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– Sí.

– Y ratones.

– Sí.

– ¿Le gusta su trabajo, señor Ragle?

– Mucho -respondió-. ¿He de interpretar eso como desaprobación?

– Llámeme mojigato, pero a mí eso me parece morboso, además de cruel y probablemente ilegal.

Ragle se inclinó y me golpeteó la rodilla con el dedo índice. A duras penas me contuve para no rompérselo.

– Sin embargo, la gente mata insectos y roedores a diario, señor Parker -dijo-. Algunos incluso sienten un extraordinario placer al hacerlo. Por desgracia, en cuanto admiten ese placer e intentan reproducirlo de alguna manera, nuestras fuerzas del orden, con una absurda tendencia a la censura, intervienen y los penalizan. No olvide, señor Parker, que, en este estado mismo, dejamos morir a Wilhelm Reich en la cárcel por vender sus «cajas de sexo» desde Rangeley. Forma parte de nuestra historia penalizar a quienes buscan satisfacción sexual por medios poco ortodoxos.

Se reclinó en su asiento y me dirigió una sonrisa radiante.

Yo se la devolví.

– Creo que el estado de California no es el único que tiene serias dudas sobre la legitimidad de lo que usted hace.

La aparente tranquilidad empezó a venirse abajo y pareció palidecer bajo su piel bronceada.

– Esto…, sí -dijo. Tosió y alcanzó un vaso de agua que había en la mesa ante él-. Por lo visto, un caballero en particular tiene graves objeciones contra algunas de mis producciones más…, digamos especializadas.

– ¿Y quién es?

– Se hace llamar señor Pudd -intervino Franklin.

Procuré mantener una expresión neutra.

– No le gustaron las películas de arañas -añadió.

Imaginé la razón.

La aparente tranquilidad que Ragle había mostrado hasta entonces se vino abajo del todo, como si la mención de Pudd lo hubiese llevado por fin a admitir la realidad de la amenaza a que se enfrentaba.

– Quiere matarme -gimoteó-. No quiero morir por mi arte.

Así pues, Al Z sabía algo de la Hermandad y de Pudd, y había considerado oportuno guiarme en dirección a Ragle. Por lo visto, tenía otra buena razón para viajar a Boston aparte de Rachel y la escurridiza Ali Wynn.

– ¿Cómo supo de usted?

Ragle sacudió la cabeza con gesto airado.

– Tengo un proveedor, un hombre que me suministra roedores e insectos y, cuando es necesario, arácnidos. Estoy convencido de que él le habló de mí a ese individuo, ese señor Pudd.

– ¿Qué razón tenía para hacerlo?

– Desviar la atención de sí mismo. Creo que el señor Pudd se enfurecería tanto con quien me vendiese esas criaturas como conmigo.

– Así que ese proveedor le facilitó a Pudd su nombre y luego pretextó que no sabía lo que usted planeaba hacer con los bichos.

– Eso es, sí.

– ¿Cómo se llama el proveedor?

– Bargus. Lester Bargus. Tiene una tienda en Gorham especializada en reptiles e insectos exóticos.

Dejé de tomar nota.

– ¿Lo conoce, señor Parker? -preguntó Franklin.

Asentí. Lester Bargus era lo que solía llamarse «dos kilos de mierda en un saco de un kilo». Era la clase de tipo que consideraba patriótico ser estúpido y llevar a su madre a Denny's a celebrar el aniversario del nacimiento de Hitler. Lo recordaba de mi época en el instituto de educación secundaria de Scarborough, cuando me quedaba de pie junto a la cerca que delimitaba el campo de fútbol, con el gran logotipo de los Redskins en el marcador, y me preparaba para afrontar una paliza. Esos primeros meses fueron los más difíciles. Yo sólo tenía catorce años y hacía dos meses que había muerto mi padre. Los rumores nos siguieron al norte: que mi padre había sido policía en Nueva York; que había matado a dos personas, un chico y una chica, disparándoles pese a que ni siquiera iban armados; que posteriormente se metió la pistola en la boca y apretó el gatillo. Lo empeoraba el hecho de que todo eso era verdad; no había forma de eludir la acción de mi padre, como no la había de explicarla. Los había matado, sin más. Ignoro qué vio al apretar el gatillo contra ellos. Estaban provocándole, intentando hacerle perder la paciencia, pero desconocían cuáles serían las consecuencias. Después mi madre y yo huimos al norte, de regreso a Scarborough, junto al padre de ella, que también había sido policía, y los rumores nos pisaron los talones como perros rabiosos.

