Por lo que cuentan, su esposa, Louise, era una mujer de extraordinaria belleza, con una melena oscura sólo un poco más larga que la de su marido. No se relacionaba con la congregación del predicador: si se acercaba al final del servicio, permanecía de pie detrás de él, escuchando la conversación entre el predicador y el suplicante, sin hacer el menor comentario ni participar de modo alguno. Por lo visto, fue su continua y muda presencia al lado de su marido lo que indujo a la gente a recelar de ella, aunque dos testigos declararon que intervino físicamente cuando se acusó a su marido de cometer fraude durante un servicio de curación en Rumford, Maine, en 1963. Lo hizo en completo silencio, pero la fuerza y el carácter de su intervención bastaron para que quienes lo presenciaran lo recuerden con todo detalle casi cuarenta años después. No obstante, ella siempre respetó a su marido y no dio señales de desobediencia hacia él, en consonancia con la doctrina religiosa fundamentalista.
La familia de Louise, los Dautrieve, eran originarios del este de Texas y baptistas del sur. Según recuerdan los miembros de la familia, apoyaron en conjunto su decisión de contraer matrimonio con Faulkner, que sólo contaba diecinueve años cuando se conocieron, y lo consideraron un hombre de buena fe pese a no ser baptista. Después de la boda apenas hubo contacto directo entre Louise y su familia, y los parientes vivos afirman que el contacto se interrumpió por completo desde que se marchó a Eagle Lake. Personalmente, la mayoría cree que ha muerto.
12
Rachel ya estaba en su apartamento cuando volví de entrevistarme con Mickey Shine. Me saludó con un beso en los labios.
– ¿Ha ido bien el día? -preguntó.
Teniendo en cuenta las circunstancias, «bien» era probablemente un concepto relativo.
– He averiguado alguna que otra cosa -contesté sin darle más importancia.
– Ajá. ¿Cosas buenas o malas?
– Mmm, más bien malas, pero nada que no sospechase ya.
No preguntó si quería seguir hablando de ello. A veces tenía la clara impresión de que Rachel me conocía bien, y yo, en cambio, no la conocía en absoluto. Observé cómo abría el bolso y sacaba uno de sus cuadernos de espiral, del que extrajo una única hoja impresa.
– No creo que lo que he de decirte pueda calificarse tampoco de buena noticia -prosiguió-. Un agente del Departamento de Química ha examinado la tarjeta de visita. Me han enviado los resultados por correo electrónico. Supongo que les parecía demasiado técnico para explicarlo por teléfono.
– ¿Y?
– La tarjeta estaba impregnada de un fluido llamado cantaridina, o, para ser más exactos, cantaridina concentrada. Es una sustancia que se utiliza a veces en ciertos tratamientos médicos para provocar ampollas. Una pequeña parte del ángulo superior derecho estaba recubierta de una ligera capa de cera, con el propósito, cabe suponer, de que ese tal señor Pudd pudiese tocarla sin que su piel quedase afectada. En cuanto la rozaste, la temperatura corporal y la humedad de tus dedos activaron la cantaridina y empezaron a salirte ampollas.
Reflexioné un momento.
– Así que utilizó un producto médico en la tarjeta… -comencé a decir, pero Rachel me interrumpió con un gesto de negación.
– No, he dicho que se utiliza con fines médicos, pero la sustancia de esa tarjeta es una forma muy específica de la toxina, producida, según el ayudante de investigación que la examinó, sólo por «ciertos artrópodos vesicantes». Es veneno de escarabajo aceitero. El hombre que te la entregó debió de cultivar el veneno, concentrarlo y aplicarlo luego a la tarjeta.
Recordé la sonrisa del señor Pudd cuando tuve la tarjeta en la mano.
«Además, es irritante, pero eso tampoco lo dice en la tarjeta.»
«A su manera sí lo dice.»
Me acordé también de Epstein y de la sustancia que le habían inyectado.
– Si es veneno cultivado de escarabajo, supongo que también podría cultivar veneno de otras clases, ¿no? -pregunté a Rachel.
