquiera más tarde.
– Ya lo sé. Pero no veo por qué hay que dar explicaciones. A la asistenta además…
– Ya… -Alessandro vuelve a sentarse bien en su silla-. Qué idiota soy.
Al poco rato, Dina regresa con un carrito lleno de platos. Alessandro echa un vistazo. Gnocchi al pomodoro y taghliolini alie zucchine. Dos tipos de pasta. No está mal. Dina va poniendo un plato delante de cada comensal.
– Traiga también los cubiertos de servir, por favor…
– Sí, en seguida, señora.
Dina regresa rápidamente a la cocina.
– No puedo con ella. ¡Se los olvida desde que entró en esta casa, hace ya treinta años, y cuando se vaya seguirá olvidándoselos!
Margherita, la hermana menor, se limpia los labios con la servilleta.
– Mamá, da gracias de que haya aguantado tanto. La mayoría de nuestros amigos tiene en la casa filipinos o extranjeros de dudosa procedencia que no cocinan así de bien… ¡y a la italiana, además!
Luigi, su marido, se echa hacia delante, dirigiéndose no se sabe bien a quién.
– Y sobre todo -dice-, que en esos casos nunca sabes a quién metes en casa. Mira la señora Deüa Marre, por ejemplo, lo mal que acabó.
Y así continúan, hablando de todo y de nada. Impuestos nuevos, un libro todavía sin terminar. Una película sueca. Una china. Un festival. Una exposición. Un corte de pelo horrendo. Una novedad americana de la que David ha oído hablar tanto pero de la que no sabe nada en concreto, hasta podría ser una buena idea, sólo con que consiguiese entender algo de lo que explica.
Y después una chuleta acompañada por alcachofas fritas, suflé de patata y verduras. Luego otra novedad. Una cosa que salió en las noticias. Una noticia terrible. Un muchacho muy joven mató a sus padres. Y otras banales pero alegres. Hijos de amigos que están a punto de casarse. Las entradas sacadas para el próximo concierto en Milán de un importante cantante extranjero. Un cotilleo sobre algún famoso, uno de los habituales, inventados, falsos o quizá ciertos líos de faldas. También la posibilidad de ir al espectáculo de Fiorello, aunque ya no queden entradas, y a pesar de que estén ya por las nubes y cuesten más que las vacaciones de una familia entera.
Margherita se pone en pie de repente. Da unos golpecitos en su vaso con el tenedor.
– Un minuto de atención. También yo tengo que daros una noticia. A lo mejor no es tan importante como algunas de las que acabo de oír, pero ¡para mí es fundamental! Pronto alcanzaré a mi hermana Claudia. ¡Yo también espero otro niño!
Silvia, la madre, se levanta en seguida, aparta la silla y corre hacia Margherita. La abraza, la llena de besos.
– Cariño mío, qué buena noticia. ¡Dentro de poco seré abuela de cuatro nietecitos! ¿Sabéis ya qué será?
– Un niño. Nacerá dentro de cuatro meses y medio.
– ¡Qué bien! ¡Tendréis la parejita, como Claudia!
La hermana mayor se come otra alcachofa frita.
– Yo ya lo sabía. Pero ¡en nuestro caso el mayor es el varón!
– ¿Habéis decidido ya el nombre?
– Dudamos entre Marcello y Massimo.
Alessandro mira a su hermana Margherita y levanta las cejas.
– En mi opinión es mejor Massimo…
Claudia y Margherita se vuelven hacia él.
– ¿Y eso por qué?
– Bueno, es un nombre de vencedores.
– Ah…
Luigi se pone en pie.
– Estoy de acuerdo… -Pone los brazos en jarras y cara de solemnidad. Y declama su preferencia con convicción-: Me llamo Massimo Décimo Merodio, comandante del ejército del Norte, general de las legiones Félix, siervo leal del único emperador verdadero Marco Aurelio. Padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada, y tomaré venganza por ello en esta vida o en la otra.
– Sí, a él le gustaría que fuese Massimo. El gladiador.
– Por supuesto. ¡Y a lo mejor, un día, él y yo nos hacemos el mismo tatuaje, igual que el de nuestro gran capitán! -Pasando así, con total naturalidad, de una visión histórica a una futbolística.
