Lo que ocurrió a continuación son sólo conjeturas, pero en mi cabeza oigo abrirse la puerta trasera, veo cómo las sombras se proyectan a lo lejos y avanzan hacia él. Una mano enguantada tapa la boca del anciano mientras la otra le dobla el brazo por detrás de la espalda con tal fuerza que le disloca el hombro de inmediato y el anciano pierde el conocimiento. Un segundo par de manos lo agarra de los pies, y lo llevan escaleras arriba hasta el cuarto de baño. Entonces se oye el borboteo del agua en la bañera mientras ésta se llena lentamente. Curtis Peltier vuelve en sí y se encuentra arrodillado en el suelo con la cara en la bañera. Ve subir el agua y sabe que va a morir.
– ¿Dónde está, señor Peltier? -le pregunta al oído una voz masculina.
Él no le ve la cara, ni ve a la segunda persona, que está de pie más atrás, pese a que sus sombras se deslizan sobre los azulejos frente a él.
– No sé de qué me hablan -contesta asustado.
– Sí lo sabe, señor Peltier. Me consta que lo sabe.
– Por favor -dice él poco antes de que le hundan la cabeza en el agua. No tiene tiempo de tomar aire y el agua se le mete al instante por la boca y la nariz. Forcejea, pero el dolor le traspasa el hombro y sólo puede chapotear inútilmente con la mano izquierda. Al levantarle la cabeza, jadea y salpica y, tosiendo, expulsa el agua en el suelo.
– Se lo preguntaré una vez más, señor Peltier. ¿Dónde está?
Y el anciano descubre que está llorando, llorando de miedo, de dolor y de pesar por su hija perdida, porque ella no puede protegerlo a él del mismo modo que él no pudo protegerla a ella. Siente presión en el hombro, unos dedos que le hurgan la articulación desencajada, y vuelve a perder el conocimiento. Cuando despierta está en la bañera, desnudo, y un hombre pelirrojo se cierne sobre él. Nota un agudo dolor en los brazos, que se apaga gradualmente. Lo invade el sueño y se esfuerza por mantener los ojos abiertos.
Baja la vista. Tiene largos cortes desde las muñecas hasta los codos y el agua de la bañera se ha teñido de sangre. Las sombras lo observan mientras lenta, muy lentamente, la luz se extingue, mientras su vida se escapa y siente que por fin su hija lo abraza y se lo lleva consigo a la oscuridad.
10
En todos los casos, según Platón, el principio consiste en conocer el objetivo de la investigación.
Jack Mercier me había contratado para averiguar la verdad sobre la muerte de Grace Peltier. Mientras esperaba frente a su casa había visto a Yossi Epstein, quien parecía haber participado en acciones contra la Hermandad fomentadas por Mercier. Ahora Yossi Epstein estaba muerto y su despacho había ardido hasta los cimientos. Grace Peltier estudiaba la historia de los Baptistas de Aroostook, que después aparecieron bajo una capa de barro a orillas del lago St. Froid. Por alguna razón, Grace consideró necesario ponerse en contacto con Carter Paragon en el transcurso de la investigación, haciendo asomar una vez más el espectro de la Hermandad. Lutz, el inspector que se ocupaba del caso Peltier, mantenía lazos con la Hermandad lo bastante estrechos como para desplazarse hasta Waterville y disuadirme de que importunara a Paragon. Si relacionaba estos hechos y añadía la figura del señor Pudd, el objetivo de la investigación era la Hermandad.
El sábado por la mañana, Rachel se marchó temprano para asistir a la continuación de la asamblea. Se llevó la tarjeta de visita del señor Pudd dentro de una pequeña bolsa de plástico, ya que alguien le había prometido analizarla antes del almuerzo. Me duché, preparé café y luego, envuelto en una toalla, empecé a telefonear. Me puse en contacto con Walter Cole, mi antiguo compañero en Homicidios cuando trabajaba en el Departamento de Policía de Nueva York, y él a su vez hizo unas cuantas llamadas. Por mediación suya conseguí el nombre de uno de los inspectores de la Brigada de Casos Importantes que investigaba la muerte de Epstein y el incendio provocado en su despacho. El inspector se llamaba Lubitsch.
