Pero existía otra razón para los métodos de asesinato elegidos por el señor Pudd que yo aún no había descubierto, un principio que tenía su origen en el pasado remoto y otras tradiciones más antiguas.
Era la creencia de que las arañas eran las guardianas del submundo.
El Centro Wang, en Tremont, era el teatro más hermoso de la zona norte de la Costa Este, y el Ballet de Boston era, dada mi limitada experiencia, una gran compañía, así que la combinación resultaba bastante irresistible, especialmente en una noche de estreno. Cuando pasamos andando frente al Boston Common, había un grupo tocando tras la vidriera de la emisora de radio WERS del Emerson College, y la gente que se encaminaba a la zona de los teatros se detenía un instante a observar la cara contorsionada del cantante. Recogimos las entradas en la taquilla y pasamos al recargado vestíbulo de mármol y oro, por delante de los puestos que anunciaban objetos y libros de recuerdo de Cleopatra. Teníamos butacas de platea, al fondo del teatro a la izquierda, un poco por encima de las filas anteriores, así que nadie nos tapaba. Los colores rojo y oro del teatro eran casi tan exuberantes como el diseño del escenario, lo cual creaba un ambiente de decadencia contenida.
– ¿Sabes una cosa? Cuando le dije a Ángel que veníamos aquí, me preguntó si estaba seguro de que no era gay -susurré a Rachel.
– ¿Qué le contestaste?
– Le dije que no iba a bailar con el ballet, sino simplemente a verlo como espectador.
– ¿Y yo soy, pues, sólo un medio de reafirmarte en tu heterosexualidad? -preguntó con tono burlón.
– Bueno, un medio muy placentero…
Por encima de nosotros, a la derecha, entró una figura en uno de los palcos, cerca del proscenio. Se acomodó en una butaca con movimientos parsimoniosos y después se ajustó los audífonos. A sus espaldas, Tommy Caci dobló el abrigo de Al Z, le sirvió una copa de vino tinto y se sentó detrás de él.
El Wang es un teatro igualitario: no hay palcos cerrados, pero ciertas secciones son más privadas que otras.
La zona que ocupaba Al Z se conocía como «el palco del Wang»; se hallaba parcialmente protegido por una columna, si bien quedaba abierto al pasillo de la derecha. Las butacas adyacentes estaban vacías, lo que significaba que Al había reservado toda la sección para la noche del estreno.
Al Z, pensé, viejo romántico.
Cuando el público quedó en silencio, se apagaron las luces. La música de Rimsky-Korsakov, arreglada para ballet por el compositor John Lanchbery, llenó el inmenso espacio al comenzar la representación. Las siervas danzaban en torno a la alcoba de Cleopatra mientras la reina dormía al fondo y su hermano Tolomeo y el confidente de éste, Potino, tramaban su caída. Todo estaba magníficamente realizado, y sin embargo no pude evitar distraerme durante la primera mitad, asaltado por visiones de criaturas reptantes e imaginándome los últimos momentos de vida de Grace Peltier. No se me iban de la cabeza diversas imágenes: «Una pistola cerca de su cabeza, una mano que se hunde en su pelo para mantenerla erguida mientras el dedo apretaba el gatillo. Es su dedo el que aprieta el gatillo pero otro ejerce presión sobre él. Está aturdida, medio inconsciente por un golpe en la sien, y no puede defenderse mientras le colocan el brazo en posición. El golpe no ha dejado sangre, y en todo caso la herida de entrada desgarrará la piel y el hueso disimulando cualquier lesión previa. Sólo cuando el frío metal entra en contacto con su piel se da cuenta, por fin, de lo que ocurre. Forcejea y abre la boca para gritar…».
Se oye un rugido en la noche y una llama roja brota de su sien y se derrama sobre la ventanilla y la puerta. La luz se apaga en sus ojos y su cuerpo se desploma a la derecha, y en el aire flota un olor a quemado mientras su cabello chamuscado crepita débilmente.
No hay dolor.
Nunca más habrá dolor.
