– Qué pollas estáis mirando, seguid jugando…
Y sube la música.
«Recuerda que no fue casualidad… que aquella noche, joven estrella, cayeses en mi cama.»
Una chica pasa la pelota a la que tiene que rematarla. Pero Diletta bloquea el balón y lo bota en el suelo. Después va hasta el equipo y lo apaga.
– Este ruido molesta. -Y se marcha a los vestuarios.
– Sí, sí, haceos las remilgadas. ¡De todos modos, tenéis que pasar por nosotros si queréis gozar!
Fabio se levanta y le da una patada a la pequeña cristalera que hay debajo de la ventana, rompiéndola. Después sale por la ventana y sigue fumando.
– Oye, así sólo te ganas enemigos.
Fabio se da la vuelta. Olly está de pie, a la puerta del gimnasio.
– ¿Por qué te comportas así, quién te has creído que eres? Puede que tus canciones sean bonitas, pero hay demasiada mala hostia en ellas… y en ti también. Y con la mala hostia no se llega muy lejos.
Fabio Fobia da dos caladas rápidas y tira el cigarrillo al suelo. Lo pisa. Aprieta con fuerza la punta del pie, apagándolo. Luego pasa junto a Olly, a un milímetro. La obliga casi a apretarse contra la pared. Y le canta a la cara.
– «Recuerda que no fue casualidad… que aquella noche, joven estrella, cayeses en mi cama.»
Fabio Fobia recoge su equipo de música, se lo echa al hombro y vuelve a pasar por delante de Olly. Y, sin dignarse siquiera mirarla, se aleja por el patio de la escuela. Ella se queda quieta a la puerta del gimnasio. Lo mira mientras se aleja, con un pensamiento distraído y algún otro bastante más preciso.
Sesenta y siete
Alessandro está sentado en el sillón de su despacho. Tiene las manos detrás de la cabeza, está apoyado en el respaldo de piel. Mira divertido las diversas propuestas de publicidad de LaLuna, dispuestas ordenadamente encima de su enorme escritorio. Del equipo estéreo que hay a un lado sale una música. Mark Isham. Relajante en su justo punto.
– Con permiso…
– Adelante. -Alessandro recompone la postura. Es Andrea Soldini-. Pasa, Andrea, siéntate. ¿Alguna novedad? No necesitamos ningún atajo, ¿verdad?
Andrea Soldini sonríe mientras toma asiento frente a él.
– No, seguimos esperando el veredicto. Pero no me parece que haya dudas al respecto, ¿no crees?
Alessandro se pone en pie.
– No, no lo parece. Pero es mejor no cantar victoria hasta que sepamos qué es lo que acaban decidiendo esos benditos japoneses. -Se acerca a la máquina-. ¿Café?
– Sí, con mucho gusto.
Andrea lo observa mientras Alessandro lo prepara. Coge un paquete, lo abre, saca dos cápsulas, las mete en la máquina y aprieta un botón.
– ¿Sabes?, Alex, cuando te veía en mi oficina, cuando venías a sacar a mi jefa, a Elena, bueno, no pensaba que fueses así.
– Así, ¿cómo?
– Tan diferente. Seguro, tranquilo, agradable. Eso mismo, eres muy agradable.
Alessandro regresa a la mesa con los dos cafés, dos bolsitas de azúcar y dos palitos de plástico.
– Nunca sabemos cómo es alguien hasta que lo conocemos personalmente, fuera de los contextos habituales.
Andrea abre el azúcar, lo echa en el café y empieza a revolverlo.
– Ya. A veces no nos llegamos a conocer ni aunque vivamos juntos.
– ¿Qué quieres decir?
– ¿Yo? Nada -contesta Andrea-. A veces me da por hablar así. -Y se toma su café.
Alessandro hace otro tanto. Luego lo mira fijamente.
– Hay veces que de veras no lo entiendo. ¿Por qué siempre te infravaloras y hablas así de ti mismo?
– Eso mismo me he preguntado yo siempre; el problema es que no encuentro la respuesta.
– Pero si tú no crees en ti mismo…
– … Sí, ya lo sé, ¿cómo van a creer los demás?
– A lo mejor a las rusas les parecías simpatiquísimo la noche aquella sin que para ello tuvieses que ponerte tan mal.
Andrea termina su café.