Silvia se echa a reír y se sienta de nuevo. Da un beso a su marido.
– Luigi, ¿has oído qué buena noticia? ¿Has visto qué familia tan estupenda hemos creado, amor mío?
Silvia, la madre, coloca mejor la silla. Luego apoya la mano en el brazo de Alessandro.
– ¿Y tú, tesoro? ¿Cuándo vas a darnos alguna buena noticia?
Él se limpia con la servilleta.
– Ahora mismo, mamá, pero no sé si es buena.
– Bueno, tú cuéntanos. Después te lo diremos.
– Ok. Señores, Elena y yo nos hemos separado.
La mesa se sume de improviso en un silencio gélido. Intenso. Claudia mira a derecha e izquierda. Interviene al fin para salvar a su hermano.
– Perdonad, ¿quedan más alcachofas?
Poco después. Todos salen del portal. Besos en las mejillas. Se estrechan la mano mientras prometen volver a verse pronto. A lo mejor una pizza, una película, ¿por qué no? Aunque al final casi nunca se haga nada. Margherita se acerca a Alessandro, que le dice:
– ¡Chao, hermanita, me alegro por ti!
– Yo por ti no. Quiero decir que Elena me gustaba. ¿Ahora dónde encuentras a otra como ella? -Y se despide con un beso sin dejar de mover la cabeza.
Claudia la mira mientras se aleja. Luego se acerca a Alessandro.
– Siempre da la impresión de que ella sepa mejor que todos nosotros cómo es la vida. O al menos, el curso del amor.
– Ya sabes que ella es así.
– Así de repelente. Demasiado segura. Lo sabe todo… Cambiando de tema, Alex, por un momento he creído que ibas a dar directamente la verdadera gran noticia.
– ¿A qué te refieres?
– Señores, me he liado con Niki, una chica explosiva de diecisiete años.
Alessandro mira a Claudia y le sonríe.
– ¿Estás loca? Para empezar, me jugaba el saludo de mamá, pero nos jugábamos también a papá… ¡Le hubiese dado un infarto al oír la noticia!
– Pues yo en cambio creo que papá es quien se lo iba a tomar mejor. Siempre lo infravaloras.
– ¿Tú crees? Puede ser…
– Bueno, me despido. -Claudia le da un sonoro beso en las mejillas y hace ademán de irse.
– Claudia…
– ¿Sí?
– Gracias, ¿eh?
– ¿Por qué?
– Por la alcachofa que ya no te apetecía.
Claudia baja una mano en su dirección.
– ¡Bah! No es nada. Pero otra noche como ésta y tendrás que invitarme directamente al Mességue.
– Lo haré con mucho gusto. Comer, en lugar de tomar decisiones extrañas.
– ¡Idiota! O, mejor dicho, avísame cuando te decidas a dar la otra noticia bomba… ¡Me pondré a dieta dos días antes!
Sesenta y cinco
Días de lento discurrir. Cuando se está triste. Otros que pasan demasiado veloces. Cuando se es feliz. Días en suspenso mientras falta poco para la respuesta de los japoneses. De paseo en coche con el CD de Battisti. Enrico ha elegido una banda sonora perfecta para ellos. Niki tiene un ataque repentino de felicidad.
– Alex, se me acaba de ocurrir una idea superguay.
Alessandro mira preocupado a Niki.
– Socorro. Dime.
– ¿Quieres que intentemos hacer todo lo que diga la próxima canción?
– Vale, pero todo todo, ¿eh?
– Pues claro, yo no soy de las que se echan atrás.
– De acuerdo. Entonces elijo yo la canción.
– No, así no vale… Pon reproducción aleatoria y que salga lo que sea.
Alessandro aprieta una tecla del lector. Los dos esperan curiosos y divertidos escuchar cuál será su próximo destino.
«En un gran supermercado una vez al mes, empujar un carro lleno contigo del brazo…»
– No me lo puedo creer… ¡Ésta es pesadísima!
– Ya lo hemos dicho y tenemos que hacerlo. Venga, vamos.