Tardé un tiempo en aprender a defenderme, pero lo conseguí. Mi abuelo me enseñó a parar un puñetazo y a devolverlo en un único y controlado movimiento que siempre haría sangrar a mi rival. Pero cuando recuerdo aquellos primeros meses, me viene a la cabeza aquella cerca y un corrillo de muchachos aproximándose a mí, y recuerdo a Lester Bargus con sus pecas y su pelo castaño de corte recto, sorbiéndose la saliva que había empezado a resbalarle entre los labios por el placer de golpear a otro ser humano desde la seguridad que el grupo le confería. Si hubiese nacido coyote, Lester Bargus habría sido el animal más enclenque de la manada, el que se queda en los márgenes del grupo tendiéndose boca arriba ante la presencia de los más fuertes y sin embargo siempre está dispuesto a arremeter contra los débiles y los heridos cuando se desata el frenesí. Durante el último curso que fue al instituto torturó e intimidó y estuvo a punto de cometer una violación. Ni siquiera se sacó el graduado escolar; se requeriría una nueva escala para medir la profunda ignorancia de Bargus.

Había oído decir que, en la actualidad, Bargus tenía una tienda de animales en Gorham, pero, según se creía, eso no era más que una tapadera para su otro interés: la venta ilegal de armas. Si uno necesitaba con urgencia un arma en buen estado, Lester Bargus era el indicado para proporcionársela, en particular si sus puntos de vista políticos y sociales se hallaban tan a la derecha que a su lado el Ku Klux Klan parecía la Unión Americana por las Libertades Civiles.

– ¿Y hay muchas tiendas que suministren insectos, señor Ragle?

– No en este estado, pero a Bargus se le considera una notable autoridad a nivel nacional. Los herpetólogos y los aracnólogos le consultan habitualmente. -Ragle se encogió de hombros-.

Aunque, dicho sea de paso, no en persona. El señor Bargus es un individuo muy desagradable.

– ¿Y por qué me cuenta todo esto?

– Porque mi cliente -terció Franklin- está seguro de que el señor Pudd lo matará si nadie se lo impide. El caballero de Boston, que ha actuado como conducto de algunos de los productos más convencionales de mi cliente, cree que uno de los casos en que usted interviene actualmente puede incidir en los intereses de mi cliente. Ha sugerido que cualquier ayuda que podamos facilitarle redundará en beneficio de nuestra causa.

– ¿Y Lester Bargus es la única pista con la que cuentan?

Franklin encogió los hombros en un gesto de pesar.

– ¿Ha intentado Pudd ponerse en contacto con usted?

– En cierto modo. Mi cliente ha estado aislado en una casa refugio de Standish. La casa ardió hasta los cimientos. Alguien lanzó un artefacto incendiario por la ventana del dormitorio. Afortunadamente, el señor Ragle logró escapar ileso. Después de ese incidente contratamos a Mikey como guardia de seguridad.

Cerré el cuaderno y me levanté para marcharme.

– No puedo prometerle nada -dije. Ragle se inclinó hacia mí y me agarró el brazo.

– Si encuentra a ese hombre, señor Parker, aplástelo -instó con un siseo-. Aplástelo como a un insecto.

Retiré el brazo con delicadeza.

– No creo que haya tacones de aguja tan grandes, señor Ragle, pero lo tendré en cuenta.

Esa misma tarde visité Gorham. Estaba sólo a tres kilómetros, pero fue un viaje en balde, como yo preveía. Bargus envejecía mal. Había perdido casi todo el pelo y casi todos los dientes y tenía los dedos amarillos de nicotina. Llevaba una camiseta con el lema no al nuevo orden mundial y un casco de las Naciones Unidas bajo el aspa de la mira telescópica de un francotirador. En la exigua luz de su tienda había arañas agazapadas en urnas mugrientas y serpientes enroscadas en torno a ramas, y se oía el golpeteo de los duros exoesqueletos de las cucarachas al chocar entre sí. En el mostrador, junto a él, una caja de cristal contenía una mantis de diez centímetros de largo, con las patas delanteras erizadas de púas. Bargus le echó un grillo, que brincó por la tierra del fondo de la caja en un vano esfuerzo por evitar ser aniquilado. La mantis volvió la cabeza para observarlo, como si le divirtiese su presunción, y después emprendió la captura.