– Sí -contesté-. Creo que la mataron.
Me agarró con más fuerza por un instante y sentí cómo el calor que desprendía se me metía en la piel.
– Gracias por el café -dijo, y se marchó.
Pasé el resto de la tarde comprando un poco de ropa para mi mermado vestuario antes de dirigirme a Copley y al Starbucks de Newbury con la intención de leer el periódico. La lectura casi diaria del New York Times era un hábito que no había perdido, aunque comprarlo en Boston me creaba cierta culpabilidad, como si, con el periódico enrollado, hubiese golpeado al alcalde. Ni siquiera me fijé en el principio del artículo, en la columna derecha de la primera plana, hasta que llegué a la página siete, donde continuaba, y vi la fotografía que lo acompañaba. Un hombre me miraba en blanco y negro, tocado con un sombrero negro, y entonces recordé al tipo que me saludó con la cabeza desde un Mercedes cuando me acercaba a la casa de Jack Mercier, y a quien también vi sentado, visiblemente incómodo, en compañía de otras tres personas en una fotografía enmarcada de la biblioteca de Mercier. Era el rabino Yossi Epstein, y estaba muerto.
Según fuentes policiales, el rabino Yossi Epstein salió de la shul de Eldridge Street a las 17.30 horas de un frío martes, cuando el flujo del tráfico en el Lower East Side cambiaba, mudando de cariz, conforme quienes vivían en las afueras daban paso a aquellos cuyas razones para estar en la ciudad tenían más que ver con el placer que con el trabajo. Epstein vestía traje negro y camisa blanca, pero distaba mucho de ser el tradicionalista que su apariencia inducía a pensar. En la shul había quienes lo criticaban a sus espaldas; toleraba a los homosexuales y a los adúlteros, decían. Se mostraba demasiado dispuesto a ponerse ante las cámaras de la televisión, aducían, demasiado presto a sonreír y a consentir los caprichos a los medios de comunicación nacionales. Se interesaba demasiado por las cosas de este mundo y demasiado poco por la promesa del más allá.
Epstein se había labrado un nombre a raíz del desastre de Crown Heights, cuando suplicó tolerancia alegando que las comunidades judía y negra debían dejar de lado sus diferencias, que los negros pobres y los judíos pobres tenían más en común que los miembros más ricos de sus propias razas. Resultó herido en los disturbios posteriores, y una fotografía suya en el Post, con la sangre manándole de una herida en la cabeza, le había servido para conocer la celebridad gracias a un desafortunado y fortuito parecido de la imagen con las representaciones de Cristo martirizado.
Epstein también había tenido relación con el templo de B'Nai Jeshurun, en la esquina de la calle Ochenta y Nueve con Broadway, fundado por Marshal T. Meyer, cuyo mentor había sido el extremista conservador Abraham Yoshua Heschel. Era fácil comprender por qué una persona con los puntos de vista de Epstein podía sentirse atraída hacia Meyer, quien se había enfrentado a los generales argentinos en un intento por localizar a judíos desaparecidos. Desde la muerte de Meyer en 1993, dos rabinos argentinos habían proseguido su labor en Nueva York, que incluía proveer de refugio a la gente sin hogar y apoyar la creación de una feligresía formada por homosexuales. B'Nai Jeshurun estaba hermanado incluso con una parroquia de Harlem, la iglesia baptista de Nueva Canaán, cuyo pastor a veces pronunciaba sermones en la sinagoga. Según el Times, Epstein, tras ciertas discrepancias con B'Nai Jeshurun, había empezado a celebrar dos servicios mensuales en el viejo Centro Orensanz del Lower East Side.
Una de las razones del distanciamiento con B'Nai Jeshurun era, por lo visto, la creciente implicación de Epstein con los grupos antinazis, incluidos el Centro para la Remodelación Democrática de Atlanta y el Searchlight de Gran Bretaña. Había fundado su propia organización, la Liga Judía por la Tolerancia, formada básicamente por voluntarios y dirigida desde un pequeño despacho de Clinton Street, encima de una librería judía abandonada.
Según el Times, se creía que Epstein había recibido una considerable suma de dinero en las últimas semanas para iniciar una serie de investigaciones centradas en organizaciones presuntamente relacionadas con actividades antisemitas, entre ellas los sospechosos habituales: grupos de fanáticos cuyos nombres contenían la palabra «ario» en un lugar destacado y elementos escindidos del Ku Klux Klan que se habían separado de éste porque ahora veía con malos ojos la quema de sinagogas y el encadenamiento de negros al eje trasero de las furgonetas.
Fueran cuales fuesen las críticas de sus detractores, Yossi Epstein era un hombre valiente, un hombre de firmes convicciones, un hombre que trabajaba incansablemente por mejorar la vida no sólo de los judíos de la ciudad sino también de sus otros conciudadanos. Había aparecido muerto en su apartamento a las 23:00 horas de la noche del miércoles, en apariencia tras sufrir una apoplejía. El apartamento, donde vivía solo, había sido registrado y no se encontraron su cartera ni su agenda. Existían sospechas de posible juego sucio, según el informe policial, reforzadas por otro incidente ocurrido poco antes esa misma noche.
A las 22:00 horas alguien había lanzado una bomba incendiaria a las oficinas de la Liga Judía por la Tolerancia. Una joven voluntaria, Sarah Miller, estaba trabajando allí en ese momento, imprimiendo direcciones para un mailing que debía enviarse al día siguiente. Le faltaban tres días para cumplir diecinueve años cuando, a su alrededor, el despacho se convirtió en una pira. Seguía en estado crítico, con quemaduras en el noventa por ciento del cuerpo. Estaba previsto que se diese sepultura a Epstein en el cementerio de Pine Lawn ese mismo día, después de la autopsia inmediata.
Otro detalle atrajo mi atención. Además de su labor contra las organizaciones de extrema derecha, se informaba de que Epstein preparaba una recusación contra la exención fiscal concedida por Hacienda a diversos grupos religiosos. La mayoría de los nombres me era desconocida, excepto uno: la Hermandad, con sede en Waterville, Maine. El bufete contratado por Epstein para llevar el caso era Ober, Thayer & Moss, de Boston, Massachusetts. No era coincidencia que el bufete se ocupase también de los asuntos jurídicos de Jack Mercier y que el hijo de Warren Ober fuese a contraer matrimonio en fecha próxima con la hija de Mercier.
Releí el artículo y después telefoneé a Mercier. Una criada atendió la llamada, pero cuando di mi nombre y le pedí que me pusiera con el señor Mercier, otra voz femenina sonó en la línea. Era Deborah Mercier.
– Señor Parker -dijo-. Mi marido no está. ¿Puedo ayudarle yo en algo, quizá?
– No lo creo, señora Mercier. Necesito hablar con su marido.
Se produjo una pausa en la conversación suficientemente larga para dejar claros nuestros mutuos sentimientos, y a continuación Deborah Mercier concluyó:
– En ese caso, tenga la bondad de no volver a telefonear a esta casa. Ahora Jack está fuera, pero me encargaré de comunicarle que ha llamado.
Dicho esto colgó, y tuve la corazonada de que Jack Mercier no llegaría a enterarse de mi llamada.
No había conocido al rabino Yossi Epstein y no sabía de él nada más que lo que acababa de leer, pero sus actividades habían despertado algo, algo que había permanecido envuelto en su propia tela de araña hasta que Epstein hizo temblar uno de los hilos y la criatura dormida salió de su sueño y fue a por él, destruyéndolo antes de regresar al lugar oscuro donde vivía.
A su debido tiempo, yo encontraría ese lugar.
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