– No. Estaba con un chico.
– Sería un amigo.
– Estaban abrazados a la puerta del videoclub.
Alessandro se queda blanco. Pietro se da cuenta y rápidamente intenta reconducir la situación.
– A lo mejor no era ella, tal vez te confundiste.
– ¿En el mismo lugar, a la misma hora y después de coger el DVD que tú llevaste? Además, no es fácil confundirse con esa chica.
Justo en ese momento, llega a la mesa una camarera joven, baja y rechoncha, con un piercing enorme en la nariz y algunas mechas naranja en el pelo. Abre su libreta para anotar el pedido.
– ¿Ya lo saben? ¿Qué van a comer?
Alessandro se levanta de golpe, aparta la silla y sale del local.
– Eh, ¿yo qué he hecho?
– Nada, nada, señorita. Sí, sí ya sabemos lo que queremos… Tráiganos cerveza en abundancia. ¿Tienen pizza Desesperada?
Alessandro está en la acera. Coge el móvil, busca en la agenda de nombres y marca un número. Aprieta la tecla verde. Uno, dos, tres timbrazos. Venga, joder. Joder. Responde. ¿Qué estás haciendo? ¿Dónde estás? Cuatro. Cinco. Responde. Siempre llevas el jodido móvil en el bolsillo. Cógelo ya. Seis. Siete.
– ¿Sí?
– ¿Niki? ¿Dónde diablos estás? ¿Dónde estabas, dónde te habías metido?
– En el baño. Me estaba lavando el pelo. ¿Te pasa algo?
– ¿A mí? ¿Qué te pasa a ti?
– ¿A mí? Nada, he estado estudiando un rato y ahora me voy a la cama.
– ¿Y no has hecho nada más?
– No… Ah, sí, cómo no, el gusano de mi hermano, con la ameaza del vídeo aquel que nos grabó, me ha obligado a que fuera a buscarle una película porno para él y el depravado de su amigo Vanni. Me he encontrado a tu amigo Pietro. Vaya personaje. Ha entrado a devolver una peli porno con una tal Jessica algo. ¿No te lo ha dicho?
Alessandro se detiene. Recupera un poco el aliento. Se relaja. Recupera la sonrisa.
– Ejem, no, se ha ido en seguida del campo. Tenía que volver a casa temprano.
– Ah. Luego he estado un rato con mi ex en la calle. Te dije que quería hablar conmigo, ¿no? El caso es que ha venido a buscarme al Prima Visione. Me ha montado una escena y ha intentado besarme. Y luego… Ha sido terrible.
– ¿El qué?
– Cuando te das cuenta de que ya no te importa nada alguien a quien habías querido tanto…
– Ya.
– Alex.
– ¿Sí?
– Sería hermoso seguir siempre así…
– ¿Cómo?
– Que me llames de repente en la noche, desesperado, sólo por oír mi voz.
Alessandro se siente culpable.
– Claro.
– Si ahora se acabase todo entre tú y yo, nos amaríamos toda la vida.
– Prefiero arriesgarme.
– Así me gusta. Nos llamamos mañana. Que duermas bien.
– Tú también… tesoro.
– ¡Me has llamado tesoro!
– Sí, pero no te lo tomes al pie de la letra.
– Caramba. Te voy a llamar el hombre-cangrejo. Un paso adelante y tres atrás. Pero cuando quieres… ¡eres un pulpo!
– ¡Espero volver a serlo muy pronto! Buenas noches.
– Alex, espera.
– ¿Qué?
– ¡No colguemos aún!
Alessandro se ríe.
– ¡Ok!
– ¿Cómo te ha ido el partido?
– Bien… ¡Hemos perdido!
– Entonces ¡te ha ido mal!
– No, no. No me gusta alterar mis costumbres.
– Entonces estáis todos cenando, como de costumbre.
– Sí, están todos ahí sentados, esperándome para pedir.
– ¿Y tú has salido sólo para llamarme?
– Sí.
– ¡Qué tierno! Venga, vete, cena al menos.
Se quedan un momento en silencio.
– ¿Alex?
– ¿Sí?
– Eso que estás pensando lo pienso yo también. -Y cuelga.
Alessandro sonríe, mira el móvil y se lo vuelve a meter en el bolsillo. Luego entra de nuevo en la pizzería. Pietro y Enrico dejan de beber su cerveza al verlo. Están preocupados, después sorprendidos. Ven que sonríe. Alessandro toma asiento.
