Выбрать главу

Cuando me acerqué al mostrador, Bargus tardó unos instantes en reconocerme.

– Vaya, vaya -dijo-. Mira quién asoma la cabeza.

– Tienes buen aspecto, Lester -contesté-. ¿Qué haces para conservarte tan joven y guapo?

Me miró con expresión ceñuda y se hurgó entre dos de los dientes que le quedaban para sacarse algo.

– ¿Eres de la acera de enfrente, Parker? Siempre pensé que eras marica.

– Vamos, Lester, no vayas a creer que no me siento halagado, pero la verdad, no eres mi tipo.

– No me digas. -No parecía muy convencido-. ¿Has venido a comprar algo?

– Busco cierta información.

– Sal por la puerta, dobla a la derecha y sigue recto hasta llegar al culo del infierno. Diles que te envío yo.

Volvió a concentrarse en la lectura de un libro, que, a juzgar por las ilustraciones, parecía una guía para fabricar un mortero con latas de cerveza.

– Ésa no es manera de hablarle a un viejo amigo del instituto.

– Tú no eras mi amigo, y no me gusta que estés en mi tienda -dijo sin levantar la vista del libro.

– ¿Puedo saber por qué?

– Cerca de ti, la gente tiene cierta tendencia a morirse.

– Si te fijas bien, verás que la gente se muere cerca de cualquiera.

– Es posible, salvo que cerca de ti se mueren mucho más deprisa y con mucha más frecuencia.

– Si es así, cuanto antes me marche, menos riesgo corres.

– Yo no te retengo.

Golpeteé el cristal de la caja de la mantis, directamente en la línea de visión del insecto, y éste, sobresaltado, echó atrás la cabeza. La mantis es el insecto de apariencia más humana; tiene los ojos dispuestos de forma que le permiten mirar al frente, dotándolo así de percepción en perspectiva. Puede ver cierta cantidad de color y volver la cabeza para mirar por encima del «hombro». Además, como los humanos, come todo aquello que puede someter, desde un avispón hasta un ratón. Cuando deslicé el dedo, la mantis giró la cabeza y siguió atentamente el movimiento sin dejar de masticar el grillo. La mitad superior del cuerpo de éste ya había desaparecido.

– No la molestes más -dijo Bargus.

– Es todo un depredador.

– Ese mal bicho te devoraría si creyese que ibas a quedarte quieto el tiempo suficiente. -Sonrió mostrando sus dientes podridos.

– He oído decir que son capaces de engullir a una viuda negra.

El libro sobre la fabricación de morteros a base de latas de cerveza yacía ahora olvidado ante Bargus.

– Lo he visto con mis propios ojos -asintió.

– Quizá no es tan mal bicho, después de todo.

– Si no te gustan las arañas, te has equivocado de tienda.

Hice un gesto de indiferencia.

– No me gustan tanto como a otros. No me gustan tanto como al señor Pudd.

De pronto Lester volvió a clavar la mirada en la página en que se había quedado, pero mantuvo la atención fija en mí.

– Nunca he oído hablar de él.

– Ah, pero él sí ha oído hablar de ti.

Lester alzó la vista y tragó saliva.

– ¿Qué carajo estás diciendo?

– Lo pusiste tras la pista de Harvey Ragle. ¿Aclara eso las cosas?

– No sé de qué me hablas. -En el ambiente caluroso y húmedo de la tienda, Lester Bargus empezó a sudar.

– Yo diría que se ocupará de Ragle y luego volverá a por ti.

– Lárgate de mi tienda -soltó Lester con un bufido. Trató de dar un tono amenazador a sus palabras, pero el temblor de la voz lo delató.

– ¿Sólo le vendes arañas, Lester? ¿No le has ayudado, quizá, con alguna de sus otras necesidades? ¿Es aficionado a las armas?

Le vi mover las manos torpemente bajo el mostrador y supe que estaba buscando un arma. Eché mi tarjeta sobre el mostrador y lo observé mientras la alcanzaba con la mano izquierda, la arrugaba en la palma y la tiraba al cubo de la basura. En su mano derecha apareció, sujeta por la culata, una escopeta de cañones recortados. No me moví.

– Le he visto, Lester -dije-. Da miedo.

Lester amartilló la escopeta con el pulgar.

– Como ya te he dicho, no sé de qué me hablas.

Dejé escapar un suspiro y retrocedí.

– Tú verás, Lester, pero tengo la sensación de que tarde o temprano volverá a acosarte.

Me di media vuelta y me dirigí hacia la puerta. Ya la había abierto cuando me llamó.

– No quiero problemas. Ni contigo ni con él, ¿me entiendes? -dijo.

Aguardé en silencio. En su cara se puso de manifiesto el forcejeo entre el miedo a no revelar nada y las consecuencias de hablar demasiado.

– No tengo su dirección -prosiguió vacilante-. Se pone en contacto conmigo cuando necesita algo, pasa a recogerlo él mismo y paga en efectivo. La última vez que apareció me preguntó por Ragle y le conté lo que sabía. Si lo ves de nuevo, dile que no tiene motivos para venir a molestarme. -La confesión pareció devolverle parte del aplomo, porque recuperó su habitual y repugnante mueca de desdén-. Y yo que tú orientaría tu trabajo en otra dirección. El hombre por el que preguntas es de los que no quieren que se pregunte por ellos, no sé si me entiendes. El hombre por el que preguntas es de los que matan a quienes se meten en sus asuntos.

Aquella noche no tenía ganas de estar en casa ni de prepararme la cena. Cerré bien todas las ventanas, coloqué una cadena en la puerta de atrás y puse una cerilla rota sobre la puerta delantera. Si alguien intentaba entrar, me enteraría.

Fui a Portland y aparqué en la esquina de Cotton con Forest en el Puerto Antiguo. Luego me dirigí a pie hasta Sapporo, en Commercial Street, con el sonido del mar resonándome en los oídos. Comí un buen teriyaki, tomé té verde y traté de poner en orden mis pensamientos. Las razones para ir a Boston se multiplicaban por momentos: Rachel, Ali Wynn y ahora Al Z. Pero aún no había conseguido acorralar a Carter Paragon, aún me preocupaba Marcy Becker, y estaba sudando bajo la chaqueta porque no podía quitármela sin dejar a la vista la pistola.

Pagué la cuenta y salí del restaurante. En la otra acera, una multitud de chicos hacía cola para entrar en el Three Dollar Dewey's mientras el portero verificaba sus carnets de identidad con el escepticismo de un fogueado profesional. El Puerto Antiguo estaba abarrotado y un bullicioso gentío se congregaba en la esquina de Forest con Union, al final de la arteria principal del barrio. Deambulé un rato por allí para no sentirme solo, para no volver a mi casa de Scarborough. Al pasar frente al Calabash Cigar Café y el Gritty McDuffs, eché un vistazo a la zona peatonal de Moulton Street.

La mujer que vi oculta entre las sombras llevaba un veraniego vestido claro estampado de flores rosadas. Estaba de espaldas a mí y el cabello rubio le colgaba en una cola recortándose contra la blancura de su espalda, sujeto por un lazo de color aguamarina. A mi alrededor, el tráfico se detuvo y los pies de los transeúntes quedaron suspendidos a medio paso, interrumpidas momentáneamente sus vidas. Sólo oía mi respiración; sólo veía el movimiento procedente de Moulton.

Junto a la mujer había un niño, y ella, con su mano izquierda, le sujetaba la mano derecha con delicadeza. El niño vestía la misma camisa a cuadros y el mismo pantalón corto que el día que lo vi por primera vez en Exchange Street. Mientras lo observaba, la mujer se inclinó y le susurró algo. Él asintió y volvió la cabeza para mirarme, la única lente transparente de sus gafas brilló en la oscuridad. A continuación, la mujer se irguió, le soltó la mano y se alejó de nosotros hasta doblar a la derecha en la esquina de Wharf Street. Cuando se perdió de vista, fue como si el mundo a mi alrededor dejase escapar el aliento y recuperase la movilidad. Me eché a correr por Moulton y dejé atrás al niño. Cuando llegué a la esquina, la mujer cruzaba por Dana Street, atravesando en silencio los charcos de luz creados por las farolas.