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A lo largo de su alocución, el señor Pudd mantuvo en todo momento un tono sosegado y razonable. Se dirigía a mí como un padre a un niño descarriado. Tomé nota mentalmente de que debía añadir el término «paternalista» a los de «repulsivo» e «insecto» en la lista de calificativos referentes al señor Pudd.

– Ésa, y la Segunda Enmienda -dije-, de la que seguramente usted también ha oído hablar. -Retiré la mano de debajo del periódico y lo encañoné con la pistola. Me alegró comprobar que no me temblaba la mano.

– Esto me parece muy lamentable, señor Parker -contestó con tono dolido.

– Coincido con usted, señor Pudd. No me gusta que entren personas armadas en mi propiedad, ni que me vigilen mientras me ocupo de mis asuntos. Es de mala educación, y me pone nervioso.

El señor Pudd tragó saliva, sacó los dedos del interior de la chaqueta y apartó las manos del cuerpo.

– No era mi intención ofenderle, pero los siervos del Señor sufrimos el acoso de nuestros enemigos en todas partes.

– Dios le protegerá mejor que un arma, ¿no cree?

– El Señor ayuda a quienes se ayudan a sí mismos, señor Parker -contestó.

– Dudo que el Señor vea con buenos ojos el allanamiento de morada -repliqué, y el señor Pudd enarcó una ceja de manera casi imperceptible.

– ¿Está acusándome de algo?

– ¿Acaso tiene algo que confesar?

– A usted no, señor Parker. A usted no.

Sus dedos fluctuaron de nuevo en el aire lentamente, pero esta vez el movimiento parecía tener una finalidad y me pregunté cuál era el significado. No lo comprendí hasta que oí abrirse la puerta del coche y vi avanzar por el césped la sombra de la mujer. Me puse en pie al instante y retrocedí empuñando la pistola con ambas manos a la altura del hombro, apuntada hacia el pecho del señor Pudd.

La mujer se acercó desde detrás de Pudd por el lado izquierdo. No habló, pero llevaba la mano bajo el chaquetón negro. No iba maquillada y tenía la tez muy pálida. Bajo el chaquetón, vestía una falda plisada que le cubría casi hasta los tobillos y una sencilla blusa blanca desabrochada en el cuello, donde llevaba un pañuelo negro anudado alrededor de la garganta. En su aspecto se apreciaba algo desagradable en extremo, una fealdad interior que se filtraba por los poros y le contaminaba la piel. La nariz era demasiado fina para aquel rostro, los ojos demasiado grandes y demasiado blancos, los labios extrañamente abotargados. Tenía la barbilla desdibujada y hundida en los pliegues de carne del cuello. En su cara no se movía un solo músculo.

El señor Pudd volvió un poco la cabeza hacia ella sin apartar de mí la mirada.

– Creo que el señor Parker nos tiene miedo, ¿sabes, querida?

La mujer no cambió de expresión. Se limitó a seguir avanzando.

– Dígale que retroceda -musité, pero sin darme cuenta fui yo quien dio otro paso atrás.

– ¿Y si no qué? -preguntó el señor Pudd sin levantar la voz-. No va a matarnos, señor Parker. -Sin embargo alzó los dedos de la mano izquierda para indicar a la mujer que se detuviese, y ella obedeció.

En tanto que el señor Pudd tenía la mirada alerta, y su malevolencia esencial parecía velada por una tenue bruma de buen humor, los ojos de su acompañante eran como los de una muñeca, vidriosos e inexpresivos. Los fijó en mí y tomé conciencia de que, pese a tener un arma en la mano, era yo quien corría peligro.

– Saque la mano del chaquetón, muy despacio -le ordené, apuntándola a ella por un momento y luego otra vez a él para mantenerlos a raya a los dos-. Y será mejor que esté vacía cuando aparezca.

La mujer no se movió hasta que el señor Pudd asintió con la cabeza.

– Haz lo que te dice.

Ella reaccionó de inmediato y sacó la mano vacía del chaquetón, con cuidado pero sin ningún temor.