– ¿Qué? ¿Pedimos?
– Pero ¿cómo, no estás enfadado?
– Demonios, esa mujer es la rehostia. No sé lo que se habrá inventado, pero te ha sentado bien.
– ¿Enfadado por qué? -Alessandro le birla la jarra a Pietro y da un largo trago, lleno de satisfacción.
Enrico mueve la cabeza.
– Prefieres no creernos, ¿eh? Y luego dices que el que ve visiones soy yo.
Alessandro coge también la jarra de Enrico y vuelve a beber. Luego se limpia la boca con la servilleta.
– Chicos, gracias a vosotros he llegado a una conclusión. El matrimonio es perjudicial. Lo vuelve a uno receloso. Hace que las cosas se vean distorsionadas.
– Ahora sé por qué te resistes… Bueno, nosotros también hemos llegado a una conclusión. -Pietro se frota las manos-. Ya sabemos qué favor pedirte.
Setenta y seis
Al día siguiente. Viale Regina Margherita. Alessandro los mira y sacude la cabeza.
– Hubiese esperado cualquier cosa menos este tipo de favor.
Enrico y Pietro caminan divertidos junto a Alessandro, cogiéndolo del brazo.
– Tienes que disculparnos, ¿eh? Tú te diviertes como un loco, rejuveneces, mira… -Pietro le pone una mano en el estómago-, debes de haber perdido dos kilos, ves películas porno como hacíamos cuando teníamos veinte años. Y nosotros, ¿qué? ¿Nada? ¿Quieres dejarnos al margen?
Alessandro se suelta del brazo de Pietro.
– Muy bien. En primer lugar, no he visto ninguna película porno con Niki. Segundo: me habéis preparado una encerrona pidiéndome un favor que… -Alessandro pone voz Marlon Brando- no puedo rechazar. Tercero, y muy probablemente lo más importante -Alessandro los mira a ambos-, a lo mejor no os acordáis, pero entre vosotros y yo existe una pequeña diferencia: ¡vosotros estáis casados! -Después continúa, dirigiéndose sobre todo a Enrico-. El matrimonio es como una flor. Uno tiene que ocuparse de él cada día, cuidarlo, cultivarlo, dedicarle amor, alimentarlo…
– Mira por dónde, en eso estoy de acuerdo contigo. -Enrico asiente con la cabeza-. Y por eso mismo me gustaría saber cuándo tendremos una respuesta.
– ¡Tú ni siquiera esperas a saber la verdad y ya te comportas así.
– ¿Qué tiene que ver?, esto es un juego.
Pietro, que no sabe nada, intenta averiguar algo más.
– Perdonad, ¿me lo podéis explicar? Me he perdido.
Enrico mira a Alessandro.
– En realidad, no hay nada que explicar.
Alessandro intenta echarle tierra al asunto.
– Sí, no es nada. No te preocupes, Pietro, es algo entre nosotros.
Pietro se encoge de hombros.
– Vale, como queráis.
Alessandro se detiene frente al restaurante.
– Ya conocéis las reglas, ¿eh?
– ¿De qué reglas hablas? Esto es como una cita a ciegas. Lo que sea, será.
– Pero Pietro, ¿estás de guasa? ¿Y en qué lugar me dejas a mí?
– À la guerre comme à la guerre. -Y Pietro se mete a toda velocidad en el restaurante. Un local blanco, diáfano, completamente nuevo. El Panda.
– Pero ¿será gilipollas? Maldita sea, tenía que haber retirado mi palabra. Entremos, Enrico. Como tú no me eches una mano, me voy a cabrear en serio, que lo sepas.
Enrico sonríe.
– Sabes perfectamente que yo sólo he venido por divertirme. Me gustaría estar en otro lado.
– Vale, veamos qué se le ocurre a ese anormal.
Pietro está ya en la barra. Tiene abierta una botella de champán y la está sirviendo en varias copas.
– ¿Tú has visto eso…? -Alessandro intenta darle alcance, pero demasiado tarde. Pietro ha desaparecido ya al fondo del salón.
– Aquí estoy. No podía presentarme con las manos vacías.
Enrico y Alessandro llegan en seguida. Pietro se mueve con elegancia alrededor de la mesa.
– Toma. -Y pasa una copa-. Toma tú también. ¡Y ahora, un brindis! ¡Por Niki y sus amigas!