– Se lo diré -contesté.
– Pediré a alguien que lo avise con antelación -continuó Al Z-.
Barboza recibió cuatro disparos de escopeta. Si se presenta usted allí con una pistola al hombro preguntando por el pasado de Mickey Shine, es muy posible que averigüe qué sintió Barboza. No sé si me explico.
Le di las gracias y me levanté para marcharme. Cuando llegué a la puerta, había vuelto a sentarse a su escritorio y seguía jugueteando con la alianza de oro.
– Somos tal para cual, usted y yo -repitió cuando me detuve en la puerta.
– ¿En qué sentido?
– Usted ya lo sabe -respondió.
– Una buena acción -musité, pero no estaba seguro de que bastase con eso. El negocio de Al Z se basaba en las drogas y la prostitución, en el porno y en el robo, en la intimidación y en las vidas arruinadas. Si se cree en el karma, todas esas cosas se suman. Si se cree en Dios, quizás uno no debería hacer nada de eso ya de entrada.
También yo había hecho cosas de las que me arrepentía. Había segado vidas. Había matado a un hombre desarmado con mis propias manos. Quizás Al Z tenía razón: quizás éramos tal para cual, él y yo.
Al Z sonrió.
– Como usted dice, una buena acción. Le ayudaré, modestamente, a encontrar al señor Pudd y a acabar con él y quienes lo rodean. Ándese con cuidado, Charlie Parker. Aún hay gente pendiente de usted.
Cuando salí, tenía otra vez las palmas de las manos juntas bajo el mentón y el rostro suspendido sobre ellas como el de un Dios malévolo e impío.
11
Mickey Shine, de alrededor de un metro sesenta y cinco, era calvo y llevaba coleta y barba plateadas, ambas destinadas a desviar la atención del hecho de que no tenía más de seis pelos por encima de las orejas. Por desgracia, si uno se llama Mickey Shine, Mickey «Brillo», y las intensas luces de su tienda se le reflejan en el cráneo con un resplandor deslumbrante, cultivar una barba de chivo y optar por dejarse crecer el pelo por detrás no son precisamente alternativas infalibles como táctica de distracción.
– ¿Conoce el chiste de los dos náufragos perdidos en medio del océano? -le pregunté cuando se desvaneció el tintineo de la campanilla de la puerta, en Kendall Square-. Uno mira al otro y le dice: «¿Sabes?, si no se hubiese llamado Marina, ya me habría olvidado de ella».
Mickey Shine me miró con rostro inexpresivo.
– Marina -dije-. Marina.
– ¿Quiere comprar algo? -preguntó Mickey Shine-. ¿O lo manda alguien para alegrarme el día?
– Más bien he venido a alegrarle el día, supongo -contesté-. ¿Lo he conseguido?
– ¿Me ve muy alegre?
– Diría que no. Al Z me facilitó su nombre.
– Ya lo sé. Me llamaron. Pero no me dijeron que vendría a verme un cómico. ¿Le importa echar el cerrojo a la puerta y poner el cartel de CERRADO?
Hice lo que me pedía y luego lo seguí a la trastienda. Había una mesa de madera con un tablero de corcho colgado encima. En el tablero estaban, clavados con alfileres, los pedidos de flores para esa tarde. Mickey Shine empezó a sacar orquídeas de un cubo negro y a colocarlas en una lámina de plástico transparente.
– ¿Quiere que pare? -preguntó Mickey-. Tengo varios pedidos, pero si quiere que pare, paro.
– No -contesté-. No hay problema.
– Sírvase un café -dijo.
En un estante había una cafetera Mr. Coffee y, al lado, un recipiente con tarrinas de leche descremada y sobres de azúcar. El café olía como si algo se hubiese arrastrado hasta el interior de la cafetera para morir dentro y hubiese pasado sus últimos minutos en agua hirviendo.
– ¿Viene por lo de Pudd? -quiso saber. Parecía atento a las orquídeas, pero al pronunciar aquel nombre advertí en sus manos cierta vacilación.
– Sí.
– Ha llegado la hora, pues -dijo, más para sí que para mí. Continuó arreglando las flores en silencio durante un momento. Finalmente suspiró y abandonó la tarea. Le temblaban las manos. Se las miró, las levantó para que yo las viera y se las metió en los bolsillos, olvidándose de las orquídeas-. Es un hombre repugnante, señor Parker. He pensado mucho en él en los últimos cinco días. En sus ojos y en sus manos. Sus manos -repitió en un susurro y se estremeció-. Cuando me acuerdo de él, imagino su cuerpo como una carcasa, algo hueco hecho para acarrear el espíritu maligno que reside en el interior. ¿Le parece un disparate todo esto, quizá?
Negué con la cabeza y recordé la primera impresión que tuve del señor Pudd, el modo en que sus ojos escrutaban entre los párpados carnosos, los movimientos extraños e inconexos de sus dedos, el vello bajo los nudillos. Entendí con toda claridad a qué se refería Mickey Shine.
– Señor Parker, creo que ese hombre es un dybbuk. ¿Sabe qué es un dybbuk?
– Lo siento pero no.
– Un dybbuk es el espíritu de un muerto que entra en el cuerpo de un ser vivo y se apodera de él. Ese señor Pudd es un dybbuk: un espíritu maligno, vil e infrahumano.
– ¿Cómo lo conoció?
– Acepté un contrato, así le conocí. Fue después de marcharme, cuando las viejas tradiciones empezaron a desmoronarse. Yo era judío, y los judíos no cuentan, señor Parker. No era un pez gordo, así que pensé en abandonarlo todo y dejarlos que se mataran entre sí como animales. Hice un último favor y me aparté de ellos para siempre.
Se aventuró a lanzarme una mirada, y supe que Al Z no se había equivocado; fue Mickey Shine quien apretó el gatillo contra Barboza en San Francisco en 1976, el último favor que le permitió retirarse.
– Compré la tienda y las cosas me fueron bien hasta el ochenta y seis. Por esas fechas me puse enfermo y tuve que cerrar durante un año. Abrieron otras tiendas, perdí clientes, y así sucesivamente… -Hinchó las mejillas y dejó escapar el aliento en una sonora y larga exhalación-. Me enteré de que había una recompensa por un hombre, un hombre delgado y extraño que mataba por… motivos religiosos erróneos, o eso decían. Médicos de clínicas donde se practican abortos, homosexuales, incluso judíos. Yo no creo en el aborto, señor Parker, y el Viejo Testamento es muy claro respecto a… esa clase de hombres. -Eludía mi mirada, supuse que Al Z le había hablado vagamente de Ángel y Louis, previniéndole para que midiese sus palabras. Con el aplomo de un hombre que ha matado para ganarse la vida, continuó-: Pero matar a esa gente no es solución. Acepté el contrato. No disparaba un arma desde hacía muchos años, pero los viejos instintos, ya sabe, no se van fácilmente.