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– ¡Anda que no ha llovido desde entonces! ¿Qué hacéis por aquí?

– Hemos ido a ver a la abuela. Ha venido también mi hermana, pero tenía que irse temprano, de manera que pensábamos ir a casa dando un paseo. ¿Y tú? -Susanna señala hacia el restaurante.

– Estaba comiendo con Enrico y con Alex.

– ¿En serio? Hace tiempo que no veo a Alex. Voy a entrar, así por lo menos lo saludo.

– Pues claro. -Sólo que, en ese momento, Pietro piensa en toda la mesa. Sobre todo en las tres comensales jovencísimas; demasiado parecidas a la que acaba de irse en su ciclomotor-. No, mira, Susanna, es mejor que no lo hagas. Hemos salido a comer porque tenía ganas de hablar. Está mal, ¿sabes?, echa de menos a Elena. Y si ahora te ve a ti a nosotros, una pareja, vaya, y encima con Lorenzo, Carolina, nuestros hijos… una familia, todo lo que él hubiese deseado tener.

– Tienes razón. No lo había pensado. -Susanna le sonríe-. Qué bueno eres.

– ¿Por qué?

– Porque eres sensible.

– Bah. ¡Venga que os llevo a casa! Rápido, que luego tengo que volver a la oficina.

Se montan todos en el coche. Pietro arranca.

Olly está parada en la esquina. Ha seguido toda la escena desde lejos. Vuelve atrás, aparca el ciclomotor y entra de nuevo en el restaurante.

– ¡Eh, mirad quién es!

– ¿Qué ha ocurrido? ¿Ya os habéis peleado?

Alessandro se vuelve preocupado hacia Enrico.

– Debe de haber intentado algo en cuanto salió.

– No seas tan mal pensado.

Niki se acerca a Olly.

– ¿Y bien? ¿Se puede saber qué ha pasado?

– Se ha acordado de que estaba casado.

– ¿Cómo? ¿Qué te ha dicho?

– Nada… Me ha indicado la dirección para ir a via Véneto. Primero a la derecha y luego todo recto.

– ¡Qué bruto!

– ¡Es mentira! Ha preferido acompañar a casa a su mujer y a los niños.

– ¡¿Qué?! -Alessandro casi se cae de la silla-. ¿Susanna estaba afuera?

Olly asiente con la cabeza. Enrico también palidece.

– Dios mío, imagina que hubiese entrado y nos hubiese visto así. Comiendo con tres chicas de diecisiete años.

Diletta levanta la mano.

– Yo ya tengo dieciocho.

– ¡Y yo también!

– Y yo. La única que tiene diecisiete es Niki.

– No creo que para Susanna hubiese mucha diferencia, ni tampoco para mi mujer. Si llegara a enterarse.

Justo en ese momento, suena el móvil de Alessandro. Lo saca de la chaqueta. Mira la pantalla, pero no reconoce el número.

– ¿Sí? ¿Quién es…? Ah, sí, descuide. -Alessandro escucha lo que le dicen por teléfono-. Sí, perfecto, gracias. -Y cuelga. Vuelve a guardarse el teléfono en el bolsillo y mira a Enrico-. Ya están listas las fotos que me pediste. Puedo pasar a buscarlas mañana.

Enrico se sirve un poco de champán. Se lo bebe de un solo trago. Deja la copa en la mesa y mira a Alessandro. Qué suerte que Susanna no haya entrado en el restaurante. Susanna no ha descubierto nada. No sabe nada todavía. En cambio, Enrico, al día siguiente lo sabrá todo. Pero ¿qué es todo?

Setenta y siete

Un poco después. Por la tarde. Un sol alegre entra por la ventana del despacho. Alessandro está sentado en su sillón. Mañana iré solo a buscar las fotos. Enrico me ha dado el dinero. No se ve con fuerzas para venir conmigo. No quiere enfrentarse con la mirada del investigador privado. Ya. ¿Cómo lo habría mirado Tony Costa? ¿Habría sonreído? ¿Habría hecho como si nada? Él lo ha visto todo. Lo sabe todo. No alberga duda alguna. Y, por encima de todo, tiene las fotos.

– Alex, Leo quiere verte en su despacho. -La secretaria pasa corriendo junto a él cargada de carpetas.

– ¿Sabes qué quiere?

– A ti.