– Ni me lo recuerdes… Vuelvo a sentirme mal sólo con pensar en aquella noche.
– Por favor, ahórrame otra ambulancia.
Andrea sonríe.
– Jefe… es un placer trabajar contigo.
– También para mí tenerte en el equipo. Tú no consigues verte desde fuera. Pero te aseguro que das una buenísima impresión.
– ¡Bien! -Andrea se pone en pie-. Gracias por el café. Vuelvo a mi sitio. -Se dirige a la salida, pero se detiene un instante-. Aquella chica… Niki…
– ¿Sí?
– No sé si los japoneses sabrán apreciarlo, pero yo creo que ha hecho un gran trabajo.
– Ah, sí, también yo. Estos dibujos son verdaderamente nuevos y sorprendentes.
Andrea se detiene un momento en la puerta. Luego mira a Alessandro y sonríe.
– No me refería a los dibujos. -Y cierra la puerta.
A Alessandro no le da tiempo a decirle nada. Justo en ese momento suena un bip en su teléfono móvil. Mira la pantalla. Un mensaje. Lo abre. Niki. Lupus in fábula. ¿Cómo decía Roberto Gervaso? «La vida es una aventura cuyo inicio deciden otros y cuyo fin no deseamos, con un montón de intermedios elegidos al azar por el azar.» ¿Por qué me preocupo entonces? Leonardo se inspira con frecuencia en él para escribir las tarjetas que envía a su mujer… Y todavía siguen juntos. También eso es cosa del azar. Alessandro lee el mensaje de Niki. Sonríe. Y responde lo más rápidamente que puede. «Claro», y lo envía. Después coge su chaqueta y se va. Prefiero una frase anónima. «Nos encontramos por casualidad. Nos encontramos con un beso.»
Sesenta y ocho
Niki sale del portal. Mira a su alrededor. No sabe hacia dónde ir. Alessandro toca dos veces el claxon. Enciende y apaga las luces. Niki se cubre un momento los ojos con la mano para ver mejor, como un joven marinero haciendo de vigía, más sensual que todos los de Querelle de Brest. Entonces lo reconoce de lejos y, de inmediato, echa a correr hacia el coche. Alessandro le abre la puerta y ella se tira dentro.
– Venga, rápido, arranca, que mis padres están a punto de salir.
Alessandro arranca y, en un momento, están ya detrás de la esquina.
– Caramba… -Niki se echa a reír-, no te reconocía. Pero -mira a su alrededor- ¿qué haces con este coche? Por fin has comprendido que la verdadera creatividad viene del pueblo llano, ¿eh? Por eso has cogido este trasto destartalado, dime la verdad.
– ¡Qué va! Es de mi madre. Se lo he pedido y me lo ha prestado.
– No me lo puedo creer. ¿Has llevado el tuyo al taller? ¿No teníamos que hacer primero el parte? Mario, mi mecánico, te lo hubiese dejado como nuevo, y hasta te hubieses ahorrado una pasta.
Alessandro conduce divertido.
– No, no, el mío sigue tan abollado como lo dejaste. Éste lo he cogido por ti.
– ¿Por mí?
– Sí, tiene cambio de marchas.
Niki mira. Ve la mano de Alessandro entre los dos asientos. Justo en ese momento, Alessandro está metiendo la cuarta.
– Vaya… ¡gracias! Qué fuerte… Te has acordado de mí. -Entonces detiene un momento-. ¿Se lo has pedido a tu madre? Por el cambio de marchas, por mí… Pero ¡entonces le has contado también lo nuestro! -Y se le echa encima y lo besa, haciéndole dar un bandazo.
– ¡Estáte quieta, Niki, no vayamos a abollar éste también!
– ¡¿Más de lo que está?! -Niki se sienta bien de nuevo-. ¿Y cómo va a darse cuenta?
– Las madres siempre se dan cuenta de todo. Piensa que este coche lo usaba yo a tu edad. -Mientras lo dice, intenta quitarle peso a esa extraña verdad-. Ella se daba cuenta de si había fumado, de si había bebido o incluso de si había montado a alguien o de si había hecho el acto…
– ¿El acto? Pero ¿qué manera de hablar es ésa? ¡Madre mía, eres un carroza! Además, perdona, pero ¿hiciste «el acto» en este coche y ahora te atreves a llevarme de paseo en él? -Y se pone a pegarle en broma.