– Igual que el director de cine -explicó cuando por fin se puso al teléfono-. Ernst, ¿sabe?
– ¿Es pariente suyo?
– No, pero he dirigido el tráfico un par de veces.
– Dudo que eso cuente.
– ¿Usted era policía?
– Sí.
– ¿Se gana uno bien la vida como detective privado?
– Depende de lo escrupuloso que uno sea. Hay mucho trabajo si se está dispuesto a seguir a maridos y esposas infieles. En general eso no da mucho dinero, así que hay que aceptar un caso tras otro para llegar a fin de mes. ¿Por qué lo pregunta? ¿No le gusta ser policía?
– Sí, no está mal, pero la paga es una mierda. Ganaría más vaciando cubos de basura.
– Una variante del mismo trabajo.
– Usted lo ha dicho. ¿Me preguntaba por Epstein?
– Cualquier cosa que pueda facilitarme.
– ¿Puedo saber por qué?
– ¿Intercambio de información?
– Por supuesto.
– Estoy investigando el suicidio de una mujer que quizá tuviese algún contacto con Epstein en el pasado.
– ¿Su nombre?
– Grace Peltier. Lleva el caso la BIC III de Machias.
– ¿Cuándo murió?
– Hace un par de semanas.
– ¿Cuál es su relación con Epstein?
No veía inconveniente en poner a la policía tras la pista de la Hermandad. En todo caso, el interrogatorio de Lutz a Paragon constaba en el expediente.
– La Hermandad. Era una de las organizaciones a las que se oponía Epstein. Puede que Grace Peltier, poco antes de morir, se entrevistase con su hombre de paja, Carter Paragon.
– ¿Eso es todo?
– Puede haber más. Acabo de ponerme con ello. Oiga, si puedo ayudarle de alguna manera, lo haré.
Se produjo un silencio de al menos treinta segundos. Pensé que se había cortado la línea.
– Confiaré en usted, pero sólo una vez.
– Con una me basta.
– Oficialmente es un homicidio. Hemos descartado el robo como móvil y en la actualidad investigamos una posible conexión con las bombas incendiarias lanzadas contra la Liga Judía por la Tolerancia.
– Muy bien, ¿y qué omite?
Lubitsch bajó la voz.
– La autopsia detectó un pinchazo en la axila de Epstein. Aún intentan confirmar qué le inyectaron, pero las últimas conjeturas apuntan a algún tipo de veneno. -Se oyó ruido de papeles-. Le leo, ¿de acuerdo? Se trata de un neurotóxico, es decir, impide la transmisión de impulsos nerviosos a los músculos sobreestimulando los transmisores -se trabó con las siguientes palabras- acetilcolina y noradrenalina, lo cual causa la parálisis de los sistemas nerviosos -se trabó de nuevo- simpático y parasimpático, con el resultado de una repentina y severa tensión en el organismo. -Lubitsch tomó aire-. Dicho en términos más llanos, el veneno provocó la aceleración del ritmo cardiaco, el aumento de la presión sanguínea, dificultades respiratorias y parálisis muscular. Epstein sufrió un ataque al corazón fulminante en dos minutos. Murió en tres. Los síntomas, y esto queda estrictamente en el apartado de hipótesis, ¿comprendido?, son sistémicos, relacionados por lo general con las arañas. En esencia, a menos que a alguien se le ocurra una teoría mejor, el autor del crimen tiró a Yossi Epstein al suelo, se sentó sobre su pecho y le inyectó una gran dosis de veneno de araña. De viuda negra, suponen, pero las pruebas aún no se han completado. Además, el autor se llevó una porción de piel de la parte inferior de la espalda, de unos cinco centímetros de anchura. Así pues, ¿es o no es un asunto extraño?
Bajé el bolígrafo y miré las confusas notas que había tomado en el taco para mensajes telefónicos de Rachel.
– ¿Se ha interesado alguien más en el asunto? -pregunté.
– ¿A qué me suena eso? -contestó Lubitsch-. Me suena a alguien que abusa de la cortesía profesional.