– Y ahora, señor Pudd -continué-, dígame quién es usted exactamente.

– Represento a la Hermandad -respondió-. En su nombre le pido que dé por concluida su intervención en este asunto.

– ¿Y si no lo hago?

– En ese caso nos veremos obligados a tomar medidas. Podríamos implicarlo en un litigio muy costoso en términos de dinero y tiempo, señor Parker. Contamos con excelentes abogados. Ésa no es la única opción a nuestro alcance, claro está. Hay otras. -Esta vez la advertencia era explícita.

– No veo razones para un conflicto -dije imitando su peculiar tono y manera de hablar-. Sólo quiero averiguar qué le ocurrió a Grace Peltier y creo que el señor Paragon puede ayudarme en ese cometido. -El señor Paragon está muy atareado con la obra del Señor.

– ¿Cosas que hacer, personas que desplumar?

– Es usted un hombre irreverente, señor Parker. El señor Paragon es un siervo del Señor.

– Hay que ver lo mal que está el servicio hoy día.

El señor Pudd dejó escapar un extraño bufido, la expresión audible de la agresividad contenida que percibía dentro de él.

– Si habla conmigo y contesta a mis preguntas, le dejaré en paz -dije-. Vive y deja vivir, ése es mi lema.

Sonreí, pero él no me devolvió el favor.

– Con el debido respeto, señor Parker, no creo que ése sea su lema. -Abrió la boca un poco más y casi escupió-. No lo creo en absoluto.

Señalé con la pistola.

– Lárguese de mi propiedad, señor Pudd, y llévese a esa amiga suya tan habladora.

Eso fue un error. A su lado, la mujer se movió de pronto hacia la izquierda e hizo ademán de saltar sobre mí; tenía la mano izquierda tensa como las garras de un halcón mientras la derecha se desplazaba hacia el interior del abrigo. Bajé la pistola y disparé entre los pies del señor Pudd, lo que provocó un lluvia de tierra y la desbandada de los pájaros de los árboles cercanos. La mujer se detuvo cuando el señor Pudd extendió la mano y le sujetó el brazo.

– Quítate el pañuelo, querida -dijo sin desviar la mirada de la mía.

La mujer permaneció inmóvil por un instante; luego se desató el pañuelo negro y lo sostuvo lánguidamente con la mano izquierda. Tenía el cuello surcado de cicatrices, costurones de color rosa pálido causantes de tal grado de deformidad, que dejarlos a la vista sería invitar a cualquiera que pasara por su lado a quedárselos mirando.

– Ábrela bien, querida -dijo el señor Pudd.

La mujer abrió la boca y dejó a la vista unos dientes pequeños y amarillos, las encías rosadas y una masa roja y desgarrada al fondo de la garganta que era lo que le quedaba de la lengua.

– Ahora canta. Permite al señor Parker que te oiga cantar.

Abrió la boca y movió los labios, pero no surgió de ella el menor sonido. Sin embargo siguió entonando una canción que se oía sólo en su cabeza, con los ojos entornados en una expresión de éxtasis, meciendo suavemente el cuerpo al son de aquella música muda, hasta que el señor Pudd levantó la mano y ella cerró la boca al instante.

– Antes tenía una voz hermosísima, señor Parker, muy delicada y pura. Se la arrebató un cáncer de garganta, un cáncer de garganta y la voluntad de Dios. Quizá fue una extraña bendición, una visitación del Señor para poner a prueba su fe y confirmarla en el único camino verdadero hacia la salvación. Al final, creo, sirvió esencialmente para aumentar su amor al Señor.

Yo no compartía su fe en aquella mujer. La rabia que anidaba en su interior era tangible, la ira por el dolor que había padecido, la pérdida que había sufrido. Había consumido cualquier capacidad de amor que en otro tiempo hubiese poseído, y ahora se veía obligada a mirar fuera de sí misma para alimentarla. Ese dolor nunca se aplacaría, pero su carga sería más tolerable haciéndoselo experimentar también a los demás.