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Volvió a frotarse el brazo, advertí, y su mirada era más distante, como si se hubiese remontado al recuerdo de un antiguo dolor.

– Y le encontró -dije.

– No, señor Parker, me encontró él a mí. -Se frotó con frecuencia e intensidad crecientes, cada vez más deprisa-. Averigüé que residía en algún lugar de Maine, así que viajé hasta allí para buscar cualquier rastro de él. Me alojé en un hotel de Bangor. ¿Conoce la ciudad? Es un vertedero. Dormía, y de repente me despertó un ruido en la habitación. Fui por la pistola, pero no estaba donde la había dejado, y de pronto recibí un golpe en la cabeza, y cuando recobré el conocimiento, me encontraba en el maletero de un coche. Tenía las manos y los pies atados con alambre, y la boca tapada con esparadrapo. No sé cuánto duró el viaje, pero a mí me parecieron horas. Al final el coche paró, y después de un rato se abrió el maletero. Tenía los ojos vendados, pero veía un poco por debajo de la venda. Allí estaba el señor Pudd, con su ropa de viejo mal conjuntada. Señor Parker, vi en sus ojos una luz que no había visto nunca. Vi…

Se interrumpió y apoyó la cabeza en las manos. A continuación se las pasó por la calva, como si desde un principio pretendiese sólo atusarse cualquier pelo despeinado que le quedase allí.

– Casi perdí el control de la vejiga, señor Parker. No me avergüenza decírselo. No soy un hombre que se asuste con facilidad y me he enfrentado a la muerte muchas veces, pero la mirada de aquel hombre y el contacto de sus manos, de sus uñas, me superaron.

»Me sacó del coche… Es fuerte, muy fuerte…, y me llevó a rastras por la tierra. Estábamos en un bosque oscuro y más allá de los árboles se veía una silueta, como una torre. Oí que se abría una puerta, y tiró de mí hasta el interior de un cobertizo con dos habitaciones. La primera contenía una mesa y sillas, nada más, y había manchas de sangre en el suelo, secas e incrustadas en la madera. En la mesa había una caja, con agujeros en la tapa, y se hizo con ella al pasar por su lado. La otra habitación, con una bañera vieja y un váter roto e inmundo, estaba embaldosada. Me metió en la bañera y volvió a golpearme en la cabeza. Y mientras yacía allí aturdido, me cortó la ropa con un cuchillo para dejar al descubierto la parte delantera de mi cuerpo, desde el cuello hasta los tobillos. Se olió los dedos, señor Parker, y después me habló: "Apesta a miedo, señor Sheinberg". Eso fue todo lo que dijo.

Las paredes de la tienda se alejaron a nuestro alrededor y desaparecieron. El ruido del tráfico se desvaneció y la luz del sol que penetraba por la ventana pareció apagarse. En ese momento todo se reducía a la voz de Mickey Shine, el olor húmedo y viciado del viejo cobertizo, y el suave sonido de la respiración del señor Pudd al sentarse en el borde de la taza del váter, colocarse la caja sobre las rodillas y quitar la tapa.

– En la caja había frascos, unos pequeños, otros grandes. Sostuvo uno ante mí, fino y con orificios en el tapón, y dentro vi una araña. Odio las arañas, siempre las he odiado, incluso de niño. Era una araña pequeña de color marrón, pero a mí, tendido en la bañera, oliendo mi sudor y mi miedo, se me antojó un monstruo de ocho patas.

»El señor Pudd no dijo nada. Simplemente agitó el frasco, desenroscó el tapón y dejó caer la araña en mi pecho. Quedó prendida del vello e intenté sacudírmela, pero parecía adherida y, se lo juro, sentí su picada. Oí un tintineo de cristales y otra araña pequeña cayó junto a la primera, y después otra más. Me oí gemir, pero mi voz parecía salir de otra persona, como si yo no emitiese ningún sonido. No podía pensar en nada más que en las arañas.

»De pronto el señor Pudd chasqueó los dedos y me obligó a mirarle. Elegía frascos de la caja y los sostenía en alto frente a mí para que viese el contenido. En uno había una tarántula encogida en el fondo. En un segundo, una viuda negra, agazapada bajo una hoja. Un tercero tenía un pequeño escorpión rojo con la cola contraída.