Noté una presión en el brazo y advertí que Rachel me miraba con expresión burlona en el momento en que el ballet alcanzaba el clímax previo al interludio. En su alcoba, Cleopatra seducía a César bailando para él. Le di una palmada en la mano a Rachel y vi su expresión ceñuda por el paternalismo del gesto, pero antes de que pudiese explicárselo atrajo mi atención un movimiento a la derecha. Tommy Caci, de pie en actitud alerta, se llevó la mano al interior de la chaqueta. Ante él, Al Z seguía viendo el ballet, en apariencia ajeno a lo que ocurría a sus espaldas. Tommy se apartó de su butaca y desapareció por el pasillo.
En el escenario asomó entre bastidores el asesino, Potino, aguardando la oportunidad de atacar a la reina, pero Cleopatra y César, sin saberlo, seguían bailando. La música aumentó de volumen, y en ese momento una figura tomó asiento detrás de Al Z, pero no era Tommy Caci, sino alguien más delgado y anguloso. Al Z permaneció absorto en la acción, meciendo la cabeza al ritmo de la música, su mente llena de evasivas imágenes en un intento de olvidar por unos momentos ese mundo más oscuro en el que había decidido habitar. Se movió una mano, y algo despidió un destello plateado. Potino salió como una exhalación de entre bastidores, espada en mano, pero César, más rápido, le traspasó el vientre con el filo de la suya.
Y, en el palco, el cuerpo de Al Z se tensó y algo rojo brotó de su boca al tiempo que la figura se inclinaba hacia él, con una mano sobre el hombro de Al Z y la otra cerca de la base de su cráneo. Desde detrás debía de dar la impresión de que estaban hablando, nada más, pero yo había visto el brillo de la hoja y sabía qué había ocurrido. Al Z tenía la boca abierta y, ante mis ojos, el señor Pudd se la tapó con la mano enguantada y lo sostuvo mientras se convulsionaba y moría.
A continuación, el señor Pudd pareció mirar en dirección hacia donde yo estaba sentado antes de cubrir los hombros de Al Z con su abrigo y retroceder en la penumbra.
En el escenario bajaba el telón y el público prorrumpía en aplausos, pero yo ya estaba en movimiento. Corrí por el pasillo lateral de la platea y abrí las puertas ruidosamente de un empujón. Una escalera a mi izquierda, con el clásico reloj del águila americana en lo alto, conducía al piso superior. Subí los peldaños de dos en dos, apartando a un acomodador a la vez que sacaba mi pistola.
– Avise a una ambulancia -le dije al pasar-. Y a la policía.
Al llegar al rellano con la pistola ya en alto frente a mí oí el eco de sus pisadas en el mármol. Había una salida de emergencia abierta y la escalera de incendios que funcionaba con un sistema de contrapesos y que acababa de bajar por el peso de un cuerpo, volvía en ese instante a su posición inicial. Abajo vi una zona de carga, de la que se alejaba un coche a toda velocidad, un Mercury Sable plateado. Doblaba por Washington Street, así que sólo lo vi de lado y no conseguí anotar la matrícula, pero dentro había dos personas.
Detrás de mí, las butacas se vaciaban para el intermedio y una o dos personas echaron un vistazo a la puerta abierta. Todas aquellas puertas estaban provistas de alarma, así que el servicio de seguridad pronto se presentaría allí para averiguar quién las había abierto y por qué. Volví a entrar y me dirigí hacia la zona donde Al Z seguía sentado. Le colgaba la cabeza con el mentón contra el pecho, y el abrigo que caía sobre sus hombros ocultaba el arma. La empuñadura de ésta lo mantenía sujeto al asiento, impidiendo que cayese de bruces. La sangre manaba de su boca y empapaba la pechera de su camisa blanca. Unas gotas habían caído en la copa de vino en un acto final y terrible de consagración. No veía a Tommy Caci.
A mis espaldas aparecieron dos miembros del servicio de seguridad del Centro Wang, pero retrocedieron al ver la pistola que yo tenía en la mano.