Alessandro se estira la chaqueta. Mira su reloj. 15.30. Bien, ha sido una comida de trabajo. Sí, vaya, trabajo, tenía que saldar una deuda. Y ahora he contraído otra con Niki por haber traído a sus amigas. Mejor no se lo recuerdo. El problema es que, como decía Benjamin Franklin, los acreedores tienen mejor memoria que los deudores.

Alessandro llama a la puerta.

– ¡Adelante!

– Con permiso.

La peor sorpresa que hubiese podido imaginar está cómodamente sentada en el sofá de su director. Tiene un café en la mano y sonríe.

– Hola, Alex.

– Hola, Marcello.

En un instante, Alessandro lo entiende todo. Los japoneses han respondido. Y no les ha gustado. Es como decir: Lugano.

– ¿Quieres también tú un café?

Alessandro sonríe, intentando aparentar tranquilidad.

– Sí, gracias. -No hay que perder jamás el control. Concentrarse en pensamientos positivos. No existen los fracasos, tan sólo oportunidades de aprender algo nuevo.

– Por favor, ¿me trae otro café? Y un poco de leche fría aparte -Leonardo sonríe y apaga el interfono-. Siéntate.

Alessandro lo hace. Está incómodo en ese sofá. Se ha acordado de la leche. Pero quizá se haya olvidado de golpe de todos mis éxitos anteriores. De lo contrario, ¿por qué iba a ponerme de nuevo frente a este copywriter irritante y falso?

Leonardo se apoltrona en su sillón.

– Bueno, os he llamado porque, desgraciadamente…

Alessandro gira ligeramente la cabeza.

– … la partida vuelve a estar abierta. Alex, tus espléndidas ideas no han sido aceptadas.

Marcello lo mira y sonríe, fingiendo sentirse apenado. Alessandro evita su mirada.

Llaman a la puerta.

– ¡Adelante!

Entra la secretaria con el café. Lo deja en la mesa y sale. Alessandro coge su vasito y le añade un poco de leche. Pero antes de bebérselo, mira con seguridad a Leonardo.

– ¿Puedo saber por qué?

– Por supuesto. -Leonardo se echa hacia atrás y se apoya en el respaldo-. Les ha parecido un óptimo trabajo. Pero, allí, ya otros han hecho productos de ese tipo, ligados a la fantasía. Ya sabes que Japón es la patria del manga y de las criaturas fantásticas alejadas de la realidad. Pero lo cierto es que, lamentablemente, esos productos no funcionaron. Han dicho que éste no es momento para sueños extremos. Es el momento de soñar con realismo.

Alessandro se termina su café y lo deja sobre la mesa.

– Soñar con realismo…

Leonardo se pone en pie y empieza a caminar por la habitación.

– Sí, necesitamos sueños. Pero sueños en los que podamos creer. Una chica subida en un columpio sujeto de las nubes o que hace surf entre las estrellas en la ola azul del cielo es un sueño increíble. No nos lo podemos creer. Rechazamos ese tipo de sueño. Y, en consecuencia, también el producto. -Leonardo se vuelve a sentar-. ¿Qué queréis?, son japoneses. Inventad un sueño para ellos que sean capaces de creerse -Leonardo se pone serio de repente-. Un mes. Tenéis un mes para hacerlo. De lo contrario, nos dejarán definitivamente fuera.

Marcello se levanta del sofá.

– Bien, en ese caso me parece que no hay tiempo que perder. Vuelvo con mi equipo.

Alessandro también se levanta.

Leonardo los acompaña hasta la puerta.

– Bien, buen trabajo, chicos. ¡Que soñéis bien… y mucho!

Marcello se detiene en la puerta.

– Como dijo Pascoli en sus Poemas conviviales, de 1904, «el Sueño es la sombra infinita de la Verdad».

Leonardo lo mira complacido. Alessandro busca entre sus libros mentales intentando encontrar algo impactante para hacerse notar también él. Rápido, Alex. Rápido, demonios. Pascoli, Pascoli, ¿qué dijo Pascoli? «El que reza es santo, pero más santo es el que obra.» ¿Y eso qué tiene que ver? «Lo nuevo no se inventa: se descubre.» Hummm, un poco mejor. Pero ¿cómo voy a citar su misma fuente? Necesitaría otra. No sé, Oscar Wilde suele funcionar. Pero en este momento sólo se me ocurre aquella suya que dice: «En ocasiones es preferible callarse y parecer estúpidos que abrir la boca y disipar cualquier duda al respecto.» No estoy diciendo nada. Y Leonardo me está mirando. Ya está. Ya lo tengo. Una elección extraña pero atrevida. O eso creo.