– ¿Como por ejemplo?
– ¿Veneno de araña, quizá?
– He telefoneado al laboratorio después de recibir el mensaje para aclarar un par de detalles sobre el procedimiento, así que no veo por qué no. Por lo que he entendido, el veneno del escarabajo podría haberse extraído mediante alguna forma de descarga eléctrica para inducir al insecto a liberar la toxina. Parece que el cultivo de veneno de araña es un poco más complicado. Hay que sedar a la araña, normalmente con dióxido de carbono, y luego ponerla bajo un microscopio. Cada vez que recibe una descarga eléctrica produce una mínima cantidad de veneno, que entonces puede recogerse. En principio se puede someter a una araña a tres o cuatro descargas antes de enviarla a retiro.
– ¿Se necesitan, pues, muchas arañas para producir una cantidad de veneno aceptable?
– Probablemente -contestó.
Me pregunté cuántas arañas habrían sido ordeñadas para matar a Yossi Epstein. Me pregunté asimismo por qué alguien se tomaría semejante molestia. Al fin y al cabo, habría sido mucho más fácil, y menos evidente, matarlo de una manera más convencional. Me acordé entonces de Alison Beck, y de cómo debía de haberse sentido mientras las viudas negras forcejeaban en su boca y las reclusas iban de un lado al otro en el reducido y cerrado espacio del coche. Recordé la expresión en los ojos de Mickey Shine al hablarme de las arañas en la bañera, y las heridas producidas en su piel por las picaduras. Y pensé en mis propios sentimientos cuando me salieron las ampollas y en la sensación que me había causado el roce de los delgados y vellosos dedos del señor Pudd.
Lo hizo porque le divertía, porque sentía verdadera curiosidad por los efectos. Lo hizo porque convertirse en presa de una criatura pequeña, oscura y voraz, con múltiples patas y ojos, aterrorizaba a las víctimas de una manera que ni una bala ni un cuchillo podían igualar, y confería una nueva intensidad al sufrimiento que se podía padecer. Incluso Epstein, que murió a causa de una inyección, experimentó parte de ese dolor cuando sus músculos se agarrotaron y convulsionaron, su respiración empezó a fallar y su corazón sucumbió por fin bajo la presión a que se vio sometido su organismo.
Era también un mensaje, de eso estaba seguro. Y la única persona a quien podía ir dirigido ese mensaje era Jack Mercier. Epstein y Beck aparecían en la fotografía colgada en la pared de su casa, y el bufete de Warren Ober se ocupaba de la recusación legal de la exención fiscal concedida a la Hermandad. Sabía que tenía que regresar a Maine, que de algún modo la muerte de Grace Peltier estaba relacionada con las acciones que su padre y otros habían emprendido contra la Hermandad. Pero ¿cómo podían saber Pudd y quienes lo ayudaban que Grace Peltier era hija de Jack Mercier? A eso se sumaba la duda de por qué una mujer que investigaba la historia de un grupo religioso desaparecido mucho tiempo atrás acababa intentando acorralar a la cabeza visible de la Hermandad. Sólo se me ocurría una respuesta: alguien había encauzado el trabajo de Grace Peltier hacia la Hermandad, y ella había muerto por eso.
Cuando Rachel se metió en la ducha, traté de telefonear otra vez a Mercier, pero me atendió la misma criada y recibí de nuevo la promesa de que el señor Mercier sería informado de mi llamada. Pregunté también por Quentin Harrold y se me comunicó de manera parecida que no podía ponerse. Estuve tentado de tirar el móvil al suelo y de aplastarlo de un pisotón, pero imaginé que podía llegar a necesitarlo, así que me conformé con lanzarlo, indignado, al sofá de Rachel. En todo caso, tampoco tenía nada que contarle a Mercier, o desde luego nada que él no supiese ya. Simplemente me disgustaba que me dejasen a oscuras, sobre todo si el señor Pudd ocupaba cierto espacio en esa misma oscuridad.