– Susan.
Pronuncié su nombre sin pensarlo apenas, y por un instante tuve la impresión de que se detenía a escuchar. Luego pasó de la luz a la oscuridad y desapareció.
En ese momento el niño estaba en la esquina de Moulton con la vista fija en los adoquines. Cuando me acerqué, alzó la mirada y me escrutó con curiosidad desde detrás de las gafas de montura negra con su ojo izquierdo; el derecho permanecía oculto bajo la cinta adhesiva oscura con la que habían cubierto de manera inexperta la otra lente. No tendría más de ocho años, y el cabello castaño claro, con raya a un lado, se le agitaba sobre la frente. Los pantalones, en algunas partes, habían quedado rígidos por el barro y la camisa estaba mugrienta, aunque casi toda ella quedaba oculta tras la tabla de madera -quizá de unos cuarenta y cinco centímetros por doce, y dos y medio de grosor- que llevaba colgada al cuello de una cuerda. En la madera había grapado algo con letra irregular e infantil, probablemente escrito con un clavo, pero los surcos se habían llenado de tierra en algunos sitios, confabulándose con la oscuridad para que resultara casi imposible leerlo.
Me puse en cuclillas ante él.
– Hola -dije.
No se lo veía asustado. No parecía famélico ni enfermo. Simplemente estaba… allí.
– Hola -respondió.
– ¿Cómo te llamas? -pregunté.
– James -dijo.
– ¿Te has perdido, James?
Negó con la cabeza.
– ¿Qué haces aquí, pues?
– Espero -se limitó a contestar.
– ¿Qué esperas?
No respondió. Tuve la sensación de que yo debía saberlo y a él le sorprendía un poco que no lo supiese.
– ¿Quién era esa señora que estaba contigo, James? -pregunté.
– La Señora del Verano -dijo.
– ¿Sabes si tiene nombre?
Aguardó un momento antes de responder. Cuando lo hizo, el aliento pareció abandonar mi cuerpo y me asaltó una sensación de mareo y de miedo.
– Ha dicho que tú sabías su nombre. De nuevo lo noté perplejo, casi desilusionado.
Cerré los ojos por un instante y me balanceé sobre los talones. Sentí su mano en la muñeca, sujetándome para que no me cayese, la tenía fría. Cuando abrí los ojos, estaba inclinado hacia mí. Vi tierra entre sus dientes.
– ¿Qué te ha pasado en el ojo, James? -pregunté.
– No lo recuerdo.
Tendí la mano hacia él y me soltó la muñeca mientras yo frotaba la madera para desprender la tierra y la suciedad. Al caer al suelo en pequeños terrones, quedaron a la vista las palabras:
JAMES JESSOP
PECADOR
– ¿Quién te obliga a llevar esto, James?
Una diminuta lágrima rodó desde su ojo izquierdo, y luego otra.
– Me porté mal -musitó-. Todos nos portamos mal.
Pero las lágrimas sólo le caían de un ojo, y sólo se le formaban churretes en la mejilla izquierda. Con manos trémulas, cogí sus gafas por ambos lados de la montura y se las quité lentamente. Sin tratar de impedírmelo, fijó en mí su único ojo con una expresión de absoluta confianza.
Y cuando retiré las gafas por completo, apareció un agujero allí donde había estado el ojo derecho, la carne desgarrada y quemada y la herida seca como si fuese muy antigua y hubiese dejado de sangrar, o incluso de doler, hacía mucho tiempo.
– Te he estado esperando -dijo James Jessop-. Todos hemos estado esperándote.
Me erguí y me aparté de él. Las gafas se me cayeron al suelo cuando me di la vuelta.
Y los vi a todos.
Me observaban inmóviles, hombres y mujeres, niños y niñas, todos con tablas colgadas del cuello. Había al menos una docena, quizá más. Estaban en la penumbra de Wharf Street y a la entrada de Commercial, vestidos con ropa sencilla, ropa concebida para usarse en el campo: pantalones que no se romperían al primer traspié y botas que la lluvia no calaría ni perforaría una piedra.
KATHERINE CORNISH, PECADORA
VYRNA KELLOG, PECADORA
FRANK JESSOP, PECADOR
BILLY PERRSON, PECADOR
Los otros se hallaban más atrás, y los nombres grabados en las tablas eran más difíciles de leer. Algunos presentaban heridas en la cabeza. Vyrna Kellog tenía el cráneo partido, y la herida abierta se extendía casi hasta el puente de la nariz; Billy Perrson había recibido un disparo en la frente; a Katherine Cornish le colgaba por detrás de la cabeza una tira de cuero cabelludo que le cubría la oreja izquierda. Estaban allí de pie y me miraban, y alrededor de ellos el aire parecía crepitar cargado de energía oculta.
Tragué saliva, pero tenía la garganta seca y me dolió por el esfuerzo.
– ¿Quiénes sois? -pregunté, pero ya en el momento en que se desvanecían lo supe.
Retrocedí a trompicones hasta sentir el frío contacto de los ladrillos contra mi cuerpo y vi árboles altos y hombres abriéndose paso entre barro y huesos. El agua chapoteaba contra un dique de sacos de arena y los animales aullaban. Y mientras estaba allí temblando, cerré los ojos con fuerza y oí mi propia voz que comenzaba a rezar.
Por favor, Dios mío, dijo.
Por favor, no permitas que esto empiece otra vez.
8
Al día siguiente fui en coche a Boston en unas dos horas, pero me quedé atrapado en el espantoso tráfico de la ciudad durante casi otra hora. A las interminables obras de vialidad de Boston las llamaban «la Gran Excavación», y los letreros dispuestos alrededor de varios socavones grandes prometían: Merecerá la pena. Si uno escuchaba con la debida atención, oía decir entre dientes a millones de votantes que más valía que fuese así.
Antes de salir telefoneé a Curtis Peltier a su casa. La noche anterior había ido a cenar con unos amigos, me dijo, y al regresar se encontró allí a la policía.
– Alguien intentó forzar la puerta trasera -explicó-. Unos niños oyeron el ruido y avisaron a la policía. Probablemente eran yonquis de Kennedy Park o Riverton.
Tuve mis dudas al respecto. Le comenté lo de las notas desaparecidas.
– ¿Cree que contenían algo importante?
– Es posible -contesté, si bien no se me ocurría qué podía ser. Sospechaba que quienquiera que se las hubiese llevado, ya fuese el señor Pudd u otra persona todavía desconocida, sencillamente se proponía complicarme las cosas al máximo. Le dije a Curtis que se cuidase y me aseguró que lo haría.
Poco antes del mediodía llegué a Exeter Street, casi a la altura de Commonwealth Avenue, y aparqué frente a la casa de Rachel. Tenía alquilado un apartamento en un edificio de piedra rojiza delante de donde vivió en otro tiempo Henry Lee Higginson, el fundador de la Orquesta Sinfónica de Boston. En Commonwealth la gente hacía jogging, paseaba al perro o estaba sentada en los bancos respirando la contaminación del tráfico. Cerca, las palomas y los gorriones comían antes de presentar sus respetos a la estatua del historiador y marino Samuel Eliot Morison, que permanecía en su pedestal con la expresión vagamente preocupada de un hombre que ha olvidado dónde aparcó el coche.
Rachel me había dado una llave del apartamento, así que dejé allí mi bolsa de viaje, fui a comprar un poco de fruta y una botella de agua al Deluca's Market de Fairfiled y subí por Commonwealth Avenue hasta llegar al Public Garden entre Arlington y Charles. Bebí agua, me comí la fruta y observé a los niños que jugaban bajo el sol y a los perros que perseguían discos voladores. Quería un perro, pensé. En mi familia siempre habíamos tenido perro, también mi abuelo, y me gustaba la idea de ver un perro rondando por la casa. Supuse que deseaba compañía, lo cual me llevó a preguntarme por qué no le pedía a Rachel que viniese a vivir conmigo. Pensé que quizá Rachel se hacía la misma pregunta. Últimamente me parecía percibir cierta tensión en su voz cada vez que surgía el tema, un tono nuevo y perentorio en sus tanteos. Había mostrado paciencia durante más de catorce meses, e imaginé que ahora sentía la tensión de ver la relación detenida en un punto muerto. La culpa era mía: la deseaba cerca de mí, y sin embargo aún temía las posibles consecuencias. En una ocasión había estado a punto de morir por mi causa. No quería verla sufrir otra vez.