»Se inclinó y me susurró al oído: "¿Cuál, señor Sheinberg? ¿Cuál?". Pero no las soltó. Volvió a guardarlas en la caja y sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta. En el sobre había fotografías: mi ex mujer, mi hijo, mis hijas y mi nieta. Eran fotos en blanco y negro, tomadas mientras iban por la calle. Me las enseñó una por una y las metió otra vez en el sobre. "Usted va a ser una advertencia, señor Sheinberg", dijo, "una advertencia para cualquier otro que piense que puede ganarse un dinero fácil viniendo a cazarme. Quizá sobreviva usted a esta noche, o quizá no. Si vive y vuelve a su floristería y se olvida de mí, dejaré en paz a su familia. Pero si intenta buscarme otra vez, esta niñita… Se llama Sylvia, ¿verdad?… Bien, pues la pequeña Sylvia no tardará en estar tendida donde está usted ahora, y lo que va a pasarle a usted le pasará a ella. Y le aseguro, señor Sheinberg, que no sobrevivirá". Entonces se levantó y, de pie junto a mis piernas, tiró del tapón de la bañera y susurró: "Prepárese para hacer nuevas amistades, señor Sheinberg".

»Al bajar la vista vi salir arañas por el desagüe. Daba la impresión de que había cientos, todas luchando entre sí. Creo que algunas ya estaban muertas y simplemente las arrastraba el resto, pero las otras…

Aparté de él la mirada, asaltado por un fugaz recuerdo de mi juventud. Alguien me hizo una vez algo parecido cuando era adolescente: un hombre llamado Daddy Helms, que me atormentó con hormigas del fuego por romper unas ventanas. Daddy Helms ya había muerto, pero en ese instante su espíritu me miró con malevolencia desde detrás de los párpados del señor Pudd. Creo que cuando miré de nuevo a Mickey, él debió de ver algo de ese recuerdo en mi cara, porque se le alteró el tono de voz. Se suavizó. Y pareció disiparse parte de la rabia que sentía hacia mí por obligarlo, a través de Al Z, a hacer aquella confesión.

– Las tenía por todo el cuerpo. Grité y grité pero nadie me oía. No me veía la piel de tantas como había. Y Pudd, allí inmóvil, me observó mientras corrían sobre mí y me picaban. Creo que me desmayé, porque al despertar la bañera estaba llenándose de agua y las arañas empezaron a ahogarse. Fue la única vez que vi algo distinto al placer en la cara de aquel psicópata; parecía triste, como si la pérdida de aquellas jodidas monstruosidades le doliese realmente. Y cuando estuvieron todas muertas, me sacó de la bañera de un tirón, me llevó otra vez al maletero del coche y me alejó de allí. Me dejó en una calle de Bangor. Alguien llamó a una ambulancia y me trasladaron a un hospital, pero el veneno ya había empezado a hacer efecto.

Mickey Shine se levantó y comenzó a desabotonarse la camisa, dejando los puños para lo último. Me miró y a continuación se abrió la camisa y la dejó caer alrededor del cuerpo, sujetando con las manos los extremos de las mangas.

Se me secó la boca. En el brazo derecho le faltaban cuatro trozos de carne del tamaño de una moneda grande, como si le hubiese mordido un animal. Tenía otra cavidad en el pecho, allí donde estuvo antes el pezón izquierdo. Cuando se dio la vuelta, vi marcas similares en la espalda y los costados, con la piel moteada y gris en los bordes.

– La carne se me pudrió -susurró-. Fue atroz. Ésta es la clase de hombre a quien se enfrenta, señor Parker. Si decide ir tras él, asegúrese de matarlo, porque si escapa, no le quedará a usted nadie en esta vida. Los matará a todos y luego lo matará a usted.

Se puso otra vez la camisa y empezó a abrochársela.

– ¿Tiene idea de adónde lo llevó? -pregunté cuando hubo acabado.

Mickey negó con la cabeza.

– Creo que fuimos hacia el norte, oí el mar. Es lo único que recuerdo. -De pronto se interrumpió y arrugó la frente-. Había una luz a gran altura, a mi derecha. La vi cuando me arrastró a la cabaña. Quizá fuese un faro.