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– ¿Y tú crees que esos viejos tienen razón, que Grace Peltier no se mató? -preguntó Ángel cuando acabé.

– Hay cosas que no concuerdan. Quizá Mercier podría haber presionado a través de Augusta para que se continuase con la investigación, pero así habría atraído la atención sobre sí mismo, y eso no le interesa.

– Razón por la cual te contrató a ti -apuntó Ángel-. Para remover el asunto.

– Es posible -respondí, pero presentía que había algo más que eso, aunque no sabía qué exactamente.

– ¿Y tú qué piensas que le pasó a Grace? -preguntó Rachel.

– Especulando, diría que Marcy Becker fue la persona que acompañó en coche a Grace la mayor parte del viaje hacia el norte. Pero Marcy Becker ha desaparecido, y se marchó tan deprisa que se olvidó un paquete de tabaco en el salpicadero, delante de ella.

– Y quizá se dejó también la papelina de coca -dijo Ángel.

– Es una posibilidad, pero lo dudo. Parece que la coca la pusieron allí para enturbiar la imagen de Grace. Drogas, la presión de los estudios, y se quita la vida con una pistola salida de la nada.

– ¿Qué clase de pipa era? -preguntó.

– Smith & Wesson Saturday Night Special.

Ángel se encogió de hombros.

– No es difícil echarle la mano a una de ésas si sabes a quién preguntar.

– Pero no creo que Grace Peltier supiese a quién preguntar. Según su padre, ni siquiera le gustaban las armas.

– ¿Crees que podría haberla matado Marcy Becker?

Jugueteé con mi vaso de agua.

– Es otra posibilidad, pero eran amigas y me parece improbable que esa chica fuese capaz de simular tan bien un suicidio. Si tuviese que hacer conjeturas, y bien sabe Dios las que he hecho ya, diría que Marcy Becker quizá vio algo, tal vez a la persona que mató a su amiga mientras estaba fuera del coche por alguna razón. Y si yo puedo deducir que Grace no fue sola en el coche la mayor parte del viaje, también otros pueden llegar a la misma conclusión.

– Y eso significa que debes encontrar a Marcy Becker -dijo Louis.

– Y hablar con Carter Paragon, cuya secretaria sostiene que Grace no se presentó a la entrevista.

– ¿Y qué tiene que ver la muerte de Epstein con todo eso?

– No lo sé, pero él y Mercier tenían los mismos asesores legales y es evidente que Mercier conocía a Epstein lo suficiente como para invitarlo a su casa y colgar una fotografía suya en la pared.

Por último les hablé de Al Z y Harvey Ragle, así como del señor Pudd y la mujer que lo acompañó a mi casa.

– ¿Estás diciendo que te envenenó con su tarjeta de visita? -preguntó Ángel con incredulidad.

Incluso a mí me avergonzaba la idea, pero asentí.

– Tuve la impresión de que vino a verme porque era eso lo que se esperaba de él, no porque creyese que me disuadiría realmente de seguir en el caso -expliqué-. La tarjeta formaba parte de eso: era un medio para incitarme a entrar en acción, como para hacerme entender que me tenían vigilado.

Louis me miró por encima de su copa.

– Ese fulano quería echarte un vistazo -dijo con tranquilidad-. Ver contra quién se enfrentaba.

– Lo apunté con mi pistola -contesté-, y se marchó.

Louis enarcó ligeramente la ceja.

– Ya te dije que algún día te alegrarías de tener esa pistola a mano.

Pero no sonrió al decirlo, ni yo tampoco.

Rachel y yo volvimos a pie a su apartamento después de cenar, agarrados de la mano pero en silencio, contentos de estar cerca el uno del otro. No seguimos hablando ni de Grace Peltier ni del caso. Una vez en su habitación, me descalcé y me tendí en la cama, desde donde la observé moverse en el tenue resplandor amarillo de la lamparilla de noche. De pronto se plantó ante mí y sacó un pequeño paquete de la bolsa de Neiman Marcus.

– ¿Eso es para mí? -pregunté.

– Más o menos -contestó.

Rompió el envoltorio y con ello reveló un diminuto sujetador y unas bragas de encaje blancos, un liguero más delicado aún y un par de medias de seda natural.

– No creo que sean de mi talla -comenté-. A decir verdad, dudo incluso que sean de la tuya.

Rachel hizo un mohín, se bajó la cremallera de la falda y la dejó caer al suelo. Luego empezó a desabotonarse lentamente la camisa.

– ¿No quieres que me lo pruebe siquiera? -susurró.

Quizá sea débil, pero hombres más fuertes que yo habrían sucumbido ante semejante presión.

– De acuerdo -dije con voz ronca al tiempo que la sangre se me iba de la cabeza y descendía hacia el sur para pasar el invierno.

Esa misma noche, ya tarde, yacía junto a ella en la oscuridad escuchando los sonidos de la ciudad al otro lado de la ventana. Pensé que estaba dormida, pero al cabo de un rato me rozó el pecho con la cabeza y noté sus ojos clavados en mí.

– ¿En qué estabas pensando? -preguntó.

– ¿Qué me das si te lo digo?

– Un beso. -Unió sus labios tiernamente a los míos-. En Grace Peltier, ¿verdad?

– En ella, en la Hermandad, en Pudd -contesté-. En todo. -Me volví hacia ella y vi el blanco de sus ojos en la oscuridad-. Creo que tengo miedo, Rachel.

– ¿Miedo de qué?

– Miedo de lo que puedo llegar a hacer, de lo que quizá tenga que hacer.

Tendió la mano hacia mí, un pálido espectro en el vacío de la noche. Recorrió con los dedos las cuencas de mis ojos, mis pómulos, el contorno del cráneo bajo la piel.

– Miedo de lo que hice en el pasado -concluí.

– Eres un buen hombre, Charlie Parker -susurró-. No estaría contigo si no lo creyese.

– He hecho cosas que estaban mal. No quiero que se repitan.

– Hiciste lo que tenías que hacer.

Le agarré la mano con fuerza y percibí la palma apoyada en mi sien, la suave caricia de los dedos en mi pelo.

– Hice más que eso -contesté.

Tenía la sensación de estar flotando en un lugar negro, con la noche infinita por encima y por debajo de mí, y que sólo su mano impedía que me cayera. Rachel lo comprendió, ya que se apretó contra mí y envolvió mis piernas con las suyas como para decirme que, si yo caía, caeríamos juntos. Hundió la barbilla en mi cuello y permaneció callada un rato. En el silencio, sentí el peso de sus pensamientos.

– No sabes si la Hermandad fue la responsable de su muerte o de la de alguna otra persona -dijo por fin.

– No, no lo sé -admití-. Pero intuyo que el señor Pudd es un hombre violento, quizás algo peor. Lo presentí cuando lo tenía cerca, cuando me tocó.

– Y la violencia engendra violencia -musitó Rachel.

Asentí con la cabeza.

– No disparo un arma desde hace casi un año, Rachel, ni siquiera en un campo de tiro. Ni siquiera había tenido una en la mano hasta hace dos días. Pero presiento que, si me implico más en esto, me veré obligado a utilizarla.

– Entonces aléjate. Devuélvele el dinero a Jack Mercier y deja que otro se ocupe del asunto. -Pero incluso mientras lo decía supe que no era eso lo que pensaba realmente, que en cierto modo yo estaba poniéndome a prueba a través de Rachel, y ella lo sabía.

– Sabes que no puedo hacer eso. Es posible que Marcy Becker esté en apuros, y creo que alguien asesinó a Grace Peltier e intentó camuflarlo. Y no puedo pasarlo por alto.

Se acercó aún más a mí y me acarició la mejilla y los labios con la mano.

– Sé que harás lo correcto, y creo que procurarás eludir la violencia en la medida de lo posible.

– ¿Y si no es posible?

No contestó. Al fin y al cabo, sólo había una respuesta.

Fuera se oía el zumbido del tráfico y la gente dormía. Una raja de luna pendía del cielo como una cuchillada en el firmamento. Y mientras yo yacía despierto en la cama de la mujer que amaba, el viejo Curtis Peltier bebía leche caliente sentado en la cocina de su casa intentando conciliar el sueño. Llevaba la raída bata roja abierta sobre un pijama azul, y unas zapatillas de estar por casa. Tomó un sorbo de leche, dejó el vaso en la mesa y se levantó para volver a la cama.