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A las dos de la tarde tomé la línea roja hasta Harvard y me encaminé hacia Holyoke Street. Ali Wynn terminaba su turno del mediodía a las dos y media y le había dejado un mensaje diciéndole que me pasaría por allí para hablar con ella de Grace. El edificio de obra vista donde se hallaba el restaurante tenía yedra en la fachada y las ventanas del piso superior estaban adornadas con pequeñas luces blancas. Del salón de abajo llegaba el sonido de los bailarines de claqué que ensayaban sus pasos, con un ritmo semejante al tecleo de una antigua máquina de escribir Underwood.

En la escalinata del edifico había una joven de veintitrés o veinticuatro años ajustándose el tornillo del piercing de la nariz. Llevaba el pelo teñido de color negro carbón, los ojos maquillados de negro azulado y los labios con un carmín tan rojo que podría haber parado el tráfico. Era muy pálida y delgada, así que difícilmente podía ser una clienta asidua de su propio restaurante. Cuando me acerqué, me miró con una mezcla de expectación e inquietud.

– ¿Ali Wynn? -pregunté.

Asintió con la cabeza.

– ¿Es usted el detective?

– Charlie Parker.

Alargó el brazo y me estrechó la mano sin despegar la espalda de los ladrillos del edificio.

– ¿Como el jazzista?

– Eso creo.

– Era una pasada. ¿Lo ha escuchado?

– No. Prefiero la música country.

Arrugó la frente.

– Seguro que, para ponerle un nombre así sus padres eran muy aficionados al jazz.

– Escuchaban a Glenn Miller y Lawrence Welk. Dudo que supiesen siquiera quién era Charlie Parker.

– ¿Le llama Bird la gente?

– A veces. A mi novia le parece encantador. Mis amigos lo hacen para fastidiarme.

– Para usted debe de ser una lata.

– Me he acostumbrado.

La deconstrucción de los procedimientos de mi familia para elegir nombre mitigaron aparentemente un poco su recelo hacia mí, ya que se separó de la pared y se colocó a mi lado. Fuimos a pie hasta el Au Bon Pain de Harvard Square, donde se fumó cuatro pitillos y se tomó dos cafés exprés en quince minutos. Ali Wynn poseía tal cantidad de energía nerviosa que a su lado los electrones parecían en calma.

– ¿Conocías bien a Grace? -le pregunté cuando se había fumado ya la mitad de su segundo pitillo.

Exhaló una columna de humo.

– Claro, muy bien. Éramos amigas.

– Su padre me contó que vivió contigo y que a veces se alojaba en tu casa, incluso después de trasladarse.

– Venía los fines de semana para ir a la biblioteca y yo le dejaba pasar la noche en el sofá. Grace era divertida. O más bien lo había sido.

– ¿Cuando dejó de serlo?

Ali se terminó el segundo cigarrillo y encendió el tercero haciendo uso de una caja de cerillas del Grafton Pub.

– Más o menos cuando empezó la tesis.

– ¿Sobre los Baptistas de Aroostook?

Trazó un lento arco con el cigarrillo.

– Exacto. Estaba obsesionada. Tenía un montón de cartas y fotografías de ellos. Se tendía en el sofá, ponía esa mierda de música fúnebre en el estéreo y se quedaba así horas y horas, mirándolas una y otra vez.

»¿Puede traerme otro café?

Hice lo que me pedía. Supuse que no escaparía antes de terminarse el pitillo.

– ¿No te preocupan los efectos de tanta cafeína? -pregunté al regresar.

Se tiró del tornillo de la nariz y sonrió.

– No, espero morir antes por el tabaco.

No obstante el aparente descaro a lo Siouxsie and The Banshees, Ali Wynn inspiraba simpatía. El sol le arrancaba chispas de los ojos y tenía levantado permanentemente el lado derecho de la boca en una sonrisa seudocínica. Era todo fachada; el humo del tabaco no permanecía en su boca ni el tiempo suficiente para provocarle un colocón de nicotina a un mosquito e iba maquillada con demasiado esmero para asustar de verdad. Imaginé que probablemente inspiraba temor, deseo e irritación, a partes poco más o menos iguales, en sus compañeros de clase de sexo masculino. Ali Wynn podría haber obligado al mundo entero a comer en la palma de su mano si hubiese tenido la necesaria confianza en sí misma. Todo se andaría, a su debido tiempo.

– Estabas hablándome de Grace -apunté para que tanto ella como yo retomásemos el hilo de la conversación y tomarlo yo mismo.

– Sí, claro. No hay mucho más que decir. Era como si toda esa historia familiar estuviera consumiéndola, sorbiéndole la vida. Todo era «Elizabeth» esto, «Lyall» aquello. Se convirtió en un verdadero plomo. Estaba obsesionada con Elizabeth Jessop. No sé, quizá pensaba que el espíritu de Elizabeth había entrado en ella o algo así.

– ¿Pensaba que Elizabeth estaba muerta?

Ali asintió.

– ¿Dijo por qué?

– Era un presentimiento, sólo eso. En cualquier caso, como ya he contado, estaba pasándose de rosca. Le expliqué que no podía quedarse más en casa porque mi compañera de piso se había quejado, lo cual era, por así decirlo, una mentira absoluta. Eso ocurrió en febrero. Dejó de venir y apenas volvimos a hablar desde entonces hasta… -Dejó el final de la frase en el aire y aplastó la colilla con rabia-. Pensará usted que soy un mal bicho -añadió en un susurro cuando desapareció el último rastro del humo.

– No, no pienso eso ni mucho menos.

No me miró, como si temiese que mi expresión desmintiese mis palabras.

– Quería ir al funeral pero… no fui. Odio los funerales. Luego quería mandarle una tarjeta a su padre, que era un viejo encantador, pero tampoco lo hice.

Finalmente levantó la vista y sólo me sorprendí a medias al ver que tenía los ojos empañados.

– Recé por ella, señor Parker, y no recuerdo la última vez que había rezado. Recé para que estuviese bien y para que quienquiera que tuviese al lado…, Dios, Buda, Alá…, cuidase de ella. Grace era buena persona.

– Es muy probable -dije mientras ella encendía un último pitillo-. ¿Tomaba drogas?

Ali movió la cabeza en un vehemente gesto de negación.

– No, nunca.

– Aparte de estar demasiado absorta en su tesis, ¿se la notaba deprimida o ansiosa?

– No más que a cualquiera.

– ¿Salía con alguien?

– Había tenido un par de rollos, pero nada serio desde hacía al menos un año. Me lo habría contado.

La observé un rato en silencio, pero supe que decía la verdad. Ali Wynn no estaba en el coche con Grace la noche de su muerte. Marcy Becker parecía, por momentos, la candidata más probable. Me recosté en el asiento y examiné al gentío que entraba y salía del metro, turistas y bostonianos cargados con bolsas de vino y caramelos de Cardullos, jamón de la Selva Negra y tés exóticos procedentes del Jackson's de Picadilly, sales de baño y jabones de Origins. Grace aún debería estar entre ellos, pensé. El mundo se había empobrecido con su fallecimiento.

– ¿Le sirve de algo todo esto? -preguntó Ali. Me di cuenta de que quería marcharse.

– Me aclara unos cuantos puntos. -Le di mi tarjeta después de anotar al dorso mi número particular-. Si te acuerdas de algo más o si aparece otra persona y pregunta por Grace, llámame.

– Claro. -Tomó la tarjeta y se la guardó cuidadosamente en el bolso. Se disponía a irse, pero de pronto se detuvo y apoyó con delicadeza una mano en mi brazo-. Cree que la mató alguien, ¿verdad? -Mantuvo apretados sus labios rojos, pero no pudo contener el temblor de la